Pasión de Gavilanes Capítulo 131 Fuego en la Sangre
La noche en la hacienda Reyes caía como un manto caliente de verano mexicano, con el aroma dulzón de las bugambilias flotando en el aire y el lejano relincho de los caballos en el corral. Gabriela se acomodó en el sillón de mimbre de la sala, con las piernas cruzadas sobre el otoman, sintiendo el roce fresco del aire acondicionado contra su piel morena. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco, que se pegaba apenas a sus curvas generosas por el calor residual del día. Frente a ella, la pantalla grande del televisor parpadeaba con las imágenes de Pasión de Gavilanes capítulo 131, esa escena donde los hermanos Reyes defendían su amor con uñas y dientes, con miradas que prometían tormentas de pasión.
Miguel entró desde la cocina, con dos vasos de tequila reposado en la mano, el hielo tintineando como un eco juguetón. Era alto, fornido como los gavilanes del título, con esa barba incipiente que raspaba deliciosamente y ojos negros que la devoraban cada vez que la veía. Órale, mami, ¿ya empezó el capítulo?
dijo con esa voz grave, mexicana hasta la médula, mientras se sentaba a su lado, tan cerca que Gabriela sintió el calor de su muslo contra el suyo. Ella sonrió, picarona, y tomó el vaso, el líquido ambarino quemándole la garganta con un sabor ahumado que le despertó un cosquilleo en el vientre.
Sí, güey, justo en lo bueno. Mira cómo se miran esos dos, neta que dan ganas de...
No terminó la frase. En la pantalla, la tensión entre los amantes explotaba en un beso feroz, y Gabriela sintió un pulso traicionero entre sus piernas. Miguel la miró de reojo, con esa media sonrisa que la ponía nerviosa. Habían sido amantes por meses, desde que se conocieron en una fiesta ranchera en Guadalajara, bailando corridos a todo volumen. Pero esa noche, con Pasión de Gavilanes capítulo 131 de fondo, algo se encendía diferente, más crudo, más urgente.
¿Por qué carajos me pongo así con una novela? Es como si me metieran las manos por dentro, wey. Su piel cerca, oliendo a jabón y a hombre sudado del día en el campo...
Acto primero de su propia pasión: la mirada. Miguel dejó el vaso en la mesita y rozó su rodilla con los dedos, un toque casual que no lo era. Gabriela contuvo el aliento, el sonido de la novela —diálogos intensos, música de guitarra llorosa— mezclándose con el latido de su corazón. ¿Te late esta escena, chula?
murmuró él, su aliento cálido con tequila contra su oreja. Ella asintió, mordiéndose el labio inferior, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo la tela fina del vestido.
La hacienda estaba en silencio, salvo por el zumbido del ventilador de techo y el eco distante de grillos. Miguel se inclinó más, su mano subiendo por su muslo, despacio, como si probara el terreno. Gabriela no se movió, solo dejó que el deseo creciera, un nudo caliente en su bajo vientre. En la tele, los personajes se abrazaban, sus cuerpos chocando con promesas de venganza y placer. Imagínate si fuéramos ellos
susurró ella, su voz ronca, girando el rostro para mirarlo. Los ojos de Miguel brillaban, hambrientos. Yo no necesito imaginar, Gabriela. Tú eres mi pasión de gavilanes.
El beso llegó como un rayo. Sus labios se encontraron suaves al principio, probando, con el sabor salado de la piel y el dulce del tequila. Gabriela gimió bajito cuando la lengua de él invadió su boca, explorando con maestría, mientras su mano se colaba bajo el vestido, acariciando la suavidad de su nalga desnuda —no llevaba calzón, la muy traviesa—. El roce de sus callos, fruto del trabajo en el rancho, le erizó la piel, un contraste delicioso entre rudeza y ternura.
Se separaron jadeantes, el episodio avanzando en la pantalla sin que ninguno prestara atención ya. Miguel la levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensándose bajo la camisa ajustada, y la llevó al sofá amplio. La sentó a horcajadas sobre él, el bulto duro de su verga presionando contra su panocha húmeda a través del pantalón. Qué chingón se siente esto, ¿verdad, mi reina?
gruñó él, manos en su cintura, guiándola en un vaivén lento. Gabriela arqueó la espalda, el vestido subiéndose hasta las caderas, exponiendo su sexo depilado, reluciente de jugos.
¡Madre santa, qué calor! Su mirada me quema, y esa cosa dura contra mí... Quiero montarlo ya, pero no, hay que saborearlo, wey.
Acto segundo: la escalada. Gabriela desabotonó su camisa con dedos temblorosos, revelando el pecho velludo, bronceado por el sol de Jalisco. Lo besó ahí, lamiendo el sudor salado, inhalando su olor macho, a tierra y esfuerzo. Miguel maldijo en voz baja, ¡Puta madre, qué rico tu hocico!
mientras le quitaba el vestido de un tirón, dejando sus tetas grandes al aire, pezones oscuros y tiesos como balas. Los succionó con hambre, mordisqueando suave, haciendo que ella gritara de placer, el sonido ahogado por la música de la novela que aún sonaba de fondo.
Se pusieron de pie, tambaleantes de deseo. Miguel se bajó el pantalón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. Gabriela la tomó en la mano, sintiendo el pulso furioso, el calor palpitante. Mira lo que me haces, pendejita
rio él, pero su voz era pura necesidad. Ella se arrodilló, el piso de loseta fría contra sus rodillas, y lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto almizclado, salado, tan mexicano como un taco de suadero. Él enredó los dedos en su cabello negro, guiándola sin forzar, gimiendo ronco mientras ella lo chupaba profundo, la garganta acomodándose a su tamaño.
Pero no era suficiente. La levantó de nuevo, la volteó contra el respaldo del sofá, su culo redondo expuesto. El aire fresco le erizó la piel, pero el calor de su cuerpo lo contrarrestaba. Miguel se pegó a ella por detrás, su verga deslizándose entre sus nalgas, rozando su clítoris hinchado. Dime que la quieres, Gabriela. Dime que eres mía
jadeó en su oído, mordiendo el lóbulo. Sí, cabrón, métemela ya. ¡Estoy chorreando por ti!
respondió ella, empujando hacia atrás, impaciente.
Entró de un solo golpe, llenándola por completo, el estiramiento delicioso, el roce de sus bolas contra su clítoris. Gritaron juntos, el sonido crudo, animal, ahogando el final de Pasión de Gavilanes capítulo 131. Empezaron a moverse, él embistiendo fuerte, profundo, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con sus jadeos. Gabriela se tocaba el clítoris, círculos rápidos, mientras él le amasaba las tetas, pellizcando pezones. El olor a sexo llenaba la sala —sudor, jugos, tequila derramado—. Su aliento caliente en la nuca, sus gruñidos ¡Qué apretadita, mi amor! ¡Te voy a romper!
, y ella respondiendo ¡Más duro, Miguel, hazme tuya!
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La tensión crecía como una tormenta, sus cuerpos sudados resbalando, el sofá crujiendo bajo ellos. Gabriela sintió el orgasmo venir, un tsunami en su vientre, contrayendo sus paredes alrededor de él. ¡Me vengo, wey! ¡Ay, Dios!
chilló, explotando en espasmos, jugos chorreando por sus muslos. Miguel la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola de su leche caliente, pulso tras pulso, hasta que se derrumbó sobre ella, exhaustos.
Acto tercero: el afterglow. Se tumbaron en el sofá, enredados, piel pegajosa contra piel, el televisor ya en comerciales mudos. Gabriela trazaba círculos en su pecho, sintiendo su corazón galopante calmarse. El aroma de sus cuerpos mezclados era embriagador, como tierra mojada después de la lluvia. Neta que fue como la novela, pero mejor
murmuró ella, besando su hombro. Miguel rio bajito, apretándola más. Tú eres mi pasión de gavilanes, capítulo eterno. No hay final para esto.
Se quedaron así, en la quietud de la hacienda, con el viento nocturno susurrando promesas. El deseo se había liberado, pero el fuego latía aún, listo para encenderse de nuevo. Gabriela cerró los ojos, satisfecha, empoderada en su piel, en su placer compartido. Mañana sería otro día en el rancho, pero esa noche, eran reyes de su propio mundo ardiente.