La Canción Pasión de Cristo
En las calles empedradas de Taxco, durante la Semana Santa, el aire se llenaba de incienso y murmullos devotos. Tú, Ana, una morra de veintiocho años con curvas que volvían locos a los carnales del pueblo, caminabas entre la procesión. El sol del atardecer te acariciaba la piel morena, haciendo que el vestido ligero se pegara a tus chichis y caderas. Olías a jazmín fresco, mezclado con el humo dulzón de las velas. De pronto, desde un altavoz viejo, empezó a sonar la canción Pasión de Cristo, esa pieza que te erizaba la piel cada año. Las voces graves cantaban de sufrimiento y redención, pero en ti despertaba algo más profundo, un calor entre las piernas que no podías ignorar.
Ahí lo viste. Javier, el wey alto y fornido que había regresado del DF después de años. Sus ojos cafés te clavaron como alfileres calientes. Llevaba una camisa blanca abierta, dejando ver el pecho tatuado con un águila mexicana.
"¿Qué onda, Ana? ¿Sigues siendo la reina de estas fiestas?"te dijo con esa sonrisa pícara, su voz ronca compitiendo con la canción. Tú sentiste un cosquilleo en el estómago, neta, como si el santo mismo te estuviera guiñando el ojo.
La multitud los empujaba, pero sus manos se rozaron. Su palma áspera, de tanto trabajar en la mina, te envió chispas hasta el clítoris. ¿Por qué carajos este pendejo me pone así de una? pensaste, mientras la canción seguía: "Pasión de Cristo, sangre y amor eterno". Él se acercó más, su aliento a tequila y menta rozando tu oreja.
"Ven, vamos a un lado, no oigo ni madres con tanto ruido."
Acto primero: la chispa. Se escabulleron por un callejón estrecho, lejos de las cruces y los penitentes. El eco de la canción Pasión de Cristo llegaba amortiguado, como un latido lejano. Se sentaron en unos escalones de piedra fría, sus muslos tocándose. Tú sentías el calor de su cuerpo, el olor a jabón rudo y sudor masculino invadiendo tus sentidos. Hablaron de la infancia, de cómo jugaban en el río, pero tus ojos bajaban a su entrepierna, donde el bulto crecía bajo los jeans ajustados.
"Siempre fuiste la más chida, Ana. Con esas nalgas que me traían loco de morrillo."confesó él, su mano subiendo por tu muslo. No lo detuviste. Al contrario, tu coñito se mojó al instante, palpitando con la melodía que aún sonaba. Le contaste de tus noches solas, tocándote pensando en weyes como él. La tensión crecía, lenta, como el Viernes Santo que se acerca. Sus dedos rozaron el borde de tu panty, y gemiste bajito, el sonido perdido en la procesión.
El beso llegó natural, como si el destino lo hubiera escrito. Sus labios carnosos te devoraron, lengua invadiendo tu boca con sabor a deseo puro. Olías su aroma, sentías la barba raspando tu piel suave. Tus pezones se endurecieron contra la tela, pidiendo atención. Él los pellizcó suave por encima del vestido, y arqueaste la espalda, el corazón latiéndote en la garganta.
Acto segundo: el fuego.
"No aguanto más, carnala. Vámonos a mi casa, está cerca."murmuró Javier, ojos encendidos. Corriste tras él, riendo como pendejas, el vestido volando al viento nocturno. Su casa era una cabaña en la ladera, con vistas a las luces del pueblo. Adentro, velas parpadeaban, oliendo a cera y algo más: su excitación, ese olor almizclado que te volvía loca.
Te quitó el vestido de un jalón, admirando tus tetas grandes y firmes. Sus manos son como las del diablo disfrazado de santo, pensaste, mientras él chupaba un pezón, succionando con hambre. Gemías fuerte ahora, sin procesión que tapara tus sonidos. Bajaste la mano a su verga, dura como piedra bajo el bóxer. La sacaste, admirando las venas pulsantes, el prepucio suave.
"Qué rica verga, Javier. Neta, me la quiero comer entera."
Lo empujaste al catre, montándote a horcajadas. Lamiste la punta, saboreando el pre-semen salado, mientras la canción Pasión de Cristo —que él había puesto en su viejo radio— llenaba la habitación. "Sufrimiento y éxtasis, pasión divina", cantaban, y tú sentías que era por ustedes. Él te jaló el pelo suave, guiándote mientras mamabas, garganta profunda, saliva chorreando. Tus jugos corrían por los muslos, el coñito hinchado rogando.
La escalada fue brutal. Te volteó, poniéndote a cuatro patas. Su lengua exploró tu culo y coño, lamiendo como si fueras el manjar más chido. ¡Ay, wey, qué lengua tan cabrona! gritaste en tu mente, mientras olas de placer te recorrían. Olías tu propia excitación, dulce y fuerte. Él metió dos dedos, curvándolos en tu punto G, y explotaste en un primer orgasmo, chorros mojando las sábanas.
Pero no pararon. Te penetró despacio al principio, su verga gruesa abriéndote centímetro a centímetro. Sentías cada vena rozando tus paredes, el glande golpeando profundo.
"¡Sí, cabrón, así! Fóllame como en la canción, con toda la pasión."le rogabas, uñas clavadas en su espalda. Él embestía fuerte, piel contra piel cacheteando, sudor mezclándose. El cuarto apestaba a sexo crudo, gemidos mezclados con la música sacra que ahora sonaba profana.
Acto tercero: la redención. Cambiaron posiciones, tú encima, cabalgando como amazona. Tus chichis rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. El clímax se acercaba, tensión en cada músculo. Es como la Pasión misma, dolor y placer eterno, pensaste, mientras él te llenaba. Gritaste su nombre, coño contrayéndose en espasmos, ordeñándolo. Él se vino adentro, chorros calientes inundándote, un aullido gutural escapando de su pecho.
Colapsaron juntos, jadeando. Su semen goteaba de ti, cálido y pegajoso. Te besó la frente, suave ahora.
"Neta, Ana, esto fue mejor que cualquier Semana Santa."rió él. Tú sonreíste, el cuerpo plácido, la canción terminando en fade out. Afuera, las campanas tañían, pero adentro reinaba la paz del después. Te acurrucaste en su pecho, oyendo su corazón calmarse, oliendo el amor hecho carne.
Al amanecer, con el sol filtrándose por la ventana, supiste que esto era solo el principio. La canción Pasión de Cristo había despertado algo eterno en ustedes, una pasión mexicana, ardiente y sin fin.