Pasión Tigres Desnuda
La noche en Monterrey olía a tequila reposado y a jazmines en flor, ese aroma que se te mete en la piel como un susurro caliente. Yo, Karla, acababa de salir del estadio después del partido de Tigres, con el corazón latiéndome a mil por hora por esa victoria épica. La afición rugía como felinos enjaulados, y yo me sentía igual, con la adrenalina corriéndome por las venas. Llevaba una camiseta ajustada de los Tigres que se pegaba a mis curvas, shorts cortitos que dejaban ver mis piernas bronceadas por el sol regiomontano, y el cabello suelto ondeando como una melena salvaje.
Ahí lo vi, en la terraza del bar improvisado fuera del estadio. Alto, moreno, con ojos amarillos como los de un tigre acechando en la selva. Se llamaba Marco, me dijo después, pero en ese momento solo era él, el wey que me miró de arriba abajo con una sonrisa pícara que me erizó la piel. "
Órale, mamacita, ¿vienes de cazar goles o qué?" me soltó, con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Reí, neta, porque su acento norteño era puro fuego, y le contesté: "
Pos ando cazando algo más chido que un gol, carnal."
Nos quedamos platicando entre shots de tequila y cánticos de la afición. Él era fanático de hueso colorado, con un tatuaje de tigre en el antebrazo que se asomaba bajo la manga de su playera. Cada vez que se reía, mostraba unos dientes blancos y perfectos, y yo sentía un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que iba a pasar. El aire estaba cargado de humo de carnes asadas y sudor fresco, y su colonia, un olor a madera y especias, me envolvía como una red. "Pasión Tigres", murmuró él de repente, señalando su tatuaje. "
Esto es lo que nos corre por la sangre, ¿no?" Yo asentí, mordiéndome el labio, porque ya imaginaba esa pasión desatada en su piel contra la mía.
La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de sus dedos en mi brazo al pasarme la cerveza fría. Mi piel ardía bajo la camiseta, los pezones endureciéndose contra la tela áspera. Él lo notó, el muy pendejo pícaro, y se acercó más, su aliento cálido rozando mi oreja. "
¿Y si nos vamos a un lugar más privado, tigresa? Quiero ver si ruges como en el estadio." Mi pulso se aceleró, el corazón martilleándome en el pecho como un tambor de guerra. Neta, Karla, este wey te va a volver loca, pensé, mientras asentía y lo seguía a su camioneta estacionada cerca.
En el camino a su depa en las Lomas, la ciudad pasaba borrosa por la ventana: luces neón de antros, el rugido lejano de motores, el sabor salado del sudor en mis labios. Él ponía música de regional mexicano, esa que te hace mover las caderas sin querer, y su mano derecha se posó en mi muslo desnudo, subiendo despacio, trazando círculos con el pulgar que me hicieron apretar las piernas. Sentí el calor de su palma a través de los shorts, un toque eléctrico que me humedeció al instante. "
Estás cañona, Karla. Me tienes bien puesto desde que te vi." Sus palabras eran crudas, mexicanas puras, y me encendieron más. Yo respondí deslizando mi mano por su entrepierna, sintiendo su verga dura y gruesa bajo el pantalón. "
Pos yo ya estoy mojadísima por ti, tigre."
Llegamos a su depa, un lugar chido con vista a la Macroplaza, luces tenues y una cama king size que parecía gritar ven a follar. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Sus labios carnosos aplastaron los míos, saboreando a tequila y a deseo puro. Gemí en su boca, el sonido ahogado por su lengua que invadía la mía, explorando cada rincón húmedo. Sus manos grandes me quitaron la camiseta de un jalón, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco del cuarto. "
Chingón, qué ricas", gruñó, lamiendo un pezón rosado mientras pellizcaba el otro. El placer me recorrió como un rayo, arqueando mi espalda, el olor de su sudor mezclado con mi aroma almizclado llenando el espacio.
Lo empujé contra la pared, queriendo dominar un rato. Le bajé el pantalón, liberando esa verga venosa, palpitante, con la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su grosor estirándome los dedos. "
Ora vas a ver pasión tigres de verdad", le dije, arrodillándome. La chupé despacio al principio, saboreando la sal de su piel, el músculo tenso pulsando en mi boca. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo: "
¡Pinche mamacita, qué buena chupas!" Lamí desde la base hasta la punta, metiéndomela hasta la garganta, el sonido obsceno de mi saliva y sus gemidos resonando. Mi coño latía, vacío, rogando atención.
Me levantó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándome la cintura. Me tiró en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Me quitó los shorts y la tanga de un tirón, exponiendo mi monte de Venus depilado, mis labios hinchados y relucientes. "
Mírate, toda mojada por mí", dijo, hundiendo dos dedos en mi calor húmedo. Gemí fuerte, mis caderas elevándose para follar sus dedos. El squelch de mi jugo era música erótica, su pulgar frotando mi clítoris hinchado en círculos perfectos. ¡No pares, cabrón! pensé, mientras mis uñas se clavaban en sus hombros tatuados.
La intensidad subía como una ola. Él se colocó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada, untándose de mis fluidos. "
¿Me la quieres adentro, tigresa?" preguntó, su voz ronca de necesidad. "
Sí, métemela toda, Marco. Fóllame como tigre", rogué. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Gritamos juntos, el placer explosivo. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse, el slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo invadiendo todo.
Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando tacones en su culo firme, urgiéndolo más profundo. Sus embestidas se volvieron feroces, como un tigre en cacería, sudando sobre mí, gotas cayendo en mis tetas. Mordí su cuello, saboreando sal y hombre, mientras él lamía mi oreja, susurrando: "
Eres una chingona en la cama, Karla. Tu coño me aprieta como pinche vicio." El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, el fuego extendiéndose por cada nervio. "
¡Me vengo, cabrón! ¡Más duro!" grité, y exploté, olas de placer sacudiéndome, mi jugo chorreando por sus bolas.
Él no paró, prolongando mi orgasmo con thrusts salvajes hasta que rugió como un felino, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su peso era delicioso, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, el corazón latiendo al unísono.
Después, acostados en la cama revuelta, con las sábanas oliendo a nosotros, fumamos un cigarro compartido –ese vicio post-sexo tan mexicano–. "
Pasión Tigres, ¿eh? Eso fue lo que vivimos", dijo él, trazando mi curva con el dedo. Sonreí, satisfecha, el cuerpo gloweando. Neta, esto fue chingón. Quién sabe si habrá más, pero esta noche rugí como nunca. La ciudad brillaba afuera, pero aquí dentro, el fuego aún ardía bajito, prometiendo tal vez otra ronda.