Cañaveral de Pasiones Capitulo 53
El sol se ponía sobre el vasto cañaveral de Veracruz, tiñendo las cañas altas de un naranja ardiente que parecía fuego líquido. El aire estaba cargado del dulce aroma a melaza y tierra húmeda, mezclado con el salado del sudor que ya perlaba mi piel. Yo, Ana, caminaba entre las filas verdes, el corazón latiéndome como tambor de son jarocho. Hacía semanas que no veía a Pablo, mi carnal, mi vicio secreto. Cada paso crujía bajo mis sandalias, y el roce de las hojas contra mis brazos desnudos me erizaba la piel, como si el mismo campo me estuviera acariciando, susurrándome promesas de lo que vendría.
¿Y si esta vez es la buena? ¿Y si nos descubren? pensé, mientras el viento jugaba con mi falda ligera, levantándola lo justo para que sintiera la brisa fresca en los muslos. Pablo y yo nos conocíamos desde chavos, pero este fuego entre nosotros había estallado hace un año, en una fiesta de la vendimia. Él, con sus manos callosas de cortador de caña, y yo, maestra en el pueblo cercano, éramos como aceite y fuego. Neta, cada encuentro era un riesgo: su esposa, mi reputación, el chisme del barrio. Pero órale, ¿quién resiste esa pulla en las entrañas?
Llegué al claro que conocíamos bien, ese rincón donde las cañas formaban un muro natural. Allí estaba él, recostado contra un tronco viejo, su camisa abierta dejando ver el pecho moreno y velludo, brillando con sudor. Sus ojos negros me devoraron desde lejos. "Ven, mi reina", murmuró con esa voz ronca que me deshacía. Corrí hacia él, y cuando me abrazó, su cuerpo duro contra el mío fue como chocar con una ola caliente. Olía a hombre de campo: tabaco, tierra y ese almizcle que me volvía loca.
—Te extrañé, pendejo —le dije riendo, mordiéndome el labio mientras mis manos subían por su espalda—. ¿Qué, ya no aguantabas sin tu Ana?
—Neta, mujer. Cada noche sueño con tus curvas. Esto es nuestro cañaveral de pasiones, ¿no? Capítulo 53, donde la pasión explota de una vez.
Su risa grave retumbó en mi pecho, y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un conquistador. Sabía a café y ron barato, un sabor que me hacía gemir bajito. Sus manos grandes me apretaron las nalgas, levantándome contra él. Sentí su verga dura presionando mi vientre, gruesa y lista, y un calor líquido se extendió entre mis piernas. ¡Ay, Dios! Cómo la extraño dentro de mí.
Nos dejamos caer sobre la manta que él había tendido, el suelo blando de hojarasca amortiguando el impacto. El crepúsculo nos envolvía en penumbras púrpuras, y el zumbido de los grillos era la banda sonora de nuestro pecado. Pablo me quitó la blusa con urgencia, sus labios bajando por mi cuello, lamiendo el sudor salado. Mmm, su barba raspaba delicioso, enviando chispas a mi clítoris. Mis pezones se endurecieron al aire libre, y él los capturó con la boca, chupando fuerte, mordisqueando hasta que arqueé la espalda gritando su nombre.
—¡Pablo, sí! Más fuerte, mi amor —jadeé, enredando mis dedos en su pelo negro y revuelto.
Él gruñó, bajando más, besando mi ombligo, mi pubis. Levantó mi falda y separó mis muslos con reverencia. El olor de mi excitación flotaba pesado, dulce como la caña madura. Estoy empapada por ti, cabrón, pensé, mientras su aliento caliente rozaba mi panocha. Su lengua la lamió despacio, desde el ano hasta el clítoris, saboreándome como si fuera el mejor dulce de la feria. Gemí alto, el placer punzante me hacía temblar. Él metió dos dedos gruesos dentro, curvándolos justo ahí, en mi punto G, bombeando rítmicamente mientras succionaba mi botón hinchado.
El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de sus dedos, el chapoteo húmedo, mis jugos corriendo por sus manos. Mi pulso tronaba en los oídos, más fuerte que el viento en las cañas. No pares, no pares. La tensión crecía, una espiral apretada en mi vientre, lista para romperse. Pero él se detuvo, sonriendo pícaro.
—Aún no, mi vida. Quiero sentirte cabalgarme.
Me volteó boca abajo, y yo me arrodillé ansiosa, empinando las nalgas. Sentí sus manos abriéndome, el aire fresco en mi humedad. Luego, la cabeza de su verga presionó mi entrada, gruesa, caliente. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué rica sensación! Llena, poseída. Cuando estuvo todo adentro, hasta las bolas peludas contra mi clítoris, rugí de placer. Él empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiéndola de golpe. El sonido de carne contra carne, húmedo y obsceno, se mezclaba con nuestros jadeos.
—¡Más duro, Pablo! Fóllame como en el capítulo 52, pero mejor —le supliqué, clavando las uñas en la manta.
Aceleró, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Yo me tocaba el clítoris, frotando en círculos, mientras él me llenaba una y otra vez. Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando los pezones, tirando de ellos. La presión en mi interior crecía, oleadas de calor subiendo por mi espina. Voy a venirme, ay. Grité, el orgasmo me partió en dos, contracciones fuertes ordeñando su verga, jugos salpicando sus muslos.
Él no paró, prolongando mi éxtasis con embestidas brutales. Luego, gruñendo como animal, se hundió profundo y se vino dentro, chorros calientes bañando mis paredes. Sí, lléname, mi rey. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, su verga aún palpitando dentro.
Nos quedamos así un rato, respirando agitados, el corazón de él latiendo contra mi espalda. El cielo ahora era un manto de estrellas, y la luna plateaba las cañas danzantes. Pablo se salió despacio, un hilo de semen goteando de mi panocha, cálido en el aire fresco. Me volteó y me besó tierno, limpiando mis lágrimas de placer con el pulgar.
—Eres mi todo, Ana. Este cañaveral de pasiones capitulo 53 fue el mejor. ¿Listos para el 54?
Reí bajito, acurrucándome en su pecho. El aroma a nosotros, a caña y amor prohibido, me envolvía como una cobija. Sí, siempre lista. Sabía que el mañana traería culpas, miradas torcidas en el mercado, pero en ese momento, nada importaba. Éramos libres en nuestro paraíso verde, y el fuego de nuestras pasiones solo crecía.