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Pasión de Gavilanes Capítulo 20 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 20 Fuego en las Venas

La noche en la hacienda de los Elizondo se sentía pesada, cargada de ese calor pegajoso que solo el verano norteño sabe traer. Yo, Rosalía, estaba recargada en el sillón de cuero viejo, con las piernas cruzadas y un vaso de mezcal en la mano. El aire olía a jazmín del jardín y a tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Frente a mí, la tele grande del salón principal transmitía Pasión de Gavilanes capítulo 20, esa novela que nos tenía a todos enganchados como pendejos. Los hermanos Reyes, con sus miradas de fuego y venganza, siempre despertaban algo salvaje en mí.

Óscar entró al salón quitándose la camisa sudada, su pecho ancho brillando bajo la luz ámbar de las lámparas. Olía a hombre de campo, a sudor fresco mezclado con el aroma terroso de los caballos que acababa de cepillar. "¿Qué onda, mi reina? ¿Ya empezó el capítulo?" dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Se dejó caer a mi lado, su muslo musculoso rozando el mío, y yo sentí un cosquilleo inmediato subiendo por mi pierna.

¡Pinche novela! Cada vez que veo a esos gavilanes en acción, me dan ganas de montarme en mi propio Óscar y cabalgar hasta el amanecer.

La pantalla mostraba a Franco Reyes besando a su amada con una pasión que hacía temblar la tierra. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, y yo apreté los labios, sintiendo mi cuerpo responder. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa ligera de algodón, rozando la tela como un secreto ansioso por salir. Óscar notó mi cambio, su mano grande posándose en mi rodilla, subiendo despacio por el interior de mi muslo. "Te prende esta mierda, ¿verdad, Rosalía? Te veo las chispas en los ojos."

Asentí, mordiéndome el labio inferior. El mezcal quemaba dulce en mi garganta, y el calor entre mis piernas ya era un pulso insistente. Afuera, los grillos cantaban su sinfonía nocturna, y una brisa tibia entraba por la ventana abierta, trayendo el perfume de las bugambilias. Apagué la tele con el control, pero el eco de Pasión de Gavilanes capítulo 20 seguía latiendo en mi mente, como un catalizador para lo que vendría.

Nos miramos un rato largo, sus ojos cafés oscuros clavados en los míos, prometiendo tormentas. "Ven acá, mi vida," murmuró, jalándome hacia él. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, saboreando el mezcal en su lengua y el salado de su piel. Sus manos expertas desabotonaron mi blusa, exponiendo mis senos al aire fresco. Sentí su aliento caliente en mi cuello mientras lamía la curva de mi clavícula, enviando ondas de placer directo a mi centro.

Me recostó en el sillón, su cuerpo cubriendo el mío como una manta viva. El cuero crujió bajo nuestro peso, y yo arqueé la espalda, gimiendo bajito cuando sus dedos encontraron mis pezones, pellizcándolos con esa presión perfecta que me hacía jadear. "Estás mojada ya, ¿neta? Solo por ver esa novela." Su voz era un gruñido juguetón, y metió la mano por debajo de mi falda, rozando mi ropa interior empapada. El roce de sus callos contra mi piel suave fue eléctrico, como chispas de un gavilán en vuelo.

¡Qué chingón es esto! Su toque me deshace, me hace suya sin esfuerzo. Quiero más, quiero que me coma entera.

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Le quité los jeans, liberando su verga dura, gruesa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor veinoso, el pulso acelerado que latía contra mi palma. Olía a él, a deseo puro y masculino. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen, mientras él gemía mi nombre con esa voz que retumbaba en mi pecho. "Rosalía, mi amor, no pares... ¡órale, qué rico!"

Pero no quería acabar así. Lo empujé hacia atrás y me subí a horcajadas sobre él, mi falda arremangada como una bandera de rendición. Rozamos nuestros sexos, mi humedad lubricando su dureza, creando un sonido húmedo y obsceno que nos volvía locos. El sillón se mecía con nosotros, y el aire se llenó del aroma almizclado de nuestra excitación, mezclado con el jazmín y el mezcal derramado.

Entró en mí de un solo movimiento fluido, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada centímetro de él estirándome, pulsando dentro. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, apretando mi carne suave. "¡Así, mi reina! Cógeme como en la novela, con toda la pasión de esos gavilanes." Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, nuestros jadeos sincronizados con el latido de nuestros corazones.

La intensidad subió. Aceleré, cabalgándolo con furia, mis senos rebotando libres. Él se incorporó, chupando un pezón mientras su mano bajaba a mi clítoris, frotándolo en círculos precisos. El placer era una ola creciente, tensión en cada músculo, en cada nervio. Oí mis propios gemidos, altos y desesperados, mezclados con sus gruñidos animales. "¡Ya casi, Óscar! ¡No pares, pendejo, dame todo!"

Esto es el cielo, neta. Su verga me parte en dos, pero es el dolor más dulce. Siento el orgasmo venir, como un río desbordado.

Explotamos juntos. Mi cuerpo se convulsionó, paredes internas apretándolo en espasmos rítmicos, mientras él se vaciaba dentro de mí con un rugido gutural. El mundo se redujo a sensaciones: el calor líquido derramándose, el temblor de nuestras piernas entrelazadas, el sabor salado de su cuello cuando lo besé en el éxtasis. Colapsamos, exhaustos, riendo entre jadeos.

Después, nos quedamos así, pegados y sudorosos, escuchando los grillos y el viento en las bugambilias. Su mano acariciaba mi espalda en círculos perezosos, y yo trazaba patrones en su pecho, sintiendo su corazón calmarse. "Esa Pasión de Gavilanes capítulo 20 nos prendió cañón, ¿eh?" bromeó él, besándome la frente.

Qué chido es esto. No solo el sexo, sino esto después: la paz, el amor que queda flotando como humo de fogata. Con Óscar, cada noche es una hacienda de pasiones eternas.

Nos levantamos despacio, recogiendo la ropa esparcida. El mezcal restante nos lo bebimos a sorbos, brindando por los gavilanes y por nosotros. Afuera, la luna iluminaba el corral, y supe que esta noche había sido solo el comienzo de muchas más. La pasión no se apaga; se enciende una y otra vez, como el fuego en las venas de los que se aman de verdad.

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