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Familia Peluche La Llama De Pasion

7952 palabras

Familia Peluche La Llama De Pasion

En la amplia sala de la casa P Luche, con sus muebles ostentosos y cortinas de terciopelo rojo que olían a limpio y a jazmín del jardín, Bibi se recostaba en el sofá mullido. La televisión murmuraba bajito, pero ni ella ni Junior le prestaban atención. Los chamacos ya roncaban en sus cuartos, y la noche se sentía como un secreto compartido. Bibi, con su bata de satén rosa ajustada que realzaba sus curvas generosas, observaba a su marido desde el rabillo del ojo. Junior, ese hombre alto y fornido con bigote espeso y ojos pícaros, bebía una chela fría, el sonido del hielo chocando contra el vidrio era como un susurro tentador.

Qué chulo se ve esta noche, pensó Bibi, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Hacía semanas que no se daban chance para estar solos, con el trajín de la familia Peluche y sus locuras diarias. Pero esta noche, la llama de pasion que siempre ardía entre ellos empezaba a avivarse. Junior dejó la botella en la mesita de centro, con ese gesto casual que la volvía loca, y se acercó gateando por el sofá como un tigre juguetón.

—¿Qué pasa, mi reina? —le dijo con voz ronca, su aliento cálido rozándole la oreja, oliendo a cerveza y a hombre puro.

—Nada, Junior, nomás te miro y me dan ganas de comerte entero —respondió ella, riendo bajito, mientras sus dedos jugaban con el borde de la bata.

Él sonrió, esa sonrisa de pendejo encantador que la había conquistado años atrás. Sus manos grandes se posaron en sus muslos, subiendo despacio, la tela sedosa crujiendo bajo el roce. Bibi sintió el pulso acelerarse, el corazón latiéndole en el pecho como tambor de banda sinaloense. El aire se espesaba con el aroma de su colonia barata mezclada con el sudor ligero de la noche calurosa.

Neta, este wey me prende con solo mirarme. ¿Cómo chingados no me canso de él?

Junior la besó entonces, lento al principio, labios carnosos probando los suyos como si fueran miel de maguey. El beso se profundizó, lenguas danzando en un ritmo húmedo y caliente, el sabor salado de su saliva mezclándose con el dulzor de su gloss de fresa. Bibi gimió suave, arqueando la espalda, sus pechos presionándose contra el torso duro de él. Sus uñas se clavaron en su camisa, rasgando botones con impaciencia.

La bata se abrió como pétalos de rosa, revelando su lencería negra de encaje, comprada en el mercado de Tepito para noches como esta. Junior gruñó de aprobación, sus ojos devorándola.

—Estás más rica que un tamal oaxaqueño, Bibi. Ven pa'cá.

La levantó en brazos con facilidad, sus músculos tensándose bajo la piel morena, y la llevó al cuarto matrimonial. El colchón king size los recibió con un hundimiento suave, las sábanas de satén fresco contrastando con el calor de sus cuerpos. Afuera, el viento nocturno mecía las palmeras del jardín, un susurro que acompañaba sus jadeos crecientes.

Junior se quitó la camisa, mostrando ese pecho velludo y abdomen marcado por años de trabajo en el taller. Bibi lo jaló hacia ella, besando su cuello, lamiendo el salado sudor que perlaba su piel. Sus manos bajaron a su pantalón, desabrochando el cinto con dedos temblorosos de anticipación. La verga de él saltó libre, dura y palpitante, venosa como un tronco de mezquite, oliendo a masculinidad cruda.

Ay, Diosito, qué pedazo de verga. Me muero por sentirla adentro, llenándome toda.

Ella se arrodilló en la cama, el piso alfombrado amortiguando sus rodillas, y la tomó en la boca con devoción. La lengua giraba alrededor de la cabeza hinchada, saboreando el precum salado y ligeramente amargo. Junior metió los dedos en su cabello teñido de rubio, gimiendo ronco:

—¡Sí, así, mi amor! Chúpamela rico, como solo tú sabes.

El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con los gruñidos guturales de él y sus propios gemiditos ahogados. Bibi sentía su panocha humedecerse, los jugos calientes empapando sus bragas, el clítoris hinchado pidiendo atención. Se tocó por encima de la tela, círculos lentos que la hacían retorcerse.

Junior la detuvo, jalándola arriba.

—Ahora me toca a mí, güerita. Quiero probar esa concha dulce tuya.

La tumbó de espaldas, arrancándole las bragas con un tirón juguetón. El aire fresco besó su sexo expuesto, lampiño y reluciente de excitación. Él se hundió entre sus piernas, nariz rozando el monte de Venus, inhalando profundo su aroma almizclado, a mujer en celo. La lengua plana lamió desde el perineo hasta el clítoris, chupando con hambre, succionando los labios mayores hinchados.

Bibi gritó bajito, mordiéndose el labio para no despertar a la casa. Sus caderas se alzaban, follándole la boca instintivamente. ¡Qué chingón es este cabrón lamiendo! Me va a hacer venir ya mismo. Los dedos de Junior se colaron adentro, dos gruesos revolvían sus paredes internas, curvándose contra el punto G con maestría. El squelch húmedo de sus jugos era obsceno, delicioso.

—¡Junior, no pares! ¡Me vengo, wey!

El orgasmo la sacudió como terremoto, olas de placer contrayendo su vientre, chorros calientes salpicando la barba de él. Jadeante, sudorosa, lo miró con ojos vidriosos.

Pero la llama de pasion no se apagaba; ardía más fuerte en la Familia Peluche. Junior se posicionó encima, la verga rozando su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola hasta el fondo. Ambos gimieron al unísono, el sonido carnal de carne contra carne iniciando el ritmo.

—Te sientes tan apretada, tan caliente —masculló él, embistiendo más hondo.

Bibi clavó las uñas en su espalda, piernas enroscadas en su cintura, sintiendo cada vena, cada pulso de esa polla que la llenaba perfecta. El sudor les chorreaba, mezclándose en charcos en la sábana. Olía a sexo puro: almizcle, semen, fluidos femeninos. Los golpes de cadera eran rítmicos, piel cacheteando piel, cama crujiendo como quejido de placer.

Es mío, todo mío. En nuestra familia, esta pasion nos une como nada más.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus tetas rebotaban, pezones duros rozando el pecho de él. Junior amasaba sus nalgas carnosas, un dedo juguetón rozando el ano arrugado, enviando chispas extra. Bibi aceleró, moliendo el clítoris contra su pubis, persiguiendo el segundo clímax.

—¡Dame duro, Junior! ¡Fóllame como en nuestros primeros días!

Él la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás con furia animal. La vista de su culo redondo meneándose lo volvía loco. Golpeaba profundo, bolas cacheteando su clítoris, mano enredada en su pelo jalando suave. Bibi gritaba sin freno ahora, perdida en el éxtasis.

—¡Me vengo otra vez! ¡Lléname, cabrón!

El orgasmo la desarmó, vagina contrayéndose como puño alrededor de su verga. Junior rugió, embistiendo final y descargando chorros calientes de semen dentro, pintando sus paredes. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono.

Minutos después, en la penumbra, Bibi acurrucada en su pecho velludo, escuchando su corazón calmarse. El olor a sexo impregnaba todo, un perfume íntimo y satisfactorio. Junior le besó la frente, sudorosa y sonriente.

—Te amo, mi Bibi. En la Familia Peluche, la llama de pasion nunca se apaga.

—Y yo a ti, mi rey. Esto es lo que nos mantiene locos el uno por el otro.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas y promesas mudas, el eco de su unión resonando en la noche mexicana. Mañana sería otro día de risas y enredos familiares, pero esta llama los sostendría siempre.

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