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El Deseo Ardiente del Actor que Hizo la Pasión de Cristo

6012 palabras

El Deseo Ardiente del Actor que Hizo la Pasión de Cristo

Estaba en el festival de cine de Polanco, rodeada de luces neón y el bullicio de la noche chilanga. El aire olía a tacos de canasta y perfume caro, esa mezcla que solo México City sabe armar. Yo, Sofía, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa, no podía creer que el actor que hizo la Pasión de Cristo estuviera ahí, platicando con unos críticos en la terraza del hotel. Jim Caviezel, con esos ojos profundos que te clavaban como espinas, el mismo que cargó la cruz en la pantalla y ahora cargaba mi imaginación.

Me acerqué con una chela en la mano, el corazón latiéndome a todo lo que daba. Órale, Sofía, no seas pendeja, me dije. "Hola, soy fan tuya desde que vi La Pasión. Esa película me dejó marcada", le solté, con voz que intentaba sonar casual pero salía ronca de nervios. Él sonrió, esa sonrisa que parecía sufrir y gozar al mismo tiempo. "Gracias, mija. ¿De dónde eres?", me contestó con acento gringo pero cálido, como si ya supiera que la noche iba a cambiar.

Platicamos de todo: de la fe que le metió al papel, del sudor y la sangre falsa que se sentía real, de cómo México lo había recibido con brazos abiertos. Su mano rozó la mía al pasarme la sal para las papas, y sentí un chispazo, como corriente eléctrica bajando por mi espina. Olía a sándalo y a hombre que no necesita colonia para oler rico. "Ven, vamos a un lugar más tranquilo", me dijo, y yo, con las piernas temblando, lo seguí.

¿Qué chingados estoy haciendo? Es el actor que hizo la Pasión de Cristo, no un galán de telenovela. Pero neta, su mirada me quema.

Subimos a su suite en el hotel, el pasillo alfombrado ahogando nuestros pasos. La puerta se cerró con un clic suave, y de repente el mundo se achicó a nosotros dos. Él se acercó lento, como en una escena de película, y me besó. Sus labios eran firmes, sabían a tequila reposado y a deseo contenido. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos duros debajo de la camisa, el calor de su piel traspasando la tela.

"¿Estás segura?", murmuró contra mi cuello, su aliento caliente rozándome la oreja. "Sí, cabrón, más que nunca", respondí, riendo bajito mientras le desabotonaba la camisa. Sus ojos se oscurecieron, como si reviviera el sufrimiento de la cruz pero ahora en placer. Me quitó el vestido con manos expertas, deslizándolo por mis caderas hasta que quedé en lencería negra, el aire acondicionado erizándome la piel.

Nos tumbamos en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente. Él besaba mi clavícula, bajando lento por mi pecho, mordisqueando suave hasta que gemí. ¡Qué rico, pinche actor! El sonido de mi propia voz era ronco, mezclándose con su respiración agitada. Sus dedos trazaban círculos en mi vientre, bajando hasta el encaje de mis panties, donde ya estaba mojada como nunca.

Le quité los pantalones, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado, la piel suave sobre el acero. "Te deseo tanto", le dije, y él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho. Me abrió las piernas con gentileza, su boca explorando mi interior. Su lengua era fuego, lamiendo mi clítoris con maestría, saboreándome como si fuera el manjar más exquisito. Olía a mi propia excitación, salada y dulce, mezclada con su sudor.

El cuarto se llenó de jadeos, del crujido de la cama, del slap suave de su boca contra mi panocha. Me arqueé, clavándole las uñas en la espalda, dejando marcas rojas que él parecía disfrutar.

Esto es mejor que cualquier película. El actor que hizo la Pasión de Cristo me está comiendo viva.
Mi primer orgasmo llegó como ola, temblando entera, gritando su nombre mientras él lamía sin parar.

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas, hasta que sentí la punta de su verga presionando mi entrada. "Dime si quieres parar", susurró, siempre el caballero. "¡No mames, métemela ya!", exigí, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, su grosor rozando cada nervio.

Empezó a moverse, primero lento, profundo, saliendo casi todo y volviendo con fuerza. El sonido de piel contra piel era obsceno, húmedo, perfecto. Sudábamos, el olor almizclado llenando el aire. Sus manos en mis caderas, jalándome hacia él, mientras yo me aferraba a las sábanas. "¡Más rápido, güey!", pedí, y él obedeció, embistiéndome con ritmo salvaje. Sentía sus bolas golpeando mi clítoris, el placer acumulándose como tormenta.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus ojos fijos en los míos, viendo cómo rebotaba sobre él, mis tetas moviéndose al compás. Agarré sus manos, poniéndolas en mi pecho, y él pellizcó mis pezones, enviando descargas directas a mi centro. "Eres increíble", jadeó, su voz quebrada. Yo aceleré, sintiendo su verga hincharse dentro de mí, el orgasmo mío construyéndose de nuevo.

Explotamos juntos. Él gruñendo profundo, llenándome con chorros calientes, mientras yo me convulsionaba, el placer cegándome. Colapsamos, enredados, piel pegajosa contra piel, respiraciones entrecortadas. El silencio era roto solo por el zumbido del minisplit y nuestros suspiros.

Después, fumamos un cigarro en la terraza, envueltos en una sábana, mirando las luces de Reforma. "Nunca pensé que México me daría esto", dijo él, acariciándome el pelo. Yo sonreí, saboreando el regusto salado en mis labios. Neta, el actor que hizo la Pasión de Cristo acababa de resucitar mi alma... y mi cuerpo.

Nos despedimos al amanecer, con promesas de volvernos a ver. Caminé a mi casa con las piernas flojas, el cuerpo marcado por su pasión. Esa noche había sido sagrada, profana, todo a la vez. Y mientras el sol salía sobre el DF, supe que nunca olvidaría ese fuego.

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