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Pasiones Ardientes de los Personajes de la Novela Abismo de Pasion

7620 palabras

Pasiones Ardientes de los Personajes de la Novela Abismo de Pasion

La hacienda brillaba bajo la luna llena de La Ermitaña, con sus jardines perfumados de jazmín y bugambilias que flotaban en el aire cálido de la noche mexicana. Elisa caminaba por el pasillo empedrado, su vestido rojo ceñido a las curvas como una segunda piel, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Hacía años que no veía a Damián, pero esa noche, en la fiesta de la familia Altamira, el destino los había cruzado de nuevo. Él estaba allí, alto y moreno, con esa mirada que prometía tormentas de placer y venganza, como los personajes de la novela Abismo de Pasion que tanto los había marcado en su juventud.

¿Sigues siendo el mismo cabrón que me robó el alma? —susurró ella al oído, rozando su oreja con los labios pintados de rojo fuego. El olor a su colonia, mezclado con el tequila de su aliento, la mareó como un trago de mezcal puro.

Damián giró la cabeza, sus ojos oscuros devorándola entera. —Neta, Elisa, tú eres la que me tiene loco desde chavo. Ven, vámonos de aquí antes que Augusto nos vea y arme el pedo.

Se escabulleron hacia las caballerizas, donde el heno fresco crujía bajo sus pies y los caballos relinchaban suaves en la penumbra. El aire estaba cargado de ese aroma terroso, animal, que aceleraba sus pulsos. Ella lo empujó contra la pared de madera, sintiendo la aspereza contra su espalda mientras sus bocas se fundían en un beso hambriento. Sus lenguas danzaban, saboreando el salado de la piel sudada y el dulce del ponche que habían bebido. Las manos de él subieron por sus muslos, levantando la falda con urgencia, y ella jadeó contra su boca.

Esto es como en la novela, pensó Elisa, pero mil veces más caliente, más nuestro. Sus pezones se endurecían bajo el encaje del brasier, rozando el pecho firme de Damián a través de la camisa.

Ya en la habitación privada de la hacienda, con velas parpadeando y lanzando sombras danzantes en las paredes de adobe, la tensión se volvía insoportable. Damián la tumbó en la cama king size, cubierta de sábanas de satén que susurraban contra su piel como caricias prohibidas. —Quítate eso, mi reina —gruñó él, voz ronca como gravel—. Quiero verte toda, como soñé noches enteras.

Elisa se incorporó despacio, desabrochando el vestido botón por botón, dejando que cayera al suelo en un suspiro de tela. Sus senos libres, grandes y firmes, se mecían con cada respiración agitada. Él se lamió los labios, el sonido húmedo haciendo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal. —Órale, qué chingona estás —murmuró, arrodillándose frente a ella. Sus manos grandes, callosas del trabajo en el rancho, subieron por sus pantorrillas, masajeando los músculos tensos, hasta llegar a los muslos internos. El calor de su aliento cerca de su centro la hizo arquearse.

—Tócame ya, pendejo —suplicó ella, voz temblorosa de deseo. Él obedeció, separando sus piernas con gentileza, inhalando profundo el aroma almizclado de su excitación, mezclado con el perfume floral que ella usaba. Su lengua trazó un camino lento desde el tobillo hasta el borde de las bragas de encaje negro, mordisqueando la piel sensible. Elisa gemía bajito, los dedos enredados en su cabello negro revuelto, tirando suave para guiarlo.

Cuando sus labios por fin rozaron el clítoris hinchado a través de la tela, ella soltó un grito ahogado. —¡Sí, ahí, wey! —El placer era eléctrico, oleadas que subían desde el vientre hasta la garganta. Él deslizó las bragas a un lado, exponiéndola al aire fresco, y hundió la lengua en su humedad caliente. Saboreaba su esencia salada y dulce, como miel de maguey, lamiendo con hambre contenida. Sus dedos se unieron al juego, dos de ellos deslizándose adentro, curvándose para tocar ese punto que la hacía convulsionar.

No puedo más, esto es puro fuego, como si fuéramos esos personajes de la novela Abismo de Pasion, pero en carne viva, sudando y follando de verdad.
Pensaba ella, mientras sus caderas se movían al ritmo de su boca experta. El sonido chupante, los jadeos entrecortados y el crujir de la cama llenaban la habitación, un concierto privado de lujuria.

La intensidad subía como la marea en el Pacífico. Damián se quitó la camisa de un tirón, revelando el torso esculpido por años de montar a caballo y labrar la tierra. Pecho ancho, abdomen marcado, vello oscuro que bajaba hasta la cremallera tensa de sus jeans. Elisa lo jaló hacia ella, besando cada centímetro de piel expuesta, mordiendo un pezón hasta hacerlo gemir. —Tu turno, mi amor —dijo, desabrochando su cinturón con dedos ansiosos.

La verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en su mano. Ella la acarició despacio, sintiendo el calor vivo, la suavidad de la piel sobre la dureza de acero. Un hilo de precum brillaba en la punta, y ella lo lamió, saboreando el gusto salado y masculino. —Qué rica la tienes, cabrón —ronroneó, antes de metérsela a la boca hasta donde podía, chupando con succiones profundas. Él gruñó, manos en su cabeza, pero sin forzar, solo guiando con ternura. Los gemidos de él eran música, graves y guturales, vibrando en su garganta.

Se voltearon en un 69 perfecto, cuerpos entrelazados como enredaderas. Ella encima, concha abierta sobre su cara, mientras devoraba su miembro. Lenguas y labios trabajando sin prisa, construyendo el clímax paso a paso. El sudor perlaba sus pieles, mezclándose en charcos calientes donde se tocaban. Olores intensos: sexo puro, piel húmeda, el leve almizcle de sus axilas. Ella sentía su orgasmo acercándose, un nudo apretado en el bajo vientre, mientras él lamía más rápido, dedos frotando su ano con lubricante natural de su propia excitación.

—Me vengo, Damián, ¡no pares! —gritó ella, cuerpo temblando. La liberación la golpeó como un rayo, jugos inundando su boca mientras ondas de placer la recorrían. Él la siguió segundos después, eyaculando en chorros calientes que ella tragó con avidez, gimiendo alrededor de su verga.

Pero no terminaron ahí. La noche pedía más. Él la volteó boca abajo, almohada bajo sus caderas, y se colocó detrás. La punta rozó su entrada resbaladiza, y entraron de un solo empujón lento, profundo. —¡Ay, qué chido! —jadeó ella, sintiendo cómo la llenaba por completo, estirándola deliciosamente. Ritmo pausado al principio, embestidas que rozaban cada nervio interno, sus bolas golpeando suave contra su clítoris.

El clímax final llegó como una avalancha. Damián aceleró, nalgadas juguetonas en su culo redondo, manos apretando sus senos desde atrás. —Córrete conmigo, mi vida —susurró al oído, mordiendo el lóbulo. Ella obedeció, paredes internas contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo mientras él se vaciaba dentro, semen caliente pintando sus profundidades. Gritos mezclados, cuerpos colapsando en un enredo sudoroso.

Después, en el afterglow, yacían abrazados bajo las sábanas revueltas, el aire cargado de su aroma compartido. El pecho de él subía y bajaba contra su mejilla, corazón latiendo en eco al suyo. —Neta, Elisa, esto fue mejor que cualquier abismo de pasión de esa novela —dijo él, besando su frente.

Ella sonrió, trazando círculos en su piel. Los personajes de la novela Abismo de Pasion palidecen al lado de nosotros, pensó, sintiendo una paz profunda, un lazo forjado en fuego. La luna se colaba por la ventana, testigo de su unión eterna, mientras el viento nocturno susurraba promesas de más noches así, llenas de deseo mexicano puro y consentido.

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