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Diario de una Pasion Reencuentro

6908 palabras

Diario de una Pasion Reencuentro

Querido diario, hoy es uno de esos días que neta no me esperaba. Me desperté con el sol colándose por las cortinas de mi depa en Polanco, el aroma del café de la esquina subiendo hasta mi balcón. Hacía años que no lo veía, a Alejandro, mi carnal de la uni, el wey que me hacía temblar con solo una mirada. Pero ahí estaba, en la boda de mi prima en las afueras de la CDMX, con ese traje negro que le queda como anillo al dedo, su piel morena brillando bajo las luces de los faroles.

La recepción era en un jardín chido, con mariachis tocando Si Nos Dejan y mesas llenas de tacos al pastor y mole poblano que olían a gloria. Yo iba con un vestido rojo ceñido, el que resalta mis curvas, sintiendo el roce suave de la tela contra mis muslos cada vez que caminaba. Lo vi de lejos, platicando con unos cuates, riendo con esa boca carnosa que recordaba besando cada centímetro de mi cuerpo. Mi corazón dio un brinco, como si el tiempo no hubiera pasado. ¿Y si me acerco? pensé, el pulso acelerándose en mis venas.

Diario de una pasion reencuentro: así lo llamaré a este capítulo de mi vida. Porque neta, el deseo que siento ahora es como un volcán despertando después de años dormido.

Me acerqué fingiendo casualidad, con una chela en la mano. "¡Órale, Ale! ¿Qué onda, wey? ¿Cuánto tiempo?" Le di un abrazo rápido, pero su cuerpo duro contra el mío me hizo jadear bajito. Olía a colonia fresca mezclada con su sudor natural, ese olor que me volvía loca. Sus manos en mi espalda bajaron un poquito más de lo necesario, y sentí sus dedos rozando la curva de mis nalgas. "Ana, mi reina, luces pinche espectacular", murmuró en mi oído, su aliento cálido enviando chispas directo a mi entrepierna.

Platicamos toda la noche, recordando las locuras de la juventud: esas escapadas a Valle de Bravo, donde follábamos hasta el amanecer en la lancha, el agua del lago lamiendo nuestras pieles desnudas. Cada anécdota avivaba el fuego. Sus ojos cafés me devoraban, y yo cruzaba las piernas para calmar el cosquilleo que subía desde mi clítoris. "Sigues siendo la misma chava que me enloquecía", dijo, su voz ronca como un ronroneo. Mi mente volaba: Quiero sentirte dentro de mí otra vez, pendejo, romperme en mil pedazos.

La fiesta avanzaba, el tequila corría como río, y la tensión entre nosotros era palpable, como electricidad estática en el aire húmedo de la noche. Bailamos un son, sus caderas pegadas a las mías, su verga endureciéndose contra mi vientre. Sentí su calor a través de la tela, grueso y listo. "No aguanto más, Ana. Vamos a algún lado", susurró, mordisqueándome el lóbulo de la oreja. Asentí, empapada ya, el jugo resbalando por mis muslos internos.

Acto dos: la escalada. Nos escabullimos hacia las caballerizas del rancho, lejos de las risas y el bullicio. La luna iluminaba el camino de grava que crujía bajo nuestros pies. Entramos a un cuarto de heno, el olor terroso y dulce invadiéndonos, mezclado con nuestro aroma a deseo. Me empujó contra la pared de madera áspera, que raspó suavemente mi espalda a través del vestido. Sus labios cayeron sobre los míos como un hambre ancestral, lenguas enredándose en un beso salado de tequila y saliva.

"Te extrañé tanto, mi amor", gemí mientras sus manos subían por mis muslos, levantando el vestido hasta mi cintura. El aire fresco besó mi piel expuesta, mis bragas de encaje negro ya empapadas. Las deslizó hacia abajo con lentitud tortuosa, sus dedos rozando mi monte de Venus, abriéndose paso entre mis labios hinchados. "Estás chorreando, Ana. Pinche deliciosa", gruñó, metiendo dos dedos dentro de mí. El sonido húmedo de mi coño tragándolos me hizo sonrojar, pero el placer era demoledor: ondas de calor subiendo por mi espina, pezones endurecidos rozando su pecho.

En este diario de una pasion reencuentro, confieso que su toque me deshizo. Cada embestida de sus dedos era una promesa de lo que vendría, mi clítoris palpitando como un corazón desbocado.

Me arrodillé en el heno suave, el pinchazo ligero en mis rodillas avivando la excitación. Saqué su verga del pantalón, gruesa y venosa, latiendo en mi mano. Olía a macho puro, ese almizcle que me hacía salivar. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su prepucio, mientras él enredaba sus dedos en mi cabello. "Sí, chúpamela así, reina. Qué rico", jadeó, sus caderas empujando suavemente. La tragué profunda, sintiendo cómo tocaba mi garganta, las arcadas convirtiéndose en placer cuando sus bolas peludas rozaban mi barbilla.

Me levantó como si no pesara nada, sus brazos fuertes envolviéndome. Me penetró de pie, mis piernas alrededor de su cintura, el vestido hecho un lío en mi cadera. Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo, mi pared vaginal estirándose deliciosamente alrededor de él. "¡Ay, cabrón! Más duro", supliqué, uñas clavándose en su espalda. Cada estocada era un trueno: el slap-slap de piel contra piel, su sudor goteando en mis tetas, el olor de sexo impregnando el aire. Gemí alto, sin importarme si alguien oía, el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico.

Me volteó, poniéndome en cuatro sobre el heno. Su verga volvió a hundirse en mí desde atrás, golpeando mi punto G con precisión quirúrgica. Agarró mis caderas, follándome con ritmo feral, sus bolas azotando mi clítoris. "Ven conmigo, Ana. Córrete en mi verga", ordenó, su voz quebrada. El clímax me golpeó como un rayo: mi coño contrayéndose en espasmos, chorros de jugo salpicando sus muslos, un grito ahogado escapando de mi garganta mientras olas de éxtasis me sacudían entera.

Él se corrió segundos después, gruñendo como bestia, su leche caliente inundándome, resbalando por mis piernas cuando se salió. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, el heno cosquilleando nuestras pieles sensibles. Su corazón latía contra mi pecho, nuestros alientos entrecortados sincronizándose poco a poco.

Acto tres: el afterglow. Nos vestimos entre risas y besos suaves, el vestido arrugado pero mi alma en paz. Caminamos de regreso tomados de la mano, el rancho ahora silencioso salvo por el canto de los grillos. "Esto no termina aquí, ¿verdad?", pregunté, mi voz ronca de placer. "Nunca, mi pasioncita. Somos eternos", respondió, sellándolo con un beso bajo las estrellas.

Fin del diario de una pasion reencuentro por hoy. Pero sé que habrá más páginas, más noches de fuego. Porque el reencuentro no es solo cuerpos chocando, es almas reconectándose en la danza más antigua del mundo.

Ahora en mi cama, con el cuerpo aún zumbando, sonrío. Mañana lo veré otra vez, y el ciclo se repetirá. Qué chido es volver a arder.

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