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Abismo de Pasion Capitulo 158 La Caida al Placer Prohibido

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Abismo de Pasion Capitulo 158 La Caida al Placer Prohibido

La noche en Polanco se sentía cargada de promesas, con el aroma de jazmines flotando desde el balcón del departamento. Ana se recargaba en el sillón de piel, las luces tenues del televisor iluminando su piel morena. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas como una caricia, y sus pies descalzos rozaban la alfombra suave. Marco, su hombre desde hace cinco años, estaba a su lado, con una cerveza fría en la mano, su camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho.

Neta, este pinche culebrón siempre me pone caliente, pensó Ana mientras la pantalla mostraba el clímax del abismo de pasion capitulo 158. Los protagonistas, Angélica y Damián, se miraban con ojos de fuego, el sudor brillando en sus cuerpos bajo la lluvia torrencial. "¡Te deseo tanto que duele!", gritaba ella, y él la tomaba con urgencia, sus labios devorándose.

Marco soltó una risa ronca. "Wey, ¿viste cómo la agarra? Como si fuera la última vez". Su mano grande se posó en el muslo de Ana, subiendo despacio, el calor de su palma traspasando la tela. Ella sintió un cosquilleo que le subió por la espalda, el pulso acelerándose como tambores en una fiesta de pueblo.

Chulo, si tú me miraras así... —murmuró Ana, girando el rostro hacia él. Sus ojos cafés se clavaron en los de Marco, oscuros y llenos de hambre. El aire se espesó con el olor a su colonia especiada mezclada con el leve sudor de la noche calurosa.

El beso empezó suave, como un roce de alas de mariposa. Los labios de Marco sabían a cerveza y a menta, cálidos y firmes. Ana suspiró contra su boca, abriéndose para él, sus lenguas danzando en un ritmo lento que prometía tormentas. Sus manos exploraron: ella enredó los dedos en su cabello negro revuelto, tirando un poco para oír su gruñido gutural.

Esto es mejor que cualquier telenovela, caray. Quiero perderme en él, caer en ese abismo de pasión que tanto anhelan en la tele.

Marco la levantó en brazos sin esfuerzo, sus músculos tensos bajo la camisa. La llevó al cuarto, donde la cama king size los esperaba con sábanas de satén negro. La luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando sombras en sus cuerpos. La depositó con cuidado, pero sus ojos ardían como brasas.

—Quítate eso, nena —ordenó con voz ronca, mientras se desabotonaba la camisa. Ana se incorporó de rodillas, el vestido resbalando por sus hombros, revelando sus senos llenos, pezones endurecidos por el fresco y la excitación. El aire olía a su arousal, dulce y almizclado, mezclándose con el perfume de vainilla de su loción.

Él se quitó los jeans, su verga ya dura saltando libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como una promesa. Ana lamió sus labios, el corazón latiéndole en la garganta. Qué chingón está mi carnal, pensó, extendiendo la mano para acariciar su longitud, sintiendo el pulso caliente bajo su palma. Marco jadeó, cerrando los ojos.

—Ven aquí, pendejo —rió ella juguetona, jalándolo a la cama. Se tumbaron, piel contra piel, el calor de sus cuerpos fundiéndose. Sus besos se volvieron fieros, mordiscos en cuellos, chupadas en pechos. Marco lamió un pezón, succionando con fuerza, haciendo que Ana arqueara la espalda y gimiera alto, el sonido rebotando en las paredes.

Manos por todas partes: él amasando sus nalgas redondas, dedos hundiéndose en la carne suave; ella arañando su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Bajó la boca por su abdomen, besando cada músculo, hasta llegar a su entrepierna. El olor de él la mareaba, masculino y adictivo. Tomó su verga en la boca, saboreando la sal de su pre-semen, chupando con hambre, la lengua girando en la cabeza sensible.

¡Ay, cabrona! —gruñó Marco, embistiendo suavemente sus caderas. Sus dedos se enredaron en su melena larga, guiándola sin forzar. Ana lo miró desde abajo, ojos lujuriosos, viendo cómo su rostro se contorsionaba de placer puro.

Pero él no la dejó terminar. La volteó boca abajo, besando su espinazo, bajando hasta sus nalgas. Separó sus piernas, inhalando profundo su esencia húmeda. —Estás chorreando, mi reina —susurró, lamiendo su clítoris hinchado. Ana gritó, las caderas moviéndose solas, el placer como electricidad recorriéndole las venas. Su lengua era mágica, entrando y saliendo de su coño empapado, saboreando sus jugos dulces y salados.

No aguanto más, es como si estuviéramos en ese abismo de pasion capitulo 158, cayendo sin fin.

Marco se posicionó detrás, frotando su verga contra su entrada resbaladiza. —Dime que lo quieres, Ana. —Sí, córrete ya, métemela toda —suplicó ella, empujando hacia atrás. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gemiron al unísono, el sonido crudo y animal.

Empezaron lento, saboreando la unión. Sus embestidas se aceleraron, piel chocando con piel en palmadas húmedas, el colchón crujiendo bajo ellos. Ana se volteó, envolviendo las piernas en su cintura, clavándole las uñas. Él la penetraba profundo, golpeando ese punto que la volvía loca, sus bolas rozando su ano con cada thrust.

El sudor los cubría, gotas cayendo de su frente a sus senos, resbalando como perlas. Olían a sexo puro, a pasión desatada. —Te amo, chula —jadeó él, besándola con fiereza. —Yo más, mi rey, no pares —respondió ella, las paredes de su coño apretándolo como un puño de terciopelo.

El clímax llegó como una ola gigante. Ana se tensó primero, el orgasmo explotando en su vientre, gritando su nombre mientras su cuerpo convulsionaba, jugos empapando las sábanas. Marco la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola de su leche caliente, pulso tras pulso.

Se derrumbaron, exhaustos, respiraciones entrecortadas. Él se quedó dentro de ella un rato, besando su cuello sudoroso, inhalando su aroma post-sexo. Ana acariciaba su espalda, lágrimas de placer en las comisuras de sus ojos.

—Eso fue... épico, como el final de abismo de pasion capitulo 158 —dijo Marco riendo bajito.

—Pero nuestro abismo es real, carnal. Y no tiene fin —susurró ella, besándolo suave.

Se acurrucaron bajo las sábanas revueltas, el corazón latiendo al unísono. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro solo había paz, el eco de su pasión lingering en el aire. Ana sonrió en la oscuridad, sabiendo que cada noche podía ser un nuevo capítulo en su propio abismo de deseo eterno.

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