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Pasión de Cristo Original

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Pasión de Cristo Original

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón bailaban como promesas calientes sobre la Condesa, Carla se sentía como un volcán a punto de estallar. La noche de viernes olía a tequila reposado y jazmines callejeros, y el ritmo de la salsa en el bar La Habana la hacía mover las caderas sin querer. Llevaba un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas, neta que se veía chida, pero adentro, su cuerpo gritaba por algo más que tragos y pláticas huecas. Hacía meses que no se echaba un revolcón decente, y esa calentura la tenía loca.

Entonces lo vio. Alto, moreno, con cabello largo ondulado hasta los hombros y una barba recortada que le daba un aire de galán bíblico. Se llamaba Cristo, wey, como el mero mero, y estaba recargado en la barra con una cerveza en la mano, sonriendo con ojos que prometían pecado. Carla sintió un cosquilleo en el estómago, como si el aire se hubiera cargado de electricidad.

¿Qué pedo con este pendejo? Parece sacado de un sueño caliente.
Se acercó, fingiendo pedir un cuba libre, y él volteó con una mirada que la desnudó en segundos.

—Órale, mamacita, ¿vienes a salvarme la noche o qué? —dijo él con voz grave, ronca como el trueno de una tormenta veraniega.

Carla rio, sintiendo el calor subirle por el cuello. —Neta que sí, si me convences. ¿Y tú qué, Cristo? ¿Eres el mesías de las fiestas o nomás un wey guapo?

Charlaron de todo: de la pinche vida en la CDMX, de cómo el tráfico te chinga el alma, de sueños locos. Él era carpintero artístico, tallaba cruces y figuras en madera de cedro que olían a bosque húmedo. La tensión crecía con cada roce accidental —su mano en su brazo, el roce de rodillas bajo la mesita—. El sudor perlaba su piel, y Carla olía su colonia amaderada mezclada con el salitre de su deseo. Cuando él propuso ir a su taller cerca de Reforma, ella no lo pensó dos veces. Esto va a estar cabrón, pensó, mientras subían al Uber, sus muslos pegándose en el asiento trasero.

El taller era un loft chulo, con ventanales que daban a las luces de la ciudad, olor a madera fresca y pintura al óleo. Cristo prendió unas velas que iluminaron las paredes cubiertas de arte: figuras retorcidas en éxtasis, cuerpos entrelazados en madera tallada. En el centro, un lienzo grande capturó su atención. Era una reinterpretación salvaje, sensual: un Cristo no sufriente, sino extasiado, con músculos tensos y una mirada de puro fuego, rodeado de figuras femeninas que lo tocaban con devoción erótica.

—Es mi Pasión de Cristo original —explicó él, acercándose por detrás, su aliento caliente en su oreja—. No la de espinas y clavos, wey. La original, la que habla de pasión de verdad, de carne que arde, de entrega total sin dolor, solo placer puro.

Carla sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Sus pezones se endurecieron bajo el vestido, y entre las piernas, un pulso húmedo la traicionaba.

Chingado, este cuate sabe cómo encender a una morra.
Se giró despacio, y sus labios se encontraron en un beso que sabía a tequila y urgencia. Las lenguas danzaron, explorando, mientras sus manos recorrían cuerpos ansiosos. Él le quitó el vestido con delicadeza, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello salado, los hombros suaves, bajando hasta los senos plenos que jadeaban al aire fresco.

—Estás rica, Carla, como un fruto maduro —murmuró él, lamiendo su piel, haciendo que ella arqueara la espalda con un gemido gutural.

La llevó a la cama king size, cubierta de sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda y macho. Se desvistió lento, dejando que ella admirara su torso esculpido, el vello oscuro bajando hasta el bulto impresionante en sus boxers. Carla lo jaló hacia ella, arañando su espalda con uñas pintadas de rojo, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos. Se besaron con hambre, mordiéndose labios, chupando lenguas, mientras manos expertas exploraban. Él metió los dedos entre sus muslos, encontrándola empapada, resbaladiza como miel caliente.

—Estás chorreando, mi reina —dijo, con voz entrecortada, frotando su clítoris hinchado en círculos que la hacían retorcerse—. ¿Quieres que te coma?

Sí, pendejo, hazme tuya —suplicó ella, abriendo las piernas como ofrenda.

Él bajó la cabeza, su barba rozando el interior de sus muslos, enviando ondas de placer eléctrico. Su lengua la invadió, lamiendo pliegues jugosos, chupando el néctar salado con sonidos húmedos que llenaban el cuarto. Carla gritaba, agarrando su cabello, oliendo el aroma almizclado de su propia excitación mezclado con el sudor de él. Esto es el paraíso, no el cielo de los curas, pensó, mientras oleadas de éxtasis la sacudían en un orgasmo que la dejó temblando, pulsos latiendo en cada vena.

Pero no pararon. Cristo se posicionó sobre ella, su verga dura como roble tallado, gruesa y venosa, rozando su entrada. —Dime si quieres, mi amor —preguntó, ojos clavados en los suyos, respetuoso pero ardiendo.

—Métemela ya, Cristo, lléname —rogó ella, envolviendo sus caderas con las piernas.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, llenándola hasta el fondo. El roce era fuego puro: piel contra piel resbalosa, el slap-slap de cuerpos chocando, gemidos roncos mezclados con el zumbido de la ciudad lejana. Él embestía rítmico, profundo, tocando ese punto que la volvía loca, mientras ella clavaba uñas en su culo firme, urgiéndolo más rápido. Sudor goteaba de su pecho al de ella, salado en su lengua cuando lo lamió. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona, senos rebotando, cabello azotando su rostro. Él pellizcaba sus pezones, chupándolos hasta dejarlos rojos e hinchados.

La intensidad crecía, como tormenta en el desierto.

Neta que esta es la pasión de Cristo original, pura entrega, sin cadenas
, pensó Carla, mientras su cuerpo se tensaba de nuevo. Él la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás, una mano en su clítoris, la otra jalando su cabello con permiso implícito. Los sonidos eran obscenos: carne húmeda aplastándose, alientos jadeantes, "¡Sí, cabrón!", "¡Muévete, reina!". El clímax los golpeó juntos: ella convulsionando alrededor de él, ordeñándolo, él gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que se sentían como lava bendita.

Colapsaron enredados, pieles pegajosas brillando bajo la luz de vela, corazones galopando al unísono. El aire olía a sexo crudo, semen y fluidos mezclados con madera. Cristo la besó la frente, suave, mientras ella trazaba círculos en su pecho.

—Esa fue la pasión verdadera, mi Carla —susurró—. La original, sin sufrimiento, solo nosotros.

Ella sonrió, saciada, el cuerpo pesado de placer. Chingón, pensó, esto cambia todo. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero adentro, habían encontrado su propio edén. Y quién sabe, tal vez volverían por más de esa Pasión de Cristo original.

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