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Pasión Capítulo 83 Fuego en las Venas (1)

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Pasión Capítulo 83 Fuego en las Venas

La noche en Polanco huele a jazmín y a tequila reposado, ese aroma que se pega a la piel como una promesa. Tú caminas por las calles empedradas del barrio, con el corazón latiendo fuerte bajo el vestido negro ajustado que resalta tus curvas. Hace semanas que no ves a Diego, tu carnal secreto, el wey que te hace perder la cabeza con solo una mirada. Órale, piensas, esta noche va a ser la buena. El mensaje que te mandó esta tarde fue claro: "Hotel Habita, habitación 83. A las 10. No llegues tarde, mi reina". Y aquí estás, puntual como siempre, con las chichis endurecidas por la anticipación y un calorcillo entre las piernas que no te deja en paz.

¿Por qué carajos me pongo así con él? Neta, es como si cada encuentro fuera el capítulo 83 de nuestra pasión, siempre dejando con ganas de más.

Subes en el elevador, el espejo refleja tu rostro sonrojado, los labios pintados de rojo pasión. Suenas el timbre de la puerta y él abre, shirtless, con esos jeans bajos que dejan ver el borde de su boxer. "Ven acá, mamacita", murmura con esa voz ronca que te eriza la piel. Sus brazos te envuelven, fuertes y cálidos, y sientes su erección presionando contra tu vientre. Huele a colonia cara mezclada con sudor fresco, ese olor macho que te moja al instante. Lo besas con hambre, lenguas enredándose, saboreando el tequila en su boca.

Te lleva adentro sin soltar tus nalgas, apretándolas con ganas. La habitación es un paraíso: luces tenues, velas parpadeando, una botella de Don Julio en la mesita y música de fondo, un corrido romántico de Natanael Cano que pone el ambiente chido. "Te extrañé, wey", le dices jadeando, mientras él te quita el vestido de un tirón, dejando tus tetas al aire. Sus manos recorren tu espalda, bajando hasta tus calzones de encaje, que ya están empapados. "Mira nomás cómo estás, toda calenturienta", se ríe bajito, metiendo un dedo por dentro, rozando tu clítoris hinchado. Gimes, arqueándote contra él, el placer eléctrico subiendo por tu espina.

Se arrodilla frente a ti, besando tu ombligo, lamiendo el sudor salado de tu piel. El sonido de su respiración agitada llena la habitación, mezclado con tus suspiros. "Déjame probarte, corazón", dice, y te baja los calzones despacio, inhalando tu aroma almizclado de excitación. Su lengua toca tu coño por primera vez, plana y caliente, lamiendo desde el perineo hasta el capuchón. ¡Qué rico! Piensas, agarrando su cabello negro revuelto. Chupa con maestría, succionando tu jugo dulce, mientras dos dedos entran y salen, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas. Tus piernas tiemblan, el calor sube por tus muslos, y el slap slap de sus dedos contra tu humedad resuena como música prohibida.

Pero no quieres acabar todavía. Lo empujas a la cama king size, con sábanas de seda que se sienten como caricia de amante. Te subes encima, desabrochando sus jeans. Su verga salta libre, gruesa y venosa, palpitando con la punta brillando de precum. "Métetela, pendejo", le ordenas juguetona, y él obedece, guiándola a tu entrada resbaladiza. Deslizas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, llena. Ay, Diosito, el roce de sus paredes contra las tuyas es puro fuego. Empiezas a moverte, cabalgándolo como reina, tus tetas rebotando con cada embestida. Él gime, agarrando tus caderas, "¡Así, mi amor, cógeme duro!". El sudor perla en su pecho moreno, y tú lo lames, salado y adictivo.

Esto es pasión capítulo 83, el clímax que tanto esperábamos. Cada thrust es una página más de nuestro libro sucio.

La tensión crece, tus músculos se aprietan alrededor de su pija, ordeñándola. Cambian posiciones: él te pone a cuatro patas, el espejo frente a la cama muestra tu rostro extasiado, el cachete rojo de nalgada que te da. ¡Pégame más! Le ruegas, y él lo hace, el slap de piel contra piel ecoando. Entra profundo, golpeando tu cervix con cada embestida salvaje. Sientes sus bolas peludas chocando contra tu clítoris, el olor a sexo impregnando el aire, espeso y embriagador. Tus pezones rozan la sábana fría, enviando chispas a tu núcleo. "Me vengo, cariño", anuncias, y el orgasmo te arrasa como ola en Acapulco: contracciones violentas, jugos chorreando por tus muslos, gritando su nombre.

Él no para, prolongando tu placer con thrusts lentos y profundos. Te voltea boca arriba, besándote el cuello, mordisqueando la oreja. "Ahora tú me das el tuyo", jadeas, envolviendo tus piernas alrededor de su cintura. Acelera, su verga hinchándose dentro de ti, las venas pulsando contra tus paredes sensibles. El sonido de vuestros cuerpos chocando es obsceno, húmedo, perfecto. Sientes su clímax acercándose por el temblor de sus muslos, el gruñido gutural. "¡Dámelo todo, Diego!", y él explota, chorros calientes inundando tu coño, mezclándose con tus fluidos. Colapsa sobre ti, pesados y satisfechos, corazones galopando al unísono.

Se quedan así un rato, enredados, el aire cargado de feromonas y risas cansadas. Él te acaricia el cabello, besando tu frente. "Eres lo máximo, mi vida", susurra. Tú sonríes, trazando círculos en su pecho, sintiendo la paz post-orgásmica que te invade como manta tibia. Afuera, la ciudad bulle con cláxones y risas, pero aquí dentro, en esta burbuja de placer, todo es perfecto. Piensas en lo que viene: ¿será este el final o solo el respiro antes del próximo capítulo?

Se levantan despacio, él te envuelve en una bata de felpa suave, sirviéndote un shot de tequila con limón y sal. Lo lames de su cuello, saboreando su piel salada de nuevo. Charlan de tonterías: el tráfico de la Reforma, el próximo partido de las Águilas, pero sus ojos prometen más. "No me sueltes todavía", le dices, y él te jala de nuevo a la cama para un polvo lento, de cucharita, donde sientes cada pulgada de él deslizándose perezoso, prolongando la conexión.

Esta vez es tierno, sus manos explorando cada curva como si fuera la primera vez. Te besa la nuca, susurrando calaveradas al oído: "Tu culo es mío, chula". Ríes, empujando contra él, el placer building suave hasta otro orgasmo compartido, menos explosivo pero más profundo, como raíces entrelazándose. Al final, exhaustos, se duermen abrazados, el amanecer filtrándose por las cortinas, pintando sus cuerpos dorados.

Despiertas con su boca en tu entrepierna otra vez, un despertar húmedo y delicioso. "Buenos días, rey", murmuras, abriendo las piernas. Él devora tu desayuno matutino con hambre renovada, lengua danzando hasta que gritas tu placer al techo. Luego tú lo chupas, arrodillada, saboreando el gusto salado-musgoso de su verga mañanera, tragándote cada gota cuando se corre en tu garganta.

Pasión capítulo 83 termina así: no con un adiós, sino con promesas de infinitos más. Neta, este wey es mi vicio.

Salen del hotel tomados de la mano, el sol calentando sus pieles marcadas por la noche. En la calle, un taquero pasa gritando "¡Tacos al pastor!", y ríen planeando la próxima. La pasión no acaba; solo se recarga, lista para el capítulo 84.

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