Abismo de Pasion Padre
La iglesia de Santa María en el corazón de la colonia Roma olía a incienso quemado y a flores frescas de cempasúchil que adornaban el altar. Cada domingo, me sentaba en la banca de madera pulida, sintiendo el roce áspero contra mis muslos desnudos bajo la falda ligera. El padre Ignacio predicaba con esa voz grave que retumbaba en mi pecho como un tambor lejano, haciendo que mi piel se erizara. Sus ojos oscuros, profundos como pozos sin fondo, se posaban a veces en mí, y juraría que había un brillo prohibido allí, un abismo de pasión padre que me llamaba en silencio.
Yo, Valeria, de veintiocho años, con mi trabajo en la galería de arte del barrio, había dejado atrás las dudas de la fe estricta de mi infancia. Pero algo en él me atrapaba. Su sotana negra ceñida al cuerpo atlético, heredado de sus años como misionero en las sierras, y esa barba recortada que imaginaba raspando mi cuello.
¿Por qué carajos me pongo así con un sacerdote?me preguntaba mientras mis dedos jugueteaban con el rosario que colgaba de mi cuello, sintiendo el metal tibio contra mi escote.
Todo empezó esa tarde de lluvia torrencial. Llegué empapada a la confesión, el agua chorreando por mi blusa blanca que se pegaba a mis curvas como una segunda piel. "Padre Ignacio, bendíceme, que ando perdida en pecados de la carne", le dije con voz temblorosa, arrodillándome en el confesionario. Él carraspeó, su aliento cálido filtrándose por la rejilla. "Dime, hija, ¿qué te atormenta?" Su tono era sereno, pero noté el leve temblor en su respiración.
Le conté todo: sueños donde lo desnudaba, donde su boca devoraba la mía con hambre sacerdotal. "Es un abismo de pasión, padre", susurré, y oí su jadeo ahogado. Silencio. Luego, "Ven a la sacristía después de la misa, Valeria. Hablemos en privado". Mi corazón latió como un carnal en fiesta, el pulso acelerado entre mis piernas.
Acto primero: la tentación se enciende. En la sacristía, el aire estaba cargado de olor a vela derretida y a su colonia amaderada, como cedro de Oaxaca. Él cerró la puerta con llave, el clic resonando como un pecado irrevocable. "Valeria, lo que sientes es humano, pero mi voto..." Sus ojos devoraban mis pechos, endurecidos bajo la blusa húmeda. Me acerqué, rozando su brazo con mis dedos, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. "Padre, no es pecado si el corazón lo pide a gritos".
Lo besé primero, mis labios suaves contra los suyos firmes, saboreando el leve gusto a vino consagrado. Él se resistió un segundo, luego me devoró, sus manos grandes en mi cintura, apretándome contra su erección dura como piedra bajo la sotana. ¡Qué chingón se siente esto! pensé, mientras su lengua exploraba mi boca, húmeda y posesiva. Me levantó sobre la mesa de ropas litúrgicas, el roce de las sedas bordadas contra mi culo me hizo gemir.
Pero se detuvo, jadeante. "No aquí, no así. Mañana, en mi casa parroquial. Consentido, sin culpas". Asentí, mi coño palpitando de anticipación, el aroma de mi excitación mezclándose con el incienso.
El medio acto: la escalada ardiente. Al día siguiente, la casa parroquial era un oasis discreto en la calle empedrada, con jardín de bugambilias rojas goteando perfume dulzón. Entré temblando, vestida con un vestido negro ceñido que acentuaba mis caderas anchas, típicas de las morenas mexicanas como yo. Él me esperaba en el comedor, sin sotana, en camisa blanca arremangada que mostraba antebrazos velludos y fuertes.
"Valeria, esto es un abismo", murmuró, pero sus ojos ardían. Nos sentamos en el sofá de cuero viejo, el crujido bajo nosotros como un susurro pecaminoso. Hablamos primero: de su juventud rebelde en Guadalajara, de cómo el seminario lo domó pero no apagó el fuego. Yo le confesé mis aventuras fallidas, pendejos que no sabían tocar una mujer. "Tú eres diferente, padre. Tu pasión es un abismo de pasión padre que me arrastra".
Sus manos subieron por mis muslos, lentas, explorando la piel suave, oliendo a loción de vainilla. Gemí cuando rozó mi tanga empapada. "Estás tan mojada, cariño", gruñó, su voz ronca como tequila añejo. Me quitó el vestido con reverencia, besando cada centímetro: el cuello, donde mi pulso latía loco; los pezones oscuros que endurecían al aire fresco, su lengua girando alrededor, succionando hasta que grité de placer. Olía a mi sudor mezclado con su aroma masculino, terroso.
Lo desvestí yo, temblando de deseo. Su pecho ancho, pectorales duros con vello negro rizado que lamí, saboreando sal. Bajé, besando su abdomen marcado, hasta su verga gruesa, venosa, palpitante. "¡Qué pinche verga tan rica, padre!", exclamé en mexicano puro, tomándola en mi boca. Él jadeó, enredando dedos en mi cabello largo, guiándome mientras chupaba, lamiendo la punta salada de precum. El sonido húmedo de mi succión llenaba la habitación, su gemido gutural como un rezo pagano.
Pero la tensión crecía: él me levantó, me llevó a la cama con sábanas blancas como su pureza perdida. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi coño depilado. "Déjame adorarte", susurró, y su lengua se hundió, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios vaginales jugosos. Sentí cada roce, el calor líquido de mi excitación en su barbilla, mis caderas moviéndose solas, ¡órale, qué chido! grité, corriéndome en su boca con un espasmo que me dejó temblando, el sabor de mí en sus labios cuando me besó después.
La intensidad psicológica ardía:
Esto es más que sexo, es liberación mutua, pensé mientras lo montaba, su verga estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. Aceleré, el slap-slap de piel contra piel, sudor goteando, olores intensos de sexo crudo. Él empujaba desde abajo, gruñendo "¡Sí, Valeria, fóllame como puta santa!".
Acto final: la liberación explosiva. Cambiamos posiciones, él encima, misionero profundo, sus ojos en los míos, almas conectadas en el abismo de pasión padre. "Te amo en este pecado", jadeó, embistiéndome fuerte, mi coño apretándolo como guante. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago, mis uñas en su espalda, arañando. "¡Córrete conmigo, padre!", supliqué, y explotamos juntos: su semen caliente inundándome, pulsos sincronizados, gritos ahogados en besos. El mundo se disolvió en placer puro, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, yacimos enredados, su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse. El jardín susurraba con brisa nocturna, aroma a jazmín colándose por la ventana. "Esto no acaba aquí, Valeria. Encontraremos nuestro paraíso privado", murmuró, besando mi ombligo. Yo sonreí, empoderada, sabiendo que había despertado al hombre bajo el sacerdote.
Semanas después, en misa, nuestras miradas se cruzan, cargadas de secreto. El abismo de pasión padre nos une, un lazo consensual, ardiente, eterno. Y cada noche, en sueños o realidad, nos perdemos en él de nuevo.