Novela Duelo de Pasiones Capítulo 1
La noche en Polanco estaba cañona, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos y hace que el cuerpo pida a gritos un poco de alivio. Yo, Ana, acababa de llegar a la terraza del rooftop bar, vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa mexicana lista para conquistar. El aire olía a jazmín mezclado con el humo de cigarros caros y el dulzor del tequila reposado que flotaba desde las mesas. La música salsa retumbaba, haciendo vibrar el piso bajo mis tacones, y las luces neón pintaban todo de rosas y azules eléctricos.
Estaba ahí para desconectar del pinche trabajo en la agencia de publicidad, pero cuando lo vi, supe que la noche iba a ser diferente. Javier, ese wey alto, moreno, con ojos que te desnudan sin tocarte. Lo conocí hace un año en una fiesta parecida, nos besamos como locos en un rincón oscuro, pero luego él desapareció como fantasma. ¿Qué pedo con este carnal? pensé, mientras mi pulso se aceleraba solo de verlo recargado en la barandilla, con una camisa blanca abierta hasta el pecho, mostrando ese vello oscuro que me volvía loca.
Me acerqué con mi copa de margarita en la mano, el hielo tintineando como un aviso de lo que venía. "¿Qué onda, Javier? ¿Ya te olvidaste de mí?" le dije, con voz juguetona, sintiendo cómo el tequila me soltaba la lengua. Él se giró, sonriendo con esa boca carnosa que prometía pecados. "Ana, mamacita, ¿cómo olvidarte? Tú eres de las que se quedan grabadas en la piel". Su voz grave me erizó la nuca, y el olor de su colonia, algo amaderado y masculino, me invadió como una ola.
Esto es el inicio de mi novela duelo de pasiones capítulo 1, pensé, imaginándome escribiendo esto en mi blog secreto de relatos eróticos, donde libero todo lo que no digo en voz alta.
Empezamos a platicar, recordando esa noche pasada, pero el aire entre nosotros crujía de tensión. Bailamos salsa pegados, sus manos en mi cintura, fuertes y seguras, guiándome con movimientos que rozaban mi culo contra su entrepierna dura. Sentía su calor a través de la tela, el bulto creciente que me hacía mojarme sin remedio. "Estás más rica que nunca, Ana", me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo puro. Yo reí, apretándome más contra él. "Y tú sigues siendo un pendejo irresistible, ¿eh?"
La fiesta seguía, pero nosotros ya estábamos en nuestro propio mundo. Sus dedos subían por mi espalda, trazando la cremallera del vestido, y yo notaba cómo mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Quiero que me coma viva, admití en mi mente, mientras el sudor nos perlaba la piel y el ritmo de la música nos mecía como en un ritual prehispánico de pasión.
De repente, me jaló hacia un pasillo lateral, lejos del bullicio. "Ven, no aguanto más", gruñó, y yo lo seguí, mis piernas temblando de anticipación. Entramos a una suite privada del hotel contiguo, que él había reservado "por si las moscas". La puerta se cerró con un clic suave, y el silencio nos envolvió, roto solo por nuestras respiraciones agitadas. La habitación olía a sábanas frescas y a vela de vainilla encendida en la mesita.
Se abalanzó sobre mí, besándome con hambre, su lengua invadiendo mi boca, saboreando el salado de mi labial y el dulce de la margarita. Gemí contra sus labios, mis manos enredándose en su cabello negro, tirando suave para que supiera quién mandaba. "Chíngame con la mirada primero", le dije, rompiendo el beso. Él rio bajo, bajando los labios a mi cuello, mordisqueando la piel sensible, chupando hasta dejar una marca roja que palpitaba como mi clítoris.
Me quitó el vestido de un tirón, dejándome en lencería de encaje negro, mis tetas altas y firmes expuestas al aire fresco. "Qué chula estás, Ana, como una reina azteca", murmuró, mientras sus manos amasaban mis pechos, pellizcando los pezones duros hasta que arqueé la espalda. El placer era eléctrico, bajando directo a mi entrepierna, donde sentía mi panocha hinchada, húmeda, rogando atención. Olía mi propia excitación, ese aroma almizclado que lo volvía loco.
Lo empujé a la cama king size, desabrochando su camisa con dedos ansiosos. Su pecho musculoso brillaba de sudor, y bajé besos por él, lamiendo el salado de su piel, mordiendo un pezón hasta oírlo jadear. "Me late tu sabor, carnal", le dije, mientras mis manos bajaban a su pantalón. Saqué su verga gruesa, venosa, palpitante, ya goteando precum que lamí como néctar. Él gruñó, agarrándome el cabello. "Así, nena, trágatela toda".
Lo chupé despacio al principio, saboreando la piel suave sobre la dureza, mi lengua girando en la cabeza sensible. El sonido húmedo de mi boca llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos. Sentía su pulso en mi lengua, acelerado como el mío, y mis jugos corrían por mis muslos. Me metí dos dedos en la chocha, masturbándome mientras lo mamaba, el placer duplicándose.
No podía parar, el duelo de pasiones ardía en cada roce, cada mirada cargada de fuego. Él me levantó, volteándome contra la pared, y bajó mi tanga. Su lengua atacó mi clítoris desde atrás, lamiendo voraz, chupando mis labios hinchados. "Estás empapada, Ana, qué rico sabes, como miel de maguey". Gemí alto, mis uñas clavándose en la pintura, el orgasmo construyéndose como tormenta en el desierto sonorense. Sus dedos entraron en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas, mientras su nariz rozaba mi ano, enviando chispas por todo mi cuerpo.
Me corrí primero, gritando su nombre, las piernas temblando, jugos chorreando por su barbilla. Él no paró, lamiendo hasta dejarme sensible, rogando por su verga. "Ya, Javier, métemela, no seas memo". Me cargó a la cama, abriéndome las piernas como alas de mariposa. Se puso condón –siempre responsable, el wey– y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, la fullness que me llenaba, su pubis chocando contra mi clítoris.
Empezó a bombear, primero suave, mirándome a los ojos, nuestras respiraciones sincronizadas. "Te quiero toda, Ana, eres mía esta noche". Yo clavaba las uñas en su espalda, arqueándome para tomarlo más hondo. "Y tú mío, cabrón, cógeme duro". Aceleró, la cama crujiendo, piel contra piel en palmadas húmedas, sudor goteando de su frente a mis tetas. Olía a sexo puro, a testosterona y estrógeno mezclados, el aire espeso de nuestros jadeos.
El clímax nos golpeó juntos. Yo apreté mi panocha alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras él rugía, embistiéndome profundo. Olas de placer me barrieron, visión borrosa, cuerpo convulsionando, gritando obscenidades en mexicano puro: "¡Sí, pendejo, así, no pares!". Él se derrumbó sobre mí, palpitando dentro, besándome el sudor del cuello.
Nos quedamos así, enredados, el afterglow envolviéndonos como niebla matutina en el Nevado de Toluca. Su peso era reconfortante, su corazón latiendo contra el mío. "Esto fue el duelo perfecto, Ana", murmuró, acariciando mi cabello. Yo sonreí, besando su hombro. Capítulo 1 completado, pensé, sabiendo que este fuego apenas empezaba.
La pasión nos había consumido, pero dejó brasas listas para más. Salimos de la suite al amanecer, el skyline de CDMX brillando, prometiendo duelos futuros en esta novela duelo de pasiones. Mi piel aún hormigueaba con su toque, mi boca saboreaba su esencia, y en el fondo, anhelaba el próximo capítulo.