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Pasion Taurina Salvaje

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Pasion Taurina Salvaje

El sol de mediodía en la Plaza México quemaba como un hierro al rojo vivo, y el aire estaba cargado con ese olor terroso de la arena removida, mezclado con el sudor de los hombres y el resuello de las bestias. Yo, Ana, había venido a la corrida con unas amigas, pero desde que vi entrar al torero, todo lo demás se desvaneció. Se llamaba Diego, un chulo moreno de ojos negros como la noche, con el traje de luces ceñido a su cuerpo musculoso, brillando bajo el sol. Cada pase, cada quite, era como un baile mortal, y yo sentía un cosquilleo en el estómago, una pasion taurina que me subía por las piernas hasta el pecho.

¿Qué carajos me pasa? Este wey maneja al toro como si fuera una extensión de su propio cuerpo, fuerte, indomable. Quiero que me mire así, con esa intensidad feroz.

El público rugía, olés que retumbaban en mis oídos, pero yo solo oía el latido de mi corazón acelerado. Cuando mató al toro de un estoque certero, la plaza estalló en aplausos, y él dio la vuelta, dedicando una rosa a una rubia en la primera fila. Sentí un pinchazo de celos, pero luego sus ojos barrieron las gradas y se clavaron en mí. Sonrió, ese gesto torcido y juguetón, y levantó el sombrero. Mi piel se erizó, el calor entre mis muslos se hizo insoportable. Neta, este hombre despertaba algo primitivo en mí.

Después de la corrida, mis amigas quisieron ir a una fonda cercana, pero yo pretexté un dolor de cabeza y me escabullí hacia los corrales. El olor a estiércol y cuero viejo me golpeó, pero también había un aroma masculino, a hombre después de la faena. Lo encontré ahí, quitándose el montero, con la camisa abierta dejando ver el vello oscuro en su pecho. Sudaba todavía, y gotas corrían por su cuello hasta perderse en la piel bronceada.

Órale, güerita, ¿vienes a ver de cerca al toro? —dijo con voz grave, ronca por los gritos de la plaza.

Me acerqué, el corazón martillándome las costillas. —No al toro, al torero. Me encantó tu pasion taurina allá arriba. Parecías uno con la bestia.

Se rio, un sonido profundo que vibró en mi vientre. —La pasion taurina no se queda en la arena, mija. ¿Quieres probarla?

Su mano rozó mi brazo, áspera por el agarre de la muleta, y un escalofrío me recorrió. Asentí, muda, y él me tomó de la cintura, guiándome a una habitación improvisada detrás de los corrales, un cuartito con catres y equipo viejo. La puerta se cerró con un clic, y el mundo se redujo a nosotros dos.

Acto primero de nuestra propia corrida: sus labios capturaron los míos con hambre, saboreando a sal y victoria. Su lengua invadió mi boca, fuerte como un quite por los cuernos, y yo respondí con igual ferocidad, mordiendo su labio inferior. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, un afrodisíaco puro. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con destreza de quien doma fieras. Mi piel expuesta sintió el aire fresco del cuarto, contrastando con el calor de su cuerpo pegado al mío.

—Eres preciosa, Ana —murmuró contra mi cuello, su aliento caliente haciendo que se me arqueara la espalda—. Quiero devorarte entera.

Caímos sobre el catre, el colchón viejo crujiendo bajo nuestro peso. Sus dedos trazaron mi clavícula, bajando hasta mis senos, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Gemí, un sonido gutural que no reconocí como mío, y mis uñas se clavaron en sus hombros anchos. Él se quitó la camisa de un tirón, revelando músculos tallados por años de faena, cicatrices finas como recuerdos de cornadas rozadas.

Esto es una locura, pero qué chingón se siente. Su piel quema contra la mía, como si el sol de la plaza nos siguiera aquí adentro.

La tensión crecía con cada roce. Le desabroché el pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando con esa misma pasion taurina que lo hacía invencible en la arena. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la suavidad de la piel sobre la dureza de acero. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más entre las piernas. Bajé la cabeza, lamiendo la punta salada, saboreando su esencia masculina, mientras él enredaba los dedos en mi cabello, guiándome sin forzar.

—Así, carnal, chúpamela rico —jadeó, su voz entrecortada.

Lo hice, succionando con avidez, oyendo sus gemidos roncos que llenaban el cuarto como olés de la multitud. Pero él no me dejó terminarlo así; me levantó, volteándome boca abajo sobre el catre, y separó mis nalgas con manos firmes. Su lengua encontró mi sexo, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con maestría. El placer era eléctrico, oleadas que me hacían temblar, el olor de mi propia excitación mezclándose con el suyo. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía gritar.

—Estás chorreando, pendeja caliente —dijo juguetón, y yo reí entre jadeos.

—Fóllame ya, Diego, no aguanto más.

El clímax del segundo acto: se colocó detrás de mí, frotando su verga contra mi entrada húmeda. Entró de un solo embiste, llenándome por completo, su grosor estirándome deliciosamente. El dolor placer inicial dio paso a un ritmo salvaje, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras, sudor goteando de su pecho a mi espalda. Cada penetración era un pase de muleta, preciso y profundo, tocando mi alma. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo como si fuera el toro, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

El aire olía a sexo crudo, a pieles restregadas, a deseo desatado. Sus manos me amasaban los senos, pellizcando, mientras su boca mordía mi hombro, dejando marcas rojas. Gemía su nombre, "Diego, sí, más fuerte", y él aceleraba, gruñendo palabras sucias en mi oído: "Te voy a romper el culo de tanto cogerte, putita mía". Era juguetón, consensual, puro fuego mexicano.

Siento su verga hinchándose dentro de mí, lista para estallar. Mi cuerpo es arena, él el toro que me embiste sin piedad, pero qué rico duele este placer.

La intensidad subió como el tercio de muerte: volteó mi cuerpo, poniéndome encima, para que yo mandara. Cabalgué su polla con furia, mis caderas girando, senos rebotando, uñas arañando su pecho. Él me sostenía las nalgas, embistiéndome desde abajo, nuestros jugos chorreando por sus bolas. El orgasmo me golpeó primero, un torbellino que me hizo convulsionar, gritando como en la plaza, mi coño apretándolo como un torniquete. Él se vino segundos después, rugiendo, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro.

Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y semen. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi frente. El cuarto se enfriaba, pero nuestro calor persistía. Afuera, se oían los ecos lejanos de la feria, música de mariachi y risas.

—Eso fue mi mejor faena, Ana —dijo él, trazando círculos en mi vientre—. Tu pasion taurina me domó a mí.

Sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. —Y tú la mía, torero. Pero esto no termina aquí.

Nos vestimos despacio, robándonos besos, prometiendo vernos en la próxima corrida. Salí a la luz del atardecer, piernas temblorosas, el sabor de él en mi boca, el recuerdo de esa pasion taurina salvaje grabado en mi piel. México y sus pasiones, siempre intensas, siempre vivas.

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