Cuando Es la Pasión de Cristo en Iztapalapa Mi Deseo Explota
El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles de Iztapalapa, pero el aire estaba cargado de algo más que calor: el olor a copal quemándose, mezclado con el sudor de miles de cuerpos apiñados. ¿Cuándo es la Pasión de Cristo en Iztapalapa? me había preguntado mi carnala esa mañana, como si no supiera que cada Semana Santa aquí se arma el desmadre más chingón de la ciudad. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había venido solita, con el corazón latiéndome fuerte bajo la blusa ajustada que me marcaba las curvas. No era devota ni nada, pero neta, esa vibra de penitencia y éxtasis me ponía la piel chinita.
La procesión ya estaba en su apogeo. Jesús cargando la cruz, con esa corona de espinas que lo hacía ver tan sufriente y a la vez tan hombre. La multitud gritaba "¡Perdón, perdón!" y yo me dejaba llevar por el empujón de la gente. De pronto, una mano fuerte me sujetó la cintura para que no me cayera. Volteé y ahí estaba él: Diego, moreno, con ojos negros como la noche y una sonrisa pícara que me derritió al instante.
Órale, qué chulo, pensé. Este wey parece sacado de la procesión, pero en versión pecadora.
—Tranquila, morra —me dijo con voz ronca, su aliento cálido rozándome la oreja—. Aquí se arma el relajo cuando es la Pasión de Cristo en Iztapalapa. ¿Primera vez?
—Nah, vengo seguido —mentí un poco, sintiendo cómo su mano se demoraba en mi cadera—. Pero neta, este año se siente diferente. Todo el mundo sudando, tocándose sin querer... ¿no?
Él rio bajito, y su risa vibró contra mi espalda. El olor a su piel, mezcla de jabón y esfuerzo del día, me invadió las fosas nasales. Sus dedos rozaron mi piel expuesta por la falda corta, y un escalofrío me recorrió la espina. La multitud nos empujaba más cerca, pecho contra espalda, y sentí su dureza presionando contra mis nalgas. Puta madre, pensé, este pendejo ya me tiene mojadita.
Acto uno: el encuentro. Caminamos pegaditos, esquivando a los romanos de utilería y a las marías lloronas. Hablamos de todo y nada: de cómo el barrio se transforma en Jerusalén cada año, de lo chido que era ver a los chavos flagelándose por fe, pero con un guiño en los ojos que decía que nuestra fe era otra. Su mano bajó un poco más, acariciando el borde de mi nalga, y yo no me aparté. Al contrario, arqueé la espalda, invitándolo sin palabras.
—Ven, vamos por un elote —me propuso, jalándome hacia un puesto al lado del camino. El vapor del comal subía caliente, con olor a mayonesa y chile. Mordí el elote que él me dio, el jugo dulce chorreando por mi barbilla, y él lo limpió con el pulgar, metiéndomelo en la boca un segundo. Nuestras miradas se clavaron. El pulso me retumbaba en las sienes, y entre las piernas sentía ese cosquilleo que crecía como la procesión.
La tensión subía con el sol que bajaba. Jesús ya estaba clavado en la cruz, las voces de la gente un rugido sordo. Diego me acorraló contra una barda adornada con veladoras y flores de cempasúchil. Su boca se estrelló contra la mía, labios salados por el sudor, lengua invadiendo con hambre. Sabía a elote y a deseo puro. Mis manos se enredaron en su pelo revuelto, tirando suave, mientras él gemía bajito contra mi cuello.
Esto es pecado, pero qué chingón pecado, me dije. Cuando es la Pasión de Cristo en Iztapalapa, todo se permite.
Acto dos: la escalada. Nos escabullimos de la muchedumbre, caminando por una callejuela más tranquila, iluminada por faroles que parpadeaban como estrellas pecadoras. El ruido de la procesión se oía lejano: tambores, cornetas, lamentos. Él me cargó contra la pared, fresco contra mi espalda ardiente, y sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda. Sentí sus callos rozando mi piel suave, y un jadeo se me escapó.
—Estás rica, Ana —murmuró, mordisqueándome el lóbulo de la oreja—. Neta, desde que te vi, mi verga no para de latir.
—Pues sácatela, wey —le respondí juguetona, mi voz temblorosa de anticipación—. Quiero sentirte ya.
Sus dedos encontraron mi tanga empapada, frotando despacio el clítoris hinchado. El roce era eléctrico, como chispas en mi vientre. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el incienso que flotaba en el aire. Me abrió las piernas con las rodillas, y su boca bajó a mis tetas, liberándolas de la blusa. Chupó un pezón duro como piedra, tirando con los dientes, y yo arqueé el cuerpo, clavándole las uñas en los hombros musculosos.
El mundo se reducía a sensaciones: el latido de su corazón contra el mío, el sudor perlando su pecho velludo que yo lamía con avidez, salado y varonil. Bajó más, arrodillándose en el suelo empedrado. Su lengua se hundió en mí, lamiendo lento, saboreando cada pliegue. ¡Ay, cabrón! Grité bajito, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. Él gruñía de placer, sus manos apretándome las nalgas, abriéndome más. El orgasmo me acechaba, tenso como la cuerda de un arco.
Pero no solté todavía. Lo jalé arriba, desabrochándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo el calor vivo, la gota precúm salada en mi lengua cuando la lamí de la punta. Él jadeó, "¡Chingada madre, qué buena mamada!" y yo la tragué hondo, saboreando su esencia masculina, el olor embriagador de su pubis.
La intensidad crecía. Me volteó de cara a la pared, mi mejilla contra la piedra áspera que raspaba delicioso. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía placero, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El sonido húmedo de carne contra carne se mezclaba con nuestros gemidos ahogados, el eco de la pasión lejana como banda sonora.
—Más fuerte, Diego, ¡cógeme como animal! —le supliqué, mi voz ronca.
Él obedeció, clavándome profundo, una mano en mi pelo tirando mi cabeza atrás, la otra frotándome el botón mientras me taladraba. Sudor chorreaba por nuestros cuerpos, pegajosos, resbalosos. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro, rozando ese punto que me volvía loca. El clímax llegó como avalancha: mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras gritaba su nombre al cielo estrellado.
Acto tres: el alivio. Él se corrió segundos después, caliente, inundándome con chorros espesos que sentí chorrear por mis muslos. Nos quedamos unidos, jadeantes, su frente en mi hombro, besos suaves en mi nuca. El aire nocturno refrescaba nuestra piel febril, trayendo olores de jazmín de algún jardín cercano y el humo distante de las velas.
Nos vestimos despacio, riendo como pendejos, compartiendo un cigarro que él sacó del bolsillo. —Neta, Ana, esto fue lo mejor de la Pasión —dijo, acariciándome la mejilla.
—Cuando es la Pasión de Cristo en Iztapalapa, el verdadero milagro es encontrar a alguien como tú —le contesté, besándolo lento, saboreando el afterglow.
Caminamos de vuelta a la procesión, ya en su fase final, con la Virgen de las Angustias. Pero en mí, la angustia se había convertido en paz carnal, en una pasión que no necesitaba cruz para redimirla. Diego me dio su número garabateado en un papel arrugado, y nos despedimos con una promesa en los ojos. Esa noche, en mi cama, reviví cada toque, cada olor, cada sabor. Iztapalapa no solo recrea la Pasión de Cristo; despierta la nuestra propia, salvaje y eterna.