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Pasión y Poder Regina y David

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Pasión y Poder Regina y David

En el corazón de Polanco, donde las luces de los restaurantes brillan como estrellas caídas, Regina caminaba con ese andar que hacía girar cabezas. Era la dueña de una cadena de galerías de arte, una mujer de treinta y cinco años que exudaba poder. Su vestido negro ceñido al cuerpo resaltaba las curvas que había esculpido en el gym, y su perfume de jazmín y vainilla flotaba en el aire cálido de la noche mexicana. Esa velada, en la inauguración de su última exposición, todo estaba calculado: las copas de champagne, las risas fingidas, el bullicio de la gente guapa.

David apareció como un imán. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos cafés que prometían travesuras. Era el inversionista que había estado negociando con ella por semanas, un tipo de cuarenta que había hecho su fortuna en bienes raíces en la Roma. Qué wey tan chingón, pensó Regina mientras lo veía acercarse, con una sonrisa que le erizaba la piel. Llevaba un traje azul marino que le quedaba como guante, y olía a colonia cara mezclada con algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

—Regina,

qué buena pinta traes esta noche
—le dijo él, con voz grave que vibraba en su pecho. Se acercó tanto que ella sintió el calor de su aliento en la oreja.

—Neta, David, tú tampoco te quedas atrás. ¿Vienes a invertir o a distraerme? —respondió ella, juguetona, rozando su brazo con los dedos. La tensión era palpable, como electricidad estática antes de la tormenta. Hablaron de arte, de deals, pero sus miradas decían otra cosa. Cada roce accidental —su mano en la espalda baja de ella, el pie de Regina rozando su pantorrilla bajo la mesa— avivaba el fuego.

Regina sentía el pulso acelerado en el cuello, el cosquilleo entre las piernas. Pasión y poder, eso es lo que somos Regina y David, se dijo en su mente, recordando el título de esa novela erótica que había leído hace poco. Quería dominarlo, pero también rendirse. Él la desafiaba con cada palabra, recordándole quién mandaba en las negociaciones. La noche avanzaba, el champagne fluía, y el deseo crecía como la marea en Acapulco.

Salieron del evento juntos, subieron al auto de ella, un BMW negro reluciente. Regina manejaba, con David a su lado, su mano descansando en su muslo. El tráfico de Insurgentes era un caos, pero eso solo les daba tiempo. Órale, carnal, no me tientes tanto, pensó ella mientras él subía la mano despacio, rozando la piel suave bajo el vestido.

—¿A dónde vamos, reina? —preguntó él, con esa voz ronca que le ponía la piel de gallina.

—A mi penthouse, pendejo. Ahí mando yo —dijo ella, acelerando un poco, el motor rugiendo como su propia excitación.

El elevador del edificio era un espacio íntimo, espejos por todos lados reflejando sus cuerpos ansiosos. Apenas se cerraron las puertas, David la acorraló contra la pared. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a champagne y hambre. Ella mordió su labio inferior, tirando de su corbata para acercarlo más. Olía a él, a sudor fresco y deseo puro. Sus manos exploraban: las de él amasando sus nalgas firmes, las de ella desabotonando su camisa para sentir el pecho peludo y caliente.

Entraron al penthouse tambaleándose, risas ahogadas entre besos. Regina lo empujó al sofá de piel blanca, montándose a horcajadas sobre él. Yo controlo esto, pensó, mientras le quitaba la camisa, lamiendo sus pezones duros. Él gemía bajito, qué rico, y sus manos subían por sus muslos, arrancándole el vestido con urgencia. Quedó en lencería negra, tetas perfectas asomando por el encaje, y él la devoraba con los ojos.

—Me late tu poder, Regina —murmuró David, mientras sus dedos jugaban con el borde de sus panties, sintiendo la humedad que ya empapaba la tela. Ella se arqueó, gimiendo cuando él rozó su clítoris hinchado. El aire se llenó del aroma almizclado de su excitación, mezclado con el jazmín de su perfume. Lo besó profundo, saboreando su lengua salada, mientras le bajaba el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra su vientre.

Regina se levantó, quitándose la lencería con lentitud provocativa. Desnuda, piel morena brillando bajo las luces tenues, se paró frente a él. Esto es pasión y poder, Regina y David, resonó en su cabeza como un mantra. Caminó a la recámara, contoneando las caderas, y él la siguió como un lobo hambriento. La cama king size los esperaba, sábanas de seda negra crujiendo bajo sus cuerpos.

Ahí empezó el verdadero juego. David la tumbó boca arriba, besando cada centímetro: cuello, clavículas, senos. Chupó sus pezones hasta que dolían de placer, mordisqueando suave. Regina jadeaba, uñas clavadas en su espalda, dejando marcas rojas.

¡Qué chido, no pares, wey!
gritó ella, mientras él bajaba, lamiendo su ombligo, muslos internos temblorosos. Cuando su lengua llegó a su coño depilado, húmedo y abierto, ella explotó en un gemido largo. Lamía despacio, saboreando sus jugos dulces y salados, chupando el clítoris como un experto. Ella se retorcía, caderas alzándose, el sonido de succión húmeda llenando la habitación.

Pero Regina no era de rendirse fácil. Lo volteó, montándolo al revés. Su boca envolvió la verga de David, succionando la cabeza hinchada, lengua girando alrededor. Él gruñía, manos en su cabello, ¡órale, qué mamada tan rica! Ella lo tragaba profundo, sintiendo las venas pulsar en su garganta, el sabor pre-semen salado. Lo masturbaba con la mano mientras lamía sus huevos, oliendo el musk varonil que la volvía loca.

La tensión crecía, insoportable. Regina se giró, cabalgándolo. Guio la verga dura a su entrada resbaladiza, bajando despacio. ¡Ay, cabrón, qué grande! pensó al sentirla estirarla, llenarla por completo. Empezó a moverse, tetas rebotando, sudor perlando sus cuerpos. David la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo, el choque de piel contra piel como palmadas rítmicas. Gemían juntos, palabras sueltas: ¡más duro!, ¡sí, así!, en ese español mexicano crudo y apasionado.

Cambiaron posiciones, él atrás, doggy style. Regina de rodillas, culo en pompa, él penetrándola profundo, bolas golpeando su clítoris. El placer era cegador: el roce interno, el calor de su vientre contra su espalda, sus manos apretando sus tetas. Olía a sexo puro, sudor, fluidos mezclados. Ella se tocaba el clítoris, acelerando el orgasmo que se avecinaba como tormenta.

—¡Me vengo, David! —gritó, cuerpo convulsionando, coño apretando su verga en espasmos. Él no paró, embistiendo salvaje hasta que rugió, llenándola de semen caliente, chorros que sentía palpitar dentro.

Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en la seda húmeda. El afterglow era dulce: besos suaves, caricias perezosas. Regina sentía su semen escurrir entre sus piernas, cálido y pegajoso, mientras él besaba su hombro.

—Eso fue pasión y poder, Regina y David —dijo él, riendo bajito.

Ella sonrió, acurrucándose contra su pecho. Neta, qué chingonería, pensó. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en ese penthouse, habían encontrado su propio mundo. El poder no era solo de ella; era de los dos, entrelazado en sudor y susurros. Mañana negociarían el deal, pero esa noche, eran invencibles.

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