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Pasión por el Motor

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Pasión por el Motor

Desde chiquita, mi pasión por motor era lo que me hacía vibrar. El rugido de un buen V8, el olor a aceite quemado mezclado con cuero nuevo, el tacto frío del manubrio bajo mis dedos... todo eso me ponía la piel chinita. En el taller de mi carnal en la colonia Roma, aquí en la CDMX, pasaba horas viendo cómo armaba fieras mecánicas. Pero nunca imaginé que esa pasión me llevaría a él.

Era un viernes de calor agustino, de esos que te hacen sudar la gota gorda aunque estés quieto. Llegué al taller con mi playera ajustada y shorts vaqueros que me marcaban las nalgas, lista para ayudar a mi hermano con una moto custom que acababa de llegar. Órale, qué chulada, pensé al verla: una Harley con líneas agresivas, pintada de negro mate, lista para devorar asfalto. Ahí estaba él, Javier, el mecánico freelance que mi carnal había llamado. Alto, moreno, con brazos tatuados que se veían como mapas de carreteras sinuosas, y una sonrisa pícara que prometía curvas peligrosas.

Wey, qué buena onda que llegaste —me dijo mientras limpiaba sus manos grasientas con un trapo—. Soy Javier. Tú debes ser la carnal de Lupe, ¿no? La que sabe de motores.

Le guiñé un ojo, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
Neta, soy yo. Y esta moto... ay, cabrón, me dan ganas de montarla ya.

Nos pusimos a trabajar codo a codo. El aire estaba cargado del aroma metálico del taller: gasolina, goma quemada, sudor fresco. Cada vez que se inclinaba para ajustar una bujía, su camiseta se pegaba a su espalda ancha, marcando los músculos que se contraían como pistones. Yo sentía mi pulso acelerarse, sincronizado con el eco de sus herramientas golpeando el metal. ¿Por qué carajos me pongo así? Es solo un mecánico... pero qué mecánico, me decía en la cabeza mientras le pasaba la llave inglesa.

En un momento, nuestras manos se rozaron. Fue eléctrico, como una chispa en el distribuidor. Él se quedó quieto, mirándome a los ojos con esa intensidad que te hace olvidar el mundo.

—Tienes manos suaves para alguien con tanta pasión por motor —murmuró, su voz ronca como el escape de una chopper.

Me mordí el labio, el calor subiendo por mi cuello.
Pos no sabes de lo que soy capaz cuando algo me prende.

El sol se coló por las ventanas sucias del taller, tiñendo todo de dorado. Mi hermano se fue a comprar refri, dejándonos solos. La tensión era palpable, como el zumbido de un motor en ralenti. Javier se acercó más, su aliento cálido rozando mi oreja mientras revisábamos el carburador.

—Mira, aquí está el chiste —dijo, su cuerpo pegado al mío, su pecho duro contra mi espalda—. Hay que calibrarlo bien para que rugga como debe.

Sentí su calor filtrándose por mi ropa, su mano grande cubriendo la mía sobre la pieza. El olor de su colonia mezclada con aceite me mareaba, un afrodisíaco puro. Mi corazón latía desbocado, y entre mis piernas noté esa humedad traicionera creciendo.

¿Y si le digo que sí? ¿Y si dejo que esta pasión por motor nos lleve más lejos?
Pensé, mientras giraba la cabeza y nuestros labios quedaban a milímetros.

—Javier... —susurré, y él no esperó más. Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un pistón en cilindro aceitado. Sabía a café negro y mentas, con un toque salado de sudor. Sus manos bajaron por mi cintura, apretando mis caderas, y yo gemí contra su boca, arqueándome contra él.

Nos movimos hacia un rincón del taller, detrás de una pila de llantas. Me levantó sobre una mesa de trabajo, mis nalgas contra la madera áspera, y arrancó mi playera con urgencia. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como tuercas. Él las devoró con la boca, chupando y mordisqueando, enviando descargas de placer directo a mi clítoris palpitante. ¡Qué rico, wey! grité en mi mente, enredando mis dedos en su pelo revuelto.

Eres una chingona —gruñó, mientras bajaba mis shorts y calzón de un jalón. El aire fresco del taller besó mi coño mojado, y él se arrodilló, inhalando profundo.

—Hueles a deseo puro, como gasolina nueva.

Su lengua se hundió en mí, lamiendo despacio al principio, saboreando mis jugos. Lamía mi clítoris en círculos, chupando suave, luego fuerte, mientras metía dos dedos gruesos dentro, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Gemía contra mi piel, vibraciones que me volvían loca. Yo cabalgaba su cara, mis muslos temblando, el sonido de mis jadeos mezclándose con el tráfico lejano de Insurgentes. Esto es mejor que cualquier carrera, pensé, mientras el orgasmo se acumulaba como presión en un turbo.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el pulso latiendo contra mi palma. ¡Madre santa, qué motor! La masturbé despacio, viéndolo cerrar los ojos y gruñir.

Ya, métemela —le rogué, abriendo las piernas.
Se puso condón rápido —chévere, responsable el cabrón— y se hundió en mí de un empujón lento, estirándome deliciosamente. Era perfecto, llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, primero suave, como probando el clutch, luego más rápido, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas. El sudor nos unía, resbaloso y caliente; su pecho peludo rozando mis tetas sensibles.

Dame más, Javier, hazme rugir —le pedí, clavando uñas en su espalda.
Aceleró, follándome duro, la mesa crujiendo bajo nosotros. El taller olía a sexo crudo: mi almizcle, su sudor, el metal caliente. Cada embestida mandaba ondas de placer por mi cuerpo, mi coño apretándolo como un buen grip en curvas. Él me besaba el cuello, mordiendo suave, susurrando guarradas al oído.

Tu pasión por motor me enciende, mami.

El clímax llegó como un nitro: exploté alrededor de su verga, chillando su nombre, mi cuerpo convulsionando en espasmos. Él se vino segundos después, gruñendo profundo, su leche llenando el condón mientras se hundía una última vez.

Jadeamos juntos, cuerpos pegajosos, el corazón martillando como un compresor. Me abrazó suave, besándome la frente.

Nos vestimos riendo bajito, como chavos pillados en falta. Mi hermano llegó con el refri, ajeno a todo. Javier y yo intercambiamos miradas cargadas de promesas.

—Vente a mi taller el sábado —me dijo al irse—. Trae tu pasión por motor, y vemos qué más armamos.

Salí del taller con las piernas flojas, el cuerpo zumbando como después de una vuelta rápida en la moto. Esa noche, en mi depa, reviví cada sensación: el sabor de su piel, el rugido de nuestros cuerpos, el olor persistente de aceite en mi ropa. Mi pasión por motor ya no era solo fieras de dos ruedas; ahora incluía a un hombre que sabía acelerar mi alma. Y sabía que esto era solo el arranque de algo épico.

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