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Ejemplos de Crímenes Pasionais en Carne Viva

7879 palabras

Ejemplos de Crímenes Pasionais en Carne Viva

Estaba sentada en el sillón de la sala, con las piernas cruzadas y el laptop sobre las rodillas. La luz de la tarde se colaba por las cortinas, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que mi piel se sintiera expuesta, como si ya estuviera desnuda. Crímenes pasionales ejemplos, tecleé en el buscador, curiosa por esas historias que siempre me ponían la piel chinita. No por la sangre o la tragedia, sino por el fuego que ardía detrás, esa pasión desbordada que hacía que la gente perdiera la cabeza. Neta, ¿quién no ha sentido eso alguna vez? Ese calor que sube desde el estómago hasta el pecho, que te hace apretar los muslos sin querer.

Jorge estaba en la cocina, preparando unos tacos de carnitas que olían a gloria, ese aroma ahumado y jugoso que me hacía salivar. Lo oía silbar una rola de José Alfredo, su voz ronca retumbando contra las baldosas. Llevábamos cinco años juntos, y todavía me ponía como moto con solo verlo mover las caderas al ritmo. Pero hoy, después de esa plática tonta de celos por una chava que le habló en el trabajo, el aire entre nosotros estaba cargado. No habíamos reñido de verdad, pero el roce de miradas y palabras picantes había dejado una tensión rica, como el preludio de una tormenta.

Leí un ejemplo de crimen pasional: un tipo que mató por amor, celoso hasta la médula.

Pero qué wey tan pendejo
, pensé, cerrando los ojos. Yo no quería sangre, quería él. Quería que me tomara con esa furia que solo surge cuando el deseo duele. Me levanté, sintiendo el roce de mi short de algodón contra mis nalgas, ya húmedas. Caminé descalza hacia la cocina, el piso fresco bajo mis pies contrastando con el calor que me subía por las piernas.

Oye, carnal —le dije, apoyándome en el marco de la puerta. Él volteó, con el delantal manchado de grasa y una sonrisa que me derritió—. ¿Sabes qué son los crímenes pasionales?

Jorge arqueó la ceja, limpiándose las manos en un trapo. Sus ojos bajaron por mi cuerpo, deteniéndose en mis pechos que se marcaban bajo la blusa floja. —Sí, morra, esas broncas de celos que acaban mal. ¿Por qué? ¿Estás planeando algo? —rió, pero su voz tenía ese tono juguetón que me erizaba la piel.

Me acerqué, pegándome a su espalda mientras él volteaba la carne en la sartén. Sentí su calor, el sudor leve en su nuca que olía a hombre, a jabón y a ese perfume barato que tanto me gustaba. —Estaba viendo ejemplos de crímenes pasionales. Gente que se vuelve loca por amor. Pero nosotros... nosotros podemos hacer uno mejor. Sin muertos, solo placer.

Él se giró despacio, atrapándome contra la estufa apagada. Sus manos grandes en mi cintura, apretando justo donde me gustaba. —Ah, ¿sí? —murmuró, su aliento cálido en mi oreja, con olor a cerveza y menta—. Explícame, princesa.

Acto primero: la chispa. Le conté de esos ejemplos mientras mis dedos jugaban con el botón de su jeans, sintiendo cómo se ponía duro contra mi vientre. El chisporroteo de la carnita en la sartén era como el latido de mi corazón, rápido y jugoso. Jorge me besó el cuello, mordisqueando suave, haciendo que un gemido se me escapara. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras su lengua trazaba la curva de mi clavícula, saboreando el salitre de mi piel.

Nos movimos a la sala sin apagar la estufa —que se queme todo, qué importa. Caímos en el sillón, él encima, su peso delicioso presionándome contra los cojines. Le quité la playera, oliendo su pecho sudoroso, lamiendo una gota que bajaba por su pectoral. Sabor salado, varonil. Sus manos subieron por mis muslos, abriéndolos con esa urgencia que me hacía arquear la espalda. —Te quiero ya, gruñó, y yo respondí con un beso feroz, mordiendo su labio inferior hasta que gimió.

Pero no era solo físico. En mi cabeza, los ejemplos de crímenes pasionales giraban como un torbellino. ¿Y si este fuego nos consume? pensé, mientras él me bajaba el short, exponiendo mi calor húmedo al aire. No era miedo, era excitación pura. Jorge deslizó un dedo dentro de mí, lento, sintiendo cómo me contraía alrededor. —Estás mojada como nunca, wey —dijo, riendo bajito, y yo le clavé las uñas en la espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico.

Acto segundo: la escalada. Me puse de rodillas en el piso, el tapete áspero contra mis rodillas, pero qué importaba. Saqué su verga, dura y palpitante, con esa vena gruesa que me volvía loca. La olí primero, ese aroma almizclado de excitación que me hacía babear. La lamí desde la base, sintiendo el pulso bajo mi lengua, el sabor salado de su piel. Jorge jadeaba, enredando los dedos en mi pelo. —Sigue, mi reina, suplicó, y yo lo tomé entero, chupando con hambre, oyendo sus gemidos roncos que llenaban la sala.

Me levantó como si no pesara, sentándome en la mesa de centro. Sus manos everywhere: amasando mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolió placer. Yo le arañé el pecho, dejando surcos. —Esto es nuestro crimen pasional, le susurré, mientras él me penetraba de una embestida, llenándome hasta el fondo. El estiramiento, el roce perfecto contra mis paredes, me hizo gritar. ¡Ay, cabrón! El sonido de piel contra piel, húmedo y rápido, como aplausos obscenos.

Cambiábamos posiciones como posesos: yo encima, cabalgándolo con furia, sintiendo sus bolas contra mi culo, el sudor chorreando por mi espalda. Él oliendo a sexo, a nosotros. Internalmente, luchaba:

Es demasiado intenso, pero no pares, no pares
. Sus dedos en mi clítoris, frotando en círculos, mandándome ondas de placer que me nublaban la vista. Gemí su nombre, Jorge, Jorge, mientras el orgasmo se acercaba como un tren.

Lo volteé, poniéndolo a cuatro patas —raro, pero qué chido—. Le lamí el culo, metiendo la lengua, sorprendiéndolo. Él se tensó, gimiendo como loco. Luego lo monté por atrás, mis tetas rebotando contra su espalda, mis uñas en sus caderas. El olor a sexo impregnaba todo, espeso, adictivo. Sudor goteando, mezclado con nuestros jugos.

Acto tercero: la liberación. En el piso ahora, él encima otra vez, embistiéndome con fuerza animal. Cada thrust profundo, golpeando mi punto G, haciendo que estrellas explotaran detrás de mis párpados. —Vente conmigo, le rogué, y él aceleró, su respiración entrecortada en mi oído. Sentí el clímax venir, un nudo apretándose en mi vientre, explotando en oleadas que me sacudieron entera. Grité, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Jorge se vino segundos después, caliente y espeso dentro de mí, gruñendo mi nombre como una oración.

Nos quedamos ahí, enredados, el piso pegajoso bajo nosotros. Su peso sobre mí, reconfortante. El aroma de sexo flotaba, mezclado con el de las carnitas quemadas en la cocina —ups. Reímos bajito, besándonos perezosos. —El mejor ejemplo de crimen pasional, murmuró él, acariciando mi pelo húmedo.

Yo asentí, sintiendo el afterglow calmar mi piel erizada. No hay celos que valgan la pena sin esto, pensé. Nos levantamos despacio, piernas temblorosas, y fuimos a la regadera. Bajo el agua caliente, nos enjabonamos mutuamente, dedos suaves ahora, explorando sin prisa. El vapor olía a nuestro jabón de lavanda, pero debajo, persistía el musk de lo que acabábamos de hacer.

En la cama después, envueltos en sábanas frescas, hablamos de tonterías. Los ejemplos de crímenes pasionales quedaron atrás, solo un chispazo para nuestro fuego. Jorge me abrazó por atrás, su verga semi-dura contra mis nalgas, prometiendo más. Esto es vida, suspiré, cerrando los ojos. El corazón latiendo tranquilo, la piel aún sensible, el alma llena.

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