Pasion Sebastian Rulli
El sol de Acapulco caía a plomo sobre la playa, tiñendo el mar de un turquesa hipnótico. Tú caminabas por la arena caliente, con el bikini negro ajustado marcando cada curva de tu cuerpo moreno. Habías venido de la Ciudad de México solo para desconectar, pero el destino tenía otros planes. Ahí estaba él, Sebastian Rulli, el galán de las telenovelas, recostado en una tumbona con gafas oscuras y un short de baño que dejaba poco a la imaginación. Su piel bronceada brillaba con aceite, y esos ojos verdes que tanto veías en la tele ahora te miraban directamente.
Tu corazón dio un brinco. ¿Es él de verdad? Madre santa, qué guapo el wey, pensaste, mientras el viento traía el olor salado del mar mezclado con su colonia fresca, como a madera y cítricos. Te detuviste, fingiendo ajustar tu sombrilla, pero él se quitó las gafas y sonrió con esa dentadura perfecta.
¡No mames! ¿Me va a hablar? Mi pasion por Sebastian Rulli me tiene temblando las rodillas.
"¿Todo bien, preciosa? Te ves como si necesitaras una chela fría", dijo con esa voz grave y ronca que te erizaba la piel. Tú asentiste, riendo nerviosa, y en minutos ya estabas sentada a su lado, platicando de todo y nada. Él era igualito en persona: alto, musculoso, con un tatuaje discreto en el pecho que asomaba por la playera entreabierta. La pasion Sebastian Rulli que sentías desde la tele ahora era real, palpable, como un fuego que empezaba a encenderse en tu vientre.
La tarde voló entre risas y coqueteos. Él te invitó a un restaurante playero al atardecer, con velas y mariscos frescos. El sabor del ceviche explotaba en tu boca, ácido y salado, mientras sus dedos rozaban los tuyos al pasarte la sal. "Eres una chula, ¿sabes? Me tienes loco desde que te vi caminar", murmuró, y tú sentiste el calor subir por tus mejillas. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental que ya no lo era.
Al final de la cena, su mano en tu cintura te guió hasta su suite en el hotel frente al mar. El elevador olía a su perfume, y cuando las puertas se cerraron, él te acorraló contra la pared. Sus labios rozaron tu oreja: "Quiero probar esa pasion que traes guardada, mamacita". Tú gemiste bajito, el pulso latiéndote en las sienes, mientras sus manos grandes recorrían tu espalda, bajando hasta apretar tus nalgas con firmeza. El ding del elevador fue como una promesa.
La habitación era un paraíso: cama king size con sábanas de hilo egipcio, balcón con vista al océano rugiente. La brisa nocturna entraba, trayendo el aroma de jazmín y sal. Sebastian te besó entonces, un beso hambriento, su lengua invadiendo tu boca con sabor a tequila y deseo. Tus manos se enredaron en su cabello oscuro, tirando suave mientras él te quitaba el vestido con urgencia. "Qué rica estás, pinche diosa", gruñó contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible hasta dejarte marcas rosadas.
Te tumbó en la cama, su cuerpo pesado y cálido cubriéndote. Sentías cada músculo suyo contra el tuyo: el pecho duro presionando tus senos, la erección palpitante contra tu muslo. El olor de su sudor fresco te mareaba, mezclado con el almizcle de su excitación. Tus uñas arañaron su espalda mientras él bajaba besos por tu vientre, lamiendo el ombligo hasta llegar a tus bragas empapadas.
Dios mío, esta es la pasion Sebastian Rulli en carne y hueso. Mi concha palpita por él, no aguanto más.
"Estás chorreando, preciosa. Todo por mí", dijo con voz juguetona, quitándote la tela húmeda de un jalón. Su aliento caliente sobre tu clítoris te hizo arquear la espalda. La lengua de Sebastian era mágica: lamidas lentas, círculos precisos que te hacían jadear. El sonido de su succión era obsceno, chapoteante, mientras tus jugos lo empapaban. "¡Ay, cabrón! No pares", suplicaste, las caderas moviéndose solas contra su boca. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos justo en ese punto que te volvía loca, bombeando con ritmo mientras chupaba más fuerte.
El orgasmo te golpeó como una ola, el cuerpo convulsionando, el grito ahogado contra la almohada. Él subió riendo, besándote para que probaras tu propio sabor dulce y salado. "Ahora sí, te voy a llenar", prometió, quitándose el short. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precúm. La tomaste en la mano, sintiendo el calor y el pulso acelerado, masturbándolo lento mientras él gemía. "Qué buena mano tienes, wey... agárrala más fuerte".
Te pusiste encima, guiándolo a tu entrada resbaladiza. Bajaste despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la estirada deliciosa. "¡Chingada madre, qué apretada!", exclamó él, las manos en tus caderas guiándote. Empezaste a cabalgar, los senos rebotando, el slap slap de piel contra piel llenando la habitación. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Sus ojos clavados en los tuyos, esa mirada de galán que te deshacía.
Cambiamos posiciones como en una coreografía perfecta. De lado, él detrás, embistiéndote profundo mientras te pellizcaba los pezones. El olor de sexo impregnaba el aire, espeso y adictivo. "Más duro, Sebastian, dame todo", rogabas, y él obedecía, el catre crujiendo bajo nosotros. Sus bolas chocaban contra tu culo con cada estocada, el placer acumulándose como una tormenta.
Esta pasion Sebastian Rulli es todo lo que soñé y más. Su verga me parte en dos, pero lo amo.
Te volteó boca abajo, levantándote las nalgas para penetrarte desde atrás. La vista del balcón mostraba la luna sobre el mar, pero tú solo sentías su invasión brutal, placentera. Sus manos enredadas en tu pelo, jalando suave mientras te follaba sin piedad. "¡Me vengo, preciosa! ¿Adentro?", jadeó. "¡Sí, lléname!", gritaste, y el calor de su leche explotó dentro, chorro tras chorro, mezclándose con tus jugos.
Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas revueltas. Su brazo alrededor de tu cintura, besos suaves en la nuca. El sonido de las olas era una nana, el aire fresco secando el sudor de nuestra piel. "Qué noche, ¿eh? Eres increíble", murmuró él, y tú sonreíste, el corazón lleno.
Al amanecer, con el sol pintando el cielo de rosa, se despidieron con promesas de más. Tú saliste del hotel con las piernas temblorosas, el cuerpo marcado por su pasion, pero el alma satisfecha. Sebastian Rulli no era solo un sueño de tele; era fuego puro, y yo ardí con él.