Relatos
Inicio Erotismo Pasión por el Cliente Frases Ardientes Pasión por el Cliente Frases Ardientes

Pasión por el Cliente Frases Ardientes

6498 palabras

Pasión por el Cliente Frases Ardientes

Era un viernes por la tarde en Polanco, el sol se colaba por las ventanas altas del departamento modelo que yo manejaba como agente inmobiliaria. Me llamo Ana, tengo treinta y dos años y neta, mi lema en este pinche negocio es pasión por el cliente frases que conquistan. No solo vendo ladrillos y vistas panorámicas, vendo sueños, y hoy mi cliente era Diego, un morro alto, moreno, con ojos que te taladraban el alma y un traje que le quedaba como guante. Llegó puntual, oliendo a colonia cara, esa que huele a madera y aventura.

Órale, Ana, no te pongas nerviosa, es solo otro wey con lana para gastar.
Me dije mientras le abría la puerta. Pero cuando su mano rozó la mía al saludar, sentí un chispazo, como si el aire se cargara de electricidad. “Qué onda, Ana, gracias por recibirme”, dijo con voz grave, esa que vibra en el pecho. Le sonreí, ajustándome la blusa blanca que marcaba mis curvas justito. “Pasen, carnal, este depa está chido pa’ ti”.

Empezamos el tour. La sala con ventanales al skyline de la Ciudad de México, el piso de mármol fresco bajo mis tacones. Él caminaba cerca, demasiado cerca, y yo le soltaba mis frases de pasión por el cliente: “Imagínate despertando aquí, con el sol besando tu piel cada mañana”. Su mirada se clavó en mí, no en la vista. “Suena tentador, Ana. Tú lo haces sonar como un paraíso personal”. Neta, su aliento olía a menta y café, y mi pulso se aceleró. Tocó el respaldo del sofá de cuero, y yo me acerqué, rozando su brazo “accidentamente”. Piel contra piel, cálida, firme. ¿Qué pedo con este calor?

Subimos a la terraza. El viento jugaba con mi falda, levantándola un poquito, y él no quitaba los ojos. “Este lugar es perfecto para noches inolvidables”, le dije, mi voz bajita, cargada. Él se acercó al borde, yo detrás, mi pecho casi tocando su espalda. Olía a él, sudor sutil mezclado con esa colonia. “¿Noches con quién?”, preguntó, volteando lento. Nuestras caras a centímetros. “Con quien despierte esa pasión por el cliente que tanto me gusta avivar”, respondí, mordiéndome el labio. Su mano subió a mi cintura, tentativa. “¿Y si yo despierto algo más?”. El corazón me latía en la garganta, el ruido de la ciudad abajo como un rugido lejano.

Bajamos al dormitorio principal. La cama king size vacía, sábanas de hilo egipcio crujiendo bajo mis dedos cuando la toqué. “Aquí podrías perderte en placeres que ni imaginas”, susurré, girándome hacia él. Diego ya no fingía interés en el inmueble. Me jaló suave por la cadera, su boca rozando mi oreja. “Dime más de esas frases, Ana. Me estás volviendo loco”. Sentí su dureza contra mi muslo, ese bulto prometedor. Mi cuerpo respondió al instante, un calor húmedo entre las piernas.

Esto es consensual, es mutuo, es neta lo que quiero.

Nos besamos ahí, en medio de la habitación. Sus labios carnosos, saboreando a sal y deseo. Lengua explorando, dientes mordisqueando suave. Manos por todos lados: las suyas desabotonando mi blusa, exponiendo mis tetas en encaje negro. “Estás cañona, wey”, gruñó, lamiendo mi cuello, bajando a los pezones que se pusieron duros como piedras. Yo gemí, arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda. Olía a sexo inminente, a feromonas flotando. Le quité la camisa, piel morena, músculos tensos bajo mis palmas. Sudor fresco, salado al probarlo con la lengua.

Caímos en la cama. Él encima, peso delicioso oprimiéndome. Mis manos bajaron a su pantalón, liberando esa verga gruesa, palpitante. “Mamacita, qué rica”, jadeó mientras yo la acariciaba, piel aterciopelada sobre acero. Él metió mano bajo mi falda, dedos hábilmente quitando la tanga, encontrando mi panocha empapada. “Estás chorreando por mí”, dijo, frotando el clítoris en círculos que me hacían ver estrellas. Gemí fuerte, “Sí, Diego, pasión por el cliente total, fóllame con tus frases y tu cuerpo”.

Me abrió las piernas, besando muslos internos, olor a mi excitación llenando el aire. Su lengua llegó al centro, lamiendo lento, saboreando jugos. Chupó mi clítoris, succionando, y yo grité, caderas moviéndose solas. ¡Qué chingón es este wey! Dedos dentro, curvándose justo ahí, el punto que me deshacía. “Más, cabrón, no pares”. Él obedecía, devorándome, hasta que el orgasmo me golpeó como ola, temblores, jugos salpicando su cara. Grité su nombre, el eco rebotando en las paredes vacías.

Ahora yo arriba. Lo empujé, montándolo. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. “¡Ay, wey, qué grande!”, exclamé, cabalgando lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Él agarraba mis nalgas, amasándolas, azotando suave. Sonido de piel chocando, húmedo, rítmico. Sudor nos pegaba, resbaloso. “Muévete, Ana, fóllame duro”, pedía, pellizcando pezones. Aceleré, tetas rebotando, pelo volando. Sus manos en mi clítoris otra vez, y el segundo clímax se armó rápido, apretándolo dentro de mí.

Cambiamos. De lado, él atrás, cucharita ardiente. Entró profundo, embistiendo con fuerza controlada. Cada empujón un plaf jugoso, bolas golpeando mi culo. Mordía mi hombro, gruñendo frases sucias: “Tu panocha es mía, Ana, apriétame”. Yo respondía, “Sí, cliente perfecto, dame todo”. El ritmo subió, salvaje. Olor a sexo puro, almizcle, semen cerca. Sentí su verga hincharse, y explotó, chorros calientes llenándome, gimiendo en mi oído. Yo vine otra vez, contrayéndome alrededor, ordeñándolo.

Quedamos jadeando, enredados en sábanas revueltas. Su semen chorreaba lento de mí, cálido, pegajoso. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. “Neta, esa pasión por el cliente frases tuya funciona de maravilla”, murmuró riendo bajito. Yo tracé círculos en su pecho, escuchando su corazón calmándose. “Y tú eres el cliente que soñaba, Diego. ¿Cerramos el trato?”.

Nos vestimos despacio, risas cómplices. El sol ya bajaba, tiñendo todo de naranja. Bajamos juntos, él firmó el contrato en mi oficina improvisada. Pero en sus ojos, y en los míos, había más que un depa vendido. Caminamos a la calle, su mano en mi espalda baja.

Esto no termina aquí, Ana. Hay más frases por susurrar.
El tráfico zumbaba, pero mi piel aún ardía con su toque. Pasión por el cliente, sí, pero esta vez era pasión total, carnal, eterna.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.