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Imágenes Sensuales de Jesús en la Pasión de Cristo

6986 palabras

Imágenes Sensuales de Jesús en la Pasión de Cristo

Tú estás sentada en el sillón viejo de tu departamento en la Roma, con el ventilador zumbando perezosamente arriba, moviendo el aire caliente de esta tarde de Cuaresma. Afuera, el tráfico de la Ciudad de México ruge como siempre, cláxones y motores mezclándose con el lejano tañido de campanas de alguna iglesia cercana. Tus dedos recorren la pantalla de tu laptop, buscando imágenes de Jesús en la Pasión de Cristo, esas fotos antiguas de las procesiones de Semana Santa en Taxco o Iztapalapa. No sabes por qué, pero este año algo te jaló hacia ellas. Quizás el calor pegajoso que te hace sudar bajo la blusa ligera, o el vacío que sientes desde que terminaste con tu ex.

La primera imagen aparece: Jesús cargando la cruz, el cuerpo semidesnudo brillando con sudor bajo el sol implacable, músculos tensos como cuerdas, la piel marcada por látigos invisibles. Sientes un cosquilleo en el estómago, un calor que sube desde tus muslos. ¿Qué chingados me pasa? piensas, mordiéndote el labio. Acaricias la pantalla con la yema del dedo, imaginando el tacto áspero de esa piel divina, salada por el esfuerzo. El siguiente cuadro: Jesús flagelado, atado a la columna, el rojo de las heridas contrastando con el tono oliva de su carne. Tu respiración se acelera, el aroma de tu propio sudor mezclándose con el incienso que prendiste esta mañana para ambientar.

Te recuestas, deslizando una mano por tu falda corta. Tus piernas se abren solas, el roce de la tela contra tus bragas ya húmedas te hace gemir bajito.

Esto está mal, pero neta se siente tan bien
, te dices en voz alta, mientras zoom en la imagen donde Jesús cae de rodillas, la corona de espinas hundida, sangre goteando como perlas rojas. Tu dedo roza tu clítoris por encima de la tela, círculos lentos, el pulso latiendo fuerte en tus venas. El sonido de tu aliento entrecortado llena la habitación, junto al zumbido del ventilador que parece un susurro pecaminoso.

De repente, un golpe en la puerta te saca del trance. Mierda, piensas, ajustándote la falda con manos temblorosas. Es Raúl, tu carnal del gym, el wey moreno con ojos de diablo que siempre te coquetea. "¡Ey, güey! ¿Qué onda? Te vi por la ventana con esa cara de traviesa", dice riendo mientras entra sin esperar, oliendo a colonia barata y sudor fresco del entrenamiento. Tú sonríes, el corazón todavía acelerado, y cierras la laptop a medias, pero no del todo. "Pasa, carnal. Estaba... viendo unas imágenes de Jesús Pasión de Cristo. Mira, ven".

Él se acerca, curioso, su cuerpo grande invadiendo tu espacio. El calor de su piel te roza el brazo cuando se inclina. "¡No mames! ¿Qué pedo con esto? ¿Estás caliente con Jesúsito?" bromea, pero su voz sale ronca, los ojos clavados en la pantalla. Tú sientes su aliento en tu cuello, cálido y con sabor a chicle de menta. "Neta, Raúl, estas imágenes... su cuerpo sufriendo, todo sudado, marcado... me prende un chingo". Él se ríe bajito, pero no se aleja. Al contrario, su mano grande cae en tu muslo, apretando suave. "Eres una pendeja caliente, ¿eh? Muéstrame más".

El ambiente se carga de tensión, el aire espeso como miel. Tú abres más imágenes: Jesús en el huerto, orando con el pecho expuesto; la crucifixión, clavos en las manos, pies, el cuerpo arqueado en agonía extática. Raúl respira hondo, su erección presionando contra los shorts del gym. "Mira nada más ese torso, como el de un luchador. Imagínate lamiendo ese sudor santo", murmura, y tú sientes un escalofrío. Sus dedos suben por tu falda, rozando el borde de tus bragas empapadas. "Estás chorreando, preciosa. ¿Quieres que te dé la pasión de verdad?"

Tú asientes, el deseo quemándote las entrañas. Sí, carnal, hazme sufrir de placer. Lo jalas hacia ti, besándolo con hambre, lenguas enredándose, sabor a sal y menta. Sus manos grandes te alzan la blusa, exponiendo tus tetas firmes, pezones duros como piedras. Él los chupa, mordisquea suave, el sonido húmedo de su boca haciendo eco. Tú gimes, arqueándote como en esas imágenes, imaginando ser la Magdalena lamiendo las heridas de Jesús.

Raúl te tumba en el sillón, quitándote la falda de un tirón. El aire fresco besa tu coño mojado, y él se arrodilla, como en oración. "Déjame adorarte, Virgen María pecadora", dice juguetón, con acento chilango puro. Su lengua lame tu clítoris, lenta al principio, saboreando tu jugo dulce y salado. Tú agarras su pelo negro, empujándolo más adentro, el olor a sexo crudo llenando todo. ¡Qué rico, wey! No pares, jadeas, las caderas moviéndose solas. Él mete dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, el roce interno como un latigazo de placer. Tus muslos tiemblan, sudor resbalando por tu espalda, pegando la tela del sillón a tu piel.

Pero quieres más, como la pasión que arde en esas imágenes. "Cógeme como a la cruz, Raúl. Hazme tuya", le ruegas. Él se para, bajándose los shorts. Su verga sale dura, venosa, goteando precum, tan gruesa que te hace salivar. Tú la agarras, sintiendo el pulso caliente bajo la piel suave, el olor almizclado de hombre excitado. La mamas despacio, lengua rodeando la cabeza, saboreando el salado, mientras él gime "¡Ay, cabrona, qué mamada!". Sus manos en tu cabeza, guiando sin forzar, todo puro acuerdo mutuo.

Te voltea, poniéndote a cuatro patas frente a la laptop, aún abierta en la imagen de la crucifixión. "Mira a tu Jesús mientras te parto", gruñe, y entra de un jalón lento, llenándote hasta el fondo. El estirón quema rico, tus paredes apretándolo como guante. Él bombea fuerte, piel contra piel chapoteando, el sonido obsceno mezclándose con tus gritos: "¡Más duro, carnal! ¡Dame la pasión!". Sudor gotea de su pecho a tu espalda, resbaloso, caliente. Tus tetas rebotan, pezones rozando el sillón áspero. Sientes cada vena de su verga frotando adentro, el clítoris hinchado rozando sus bolas con cada embestida.

La tensión sube como la cruz al calvario. Tus uñas se clavan en el sillón, visión borrosa, solo flashes de esas imágenes de Jesús Pasión de Cristo, su agonía espejo de tu éxtasis. Raúl acelera, gruñendo "¡Me vengo, güey! ¡Aguanta!", y tú explotas primero, el orgasmo rompiéndote en oleadas, coño contrayéndose, jugos chorreando por tus muslos. Él se corre adentro, chorros calientes pintando tus paredes, el calor inundándote mientras grita tu nombre.

Caen los dos exhaustos, enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su semen se escapa lento, pegajoso entre tus piernas, olor a sexo y sudor santo. Tú lo besas suave, riendo bajito. "Neta, esas imágenes me volvieron loca". Él acaricia tu pelo, sonriendo. "Y tú a mí, diosa. La Pasión de verdad es esta". Afuera, las campanas suenan de nuevo, pero ahora suenan a bendición. Te sientes plena, el alma en paz con el cuerpo satisfecho, sabiendo que la fe y el fuego carnal pueden danzar juntos sin culpa.

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