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Pasiones Negativas Desatadas

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Pasiones Negativas Desatadas

La noche en la Condesa estaba viva, con ese bullicio de antros que palpita como un corazón acelerado. El aire olía a tequila reposado y jazmín de los puestos ambulantes, mezclado con el humo de los cigarros electrónicos que flotaba como niebla sensual. Yo, Laura, de veintiocho pirulos, me había puesto un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa vengativa. Hacía dos años que Alex me había dejado por una morra flaca de oficina, y esa rabia todavía me picaba en el pecho como un tatuaje fresco. Neta, eran esas pasiones negativas las que me mantenían despierta, soñando con hacerle pagar... pero de la forma más chueca posible.

Entré al bar con mis cuates, pero mis ojos lo buscaron de inmediato. Ahí estaba, en una esquina, con esa sonrisa de pendejo que me volvía loca. Alto, moreno, con camisa entreabierta dejando ver el vello del pecho que tanto me gustaba lamer. Nuestras miradas chocaron como chispas en la oscuridad. Él se acercó, checando mi cuerpo de arriba abajo, y el corazón me latió en la garganta.

¿Y si esta noche desato todo? Esas pasiones negativas que me queman por dentro... ¿y si las convierto en fuego que nos consuma a los dos?

"Órale, Laura, qué chingona te ves", me dijo con voz ronca, oliendo a whisky y colonia cara. Su aliento cálido me rozó la oreja mientras me abrazaba. Sentí su mano en mi cintura, firme, posesiva. "¿Vienes a joderme la noche, wey?", le contesté juguetona, pero con el filo del coraje viejo. Platicamos de pendejadas, de la vida, pero el aire entre nosotros se cargaba de electricidad. Cada roce accidental –su rodilla contra la mía bajo la mesa– me hacía apretar los muslos. El sonido de la banda sonidera retumbaba, vibrando en mi piel como un preludio.

Media hora después, no aguantamos más. "Vamos a tu depa, está cerca", murmuró, y yo asentí, con la piel erizada. Caminamos por las calles empedradas, el viento fresco besando mis piernas desnudas. Su mano en mi espalda baja me quemaba a través del vestido. Llegamos a mi edificio en la Álvaro Obregón, subimos en el elevador en silencio, pero sus ojos me devoraban. El ding del elevador fue como una orden: ábranme paso al infierno placentero.

En mi depa, minimalista con velas de vainilla encendidas, lo empujé contra la puerta. "Me dejaste por esa pendeja, ¿recuerdas?", le espeté, mi voz temblando de rabia y deseo. Él sonrió, malicioso. "Y tú me traes loco todavía, Laura. Esas pasiones negativas tuyas me prenden más que nada". Sus labios capturaron los míos en un beso brutal, lenguas enredadas con sabor a tequila y sal de sus labios. Gemí contra su boca, mis uñas clavándose en su cuello. Olía a hombre, a sudor fresco y esa esencia suya que me hacía mojarme al instante.

Lo arrastré al sillón de piel, nos caímos enredados. Mis manos bajaron su zipper, liberando su verga dura, palpitante, caliente como hierro forjado. La apreté, sintiendo las venas gruesas bajo mis dedos, y él gruñó, un sonido gutural que me vibró en el pecho. "Chúpamela, mamacita", jadeó. Me arrodillé entre sus piernas, el piso frío contra mis rodillas, y la tomé en la boca. Sabía a piel limpia y pre-semen salado, espeso en mi lengua. Lo chupé lento, lamiendo la cabeza hinchada, mientras él me enredaba el pelo y empujaba suave. "Qué rico, wey... no pares", murmuré con la boca llena, el sonido húmedo de mi succión llenando la habitación.

Esto es lo que necesitaba. Dejar salir esas pasiones negativas, convertir el odio en lujuria pura. Su verga en mi garganta me hace sentir poderosa, dueña de su placer.

Alex me levantó como si no pesara nada, me quitó el vestido de un jalón. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Me lamió el cuello, bajando a morderlos suave, tirando con los dientes hasta que grité de placer-dolor. "Eres una diosa cabrona", dijo, su aliento caliente en mi piel. Me recargó en la pared, sus dedos bajaron mi tanga empapada. El olor a mi excitación flotaba, almizclado y dulce. Metió dos dedos en mi panocha, resbalosos, curvándolos contra mi punto G. "Estás chorreando, Laura. Por mí, ¿verdad?" Asentí, gimiendo, mis caderas moviéndose solas contra su mano. El sonido de mis jugos chapoteando era obsceno, delicioso.

La tensión crecía como una tormenta. Cada caricia era un reproche virado en caricia: "Por dejarme, pendejo", jadeaba yo mientras le arañaba la espalda. "Por ser tan rica que no te olvido", respondía él, mordiéndome el lóbulo. Me cargó a la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Se quitó la ropa, su cuerpo atlético brillando de sudor bajo la luz tenue. Se colocó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada húmeda. "Dime que la quieres", exigió, ojos negros fijos en los míos.

"¡Métemela ya, cabrón!" grité, y empujó, llenándome de un solo golpe. Sentí cada centímetro estirándome, palpitando dentro. Gemí alto, mis paredes apretándolo como un puño. Empezó a bombear lento, profundo, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Olía a sexo crudo, sudor y vainilla quemada. Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando con cada estocada. "Más fuerte, Alex... castígame con esa verga", suplicaba, mis uñas dejando surcos rojos en su espalda.

La intensidad subía, mis pasiones negativas se disolvían en éxtasis. Él me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, embistiéndome como animal. Sentía su sudor goteando en mi espinazo, caliente. Mi clítoris palpitaba, rozando la sábana. "Me vengo, wey... ¡no pares!" El orgasmo me partió en dos, olas de placer convulsionándome, chillidos ahogados en la almohada. Él gruñó, hinchándose dentro, y se corrió con un rugido, chorros calientes inundándome, escurriendo por mis muslos.

Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, lamiendo el sudor salado de mi piel. El cuarto olía a nosotros, a liberación. "Neta, Laura, esas pasiones negativas nos unen más que nada", murmuró, besándome la frente. Yo sonreí, acariciando su pelo revuelto.

Al final, no era odio. Eran pasiones profundas, oscuras, que nos hacen humanos. Y qué chido sentirlas desatadas, compartidas.

Nos quedamos así, piel con piel, el pulso latiendo en unisono. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro solo existía esta paz ardiente. Mañana quién sabe, pero esta noche, las pasiones negativas nos habían salvado.

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