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Pasión y Poder Capítulo 137 Fuego en las Venas

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Pasión y Poder Capítulo 137 Fuego en las Venas

Ana María se recargó en el ventanal de su penthouse en Polanco, con la Ciudad de México extendiéndose como un mar de luces titilantes bajo el cielo nocturno. El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume almizclado de su piel después de un día eterno de juntas y negociaciones. Era la dueña de un imperio inmobiliario, una mujer que no se doblegaba ante nadie, pero esa noche, el poder que la consumía no era el de los contratos, sino el de pasión y poder capítulo 137, ese capítulo imaginario de su vida donde todo se desbordaba.

La puerta se abrió con un chasquido suave, y ahí estaba él, Rodrigo, su némesis en los negocios, el cabrón que siempre la desafiaba en las reuniones del consejo. Alto, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que prometían tormentas, vestía un traje negro impecable que se ajustaba a su cuerpo atlético como una segunda piel.

"¿Qué wey, Ana? ¿Pensaste que no vendría?"
dijo con esa voz grave que le erizaba la piel, mientras dejaba su saco en el sofá de cuero italiano.

Ella giró despacio, su vestido rojo ceñido acentuando las curvas que había esculpido con horas en el gym. Neta, este pendejo me pone como nunca, pensó, sintiendo el pulso acelerarse en su cuello. El deseo inicial era como una corriente eléctrica: lo odiaba por robarle tratos, pero lo anhelaba por la forma en que la hacía sentir viva, poderosa. Se acercó, sus tacones repiqueteando en el mármol, y le tendió un vaso de tequila sin hielo. Sus dedos se rozaron, y fue como si el mundo se detuviera. El calor de su piel contra la suya, el leve olor a su colonia con notas de sándalo y tabaco.

Acto uno completo: la tensión colgaba en el aire como humo denso. Hablaron de números, de terrenos en Santa Fe que ambos querían, pero sus miradas se devoraban.

"Tú siempre quieres controlarlo todo, Ana María"
, murmuró él, acercándose tanto que ella sintió su aliento cálido en la oreja.
"Y tú, Rodrigo, siempre me tientas a soltarlo todo"
, respondió ella, su voz ronca, mientras su mano subía por su pecho, desabotonando la camisa con deliberada lentitud. El sonido de los botones saltando, el roce de la tela, el latido compartido que retumbaba en sus pechos.

La besó entonces, un beso feroz que sabía a tequila y venganza dulce. Sus labios carnosos se fundieron, lenguas danzando en un duelo de voluntades. Ana María gimió bajito, órale, qué chingón besas, mientras sus manos exploraban la dureza de sus abdominales, la V que bajaba a su cinturón. Él la levantó en vilo, sus fuertes brazos rodeándola como si fuera ligera como una pluma, y la llevó al sofá. El cuero crujió bajo su peso combinado, fresco contra la fiebre de sus cuerpos.

En el medio acto, la escalada fue un torbellino de emociones y sensaciones. Rodrigo le quitó el vestido con reverencia, exponiendo su lencería de encaje negro que contrastaba con su piel morena.

"Eres una diosa, carnala"
, gruñó, besando el valle entre sus senos, inhalando el aroma salado de su sudor mezclado con jazmín de su perfume. Ana María arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros, dejando marcas rojas que lo excitaban más. Esto es poder de verdad, no los pinches contratos, pensó ella, mientras él bajaba por su vientre, lamiendo la curva de su cadera.

El aire se llenó de jadeos y susurros. Ella lo volteó, montándose a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su panocha a través de la tela.

"Ahora mando yo, wey"
, dijo juguetona, mordiendo su labio inferior hasta sacarle un gemido gutural. Desabrochó su pantalón, liberando su miembro palpitante, grueso y venoso, que saltó ansioso. Lo tomó en su mano, sintiendo el calor pulsante, la suavidad de la piel sobre la rigidez de acero. Lo acarició despacio, torturándolo, mientras él maldecía en voz baja:
"¡Maldita seas, Ana, me vas a matar!"

La intensidad creció como una ola imparable. Él la penetró con un movimiento fluido, llenándola por completo. Ana María gritó de placer, el estiramiento delicioso, el roce interno que tocaba cada nervio. Se movieron en ritmo perfecto, piel contra piel chapoteando, el olor almizclado del sexo impregnando la habitación. Sus caderas chocaban con fuerza, sudor perlando sus cuerpos, resbaloso y salado al lamerlo de su cuello. Siento cada vena, cada pulso, es mío este poder, reflexionaba ella en medio del frenesí, mientras sus pechos rebotaban al compás, pezones duros rozando su pecho velludo.

Internamente, luchaba:

¿Lo amo o lo odio? ¿Es pasión o solo poder?
Pero el cuerpo no mentía. Rodrigo la volteó de nuevo, embistiéndola desde atrás, una mano en su clítoris frotando círculos precisos, la otra enredada en su cabello oscuro. El sonido de sus nalgas contra su pelvis era obsceno, hipnótico, mezclado con sus gemidos: "¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!" El clímax se acercaba, tensión enredándose en su vientre como un resorte a punto de romperse. Él aceleró, gruñendo como animal, su verga hinchándose dentro de ella.

En el final acto, la liberación fue explosiva. Ana María se corrió primero, un orgasmo que la sacudió entera, paredes internas contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando sus muslos. ¡Qué rico, neta se siente como volar! Gritó su nombre, el mundo disolviéndose en estrellas blancas detrás de sus párpados. Rodrigo la siguió segundos después, derramándose profundo con un rugido primal, su semen caliente inundándola, prolongando su éxtasis.

Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en el sofá. El afterglow era puro: el olor a sexo y sudor, el sabor salado en sus labios al besarse perezosamente, el calor residual de sus pieles pegajosas. Rodrigo la acunó, besando su frente húmeda.

"Esto no termina aquí, Ana. Somos pasión y poder, capítulo 137 apenas empieza"
, murmuró, y ella sonrió, sabiendo que era verdad.

Minutos después, se levantaron envueltos en una sábana suave, caminando a la terraza. La brisa nocturna refrescaba sus cuerpos exhaustos, las luces de la ciudad parpadeando como testigos mudos. Ana María apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo una paz profunda. Por primera vez, el poder no duele; alimenta. Bebieron tequila en silencio, saboreando el ahumado en la lengua, el futuro lleno de promesas sensuales. En ese momento, pasión y poder capítulo 137 no era solo un título en su mente; era su realidad, ardiente y eterna.

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