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Imágenes Bonitas de Pasión

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Imágenes Bonitas de Pasión

Tú estás recostada en el sofá de tu departamento en la Condesa, con el ventilador zumbando bajito arriba y el aroma del café recién hecho flotando en el aire. Es una tarde calurosa de viernes, de esas que invitan a la flojera pero también a soñar despierta. Agarras tu teléfono, das scroll en Instagram, y de repente aparece esa cuenta que te encanta: imágenes bonitas de pasión. Fotos artísticas de parejas entrelazadas, pieles brillando bajo luces tenues, labios rozándose con promesas mudas. Cada imagen te acelera el pulso, sientes un cosquilleo entre las piernas que no puedes ignorar.

Órale, neta que estas imágenes bonitas de pasión me prenden como mecha, pienso. ¿Por qué no llamo a Marco? Ese vato siempre sabe cómo hacerme volar.

Marco, tu amigo con derechos, el que conociste en una fiesta en la Roma hace unos meses. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "sé lo que quieres sin que lo pidas". Marcas su número, y al tercer tono contesta con esa voz ronca que te derrite.

Wey, ¿dónde andas? Ven pa'cá, tengo ganas de verte. Trae tequila si quieres.

Ya voy, mi reina. Dame veinte minutos.

Te levantas, te miras en el espejo del baño. Tu pelo suelto cae en ondas oscuras, el shortcito de algodón se pega a tus curvas por el calor, y la blusita holgada deja ver el encaje negro de tu bra. Te echas un poco de perfume, vainilla y jazmín, ese que a él le vuelve loco. El corazón te late fuerte, anticipando el roce de sus manos callosas en tu piel suave.

La puerta suena, y ahí está él, con una botella en la mano y esa camiseta ajustada que marca sus pectorales. Lo jalas adentro, cierras con el pie, y lo besas sin preámbulos. Sus labios saben a menta y cerveza fría, la barba incipiente raspa delicioso contra tu barbilla.

¿Qué te traes, morra? Estás más caliente que el diablo.

Mira esto, le dices, mostrándole el teléfono. Estas imágenes bonitas de pasión me han dejado mojadita. Quiero que hagamos las nuestras.

Él se ríe bajito, ese sonido grave que vibra en tu pecho, y te quita el celular. Lo deja en la mesa, te carga en brazos como si no pesaras nada, y te lleva al cuarto. El colchón king size cruje suave cuando te deja caer, y él se quita la playera de un jalón, revelando el tatuaje de águila en su hombro que tanto te gusta lamer.

Acto dos comienza con lentitud, como buena salsa mexicana. Se sientan en la cama, abren el tequila. El líquido ámbar quema la garganta, calienta el vientre, afloja las inhibiciones. Hablan de tonterías: del tráfico en Insurgentes, de la última pelea de Canelo, pero sus ojos se devoran mutuamente. Sus dedos trazan círculos en tu muslo desnudo, subiendo despacito, rozando el borde del short.

¡No mames, este wey sabe tocarme justo donde duele de gusto!, piensas, mientras el calor sube por tu espinazo.

Tú le respondes pasando la mano por su pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la piel morena. Bajan los shots, el alcohol hace que todo brille más. Lo empujas suave contra las almohadas, te subes a horcajadas sobre él. Tus caderas se mueven en círculos lentos, frotándote contra la dureza que crece en sus jeans. Él gime, agarra tus nalgas con fuerza, amasándolas como masa de tamal.

Quítate eso, chula. Quiero verte toda.

Te desprendes la blusa, el bra cae al suelo. Tus pechos se liberan, pezones duros como piedras por el aire fresco y su mirada hambrienta. Él se incorpora, succiona uno con avidez, la lengua girando en espirales húmedas. Sientes el tirón directo en tu clítoris, un jadeo se te escapa. Baja la mano dentro de tu short, dedos expertos encuentran tu humedad. Desliza uno adentro, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que te hace arquear la espalda.

Estás chorreando, mi amor. Tan rica.

El olor a sexo empieza a llenar el cuarto: almizcle salado, sudor fresco, tequila derramado. Tus uñas se clavan en sus hombros mientras lo montas con la mano, sintiendo las venas pulsantes en su verga dura. La piel aterciopelada sobre acero, el prepucio retrayéndose suave. Lo mamas despacio, saboreando el gusto salado de su esencia, la cabeza hinchada golpeando tu paladar. Él gruñe, enreda los dedos en tu pelo, guiándote sin forzar.

La tensión sube como volcán: besos mordidas lamidas. Te voltea bocabajo, besa tu espalda desde las nalgas hasta la nuca, mordisqueando la piel sensible. Sus manos separan tus muslos, la lengua explora tu sexo abierto, lamiendo lento del ano hasta el clítoris. Gritas bajito, las sábanas se arrugan bajo tus puños. ¡Ay, cabrón, no pares!

Él se pone de rodillas atrás, frota la punta contra tus labios vaginales, untándose de tus jugos. Entras tú primero, empujando contra él, sintiendo cómo te estira delicioso, centímetro a centímetro. Llenándote por completo. Empieza el vaivén, lento al principio, piel chocando con palmadas húmedas. El sonido obsceno del sexo llena el aire, mezclado con gemidos y ¡sí, más duro!

Cambian posiciones: tú arriba, cabalgando como amazona, pechos rebotando, manos en su pecho para impulsarte. Él te agarra las caderas, embiste desde abajo, golpeando profundo. Sudor perla vuestras pieles, gotea entre vuestros cuerpos unidos. El clímax se acerca, tus paredes se contraen alrededor de él, pulsando.

Vente conmigo, Marco. ¡Ya!

El orgasmo explota como pirotecnia en el Zócalo: olas de placer sacudiendo cada músculo, visión borrosa, grito ahogado. Él se corre segundos después, chorros calientes inundándote, gruñendo tu nombre. Colapsan juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados.

Acto final, el afterglow dulce. Se quedan así un rato, el ventilador secando el sudor, el tequila olvidado en la mesa. Él te acaricia el pelo, besa tu frente.

Eso fue mejor que cualquier imagen bonita de pasión, ¿verdad?

Tú sonríes, trazando su tatuaje con el dedo.

Neta, pienso, nada se compara con esto real. Piel con piel, corazón con corazón. Pero esas fotos nos prendieron la mecha perfecta.

Se levantan despacio, duchan juntos bajo el agua tibia que lava el sudor pero no el recuerdo. Jabón de lavanda resbala por curvas y músculos, manos explorando una vez más, pero tiernas ahora. Salen envueltos en toallas, piden tacos por app —de suadero con todo, bien picosos—. Comen en la cama, riendo de chistes sucios, planeando la próxima aventura.

La noche cae sobre la ciudad, luces de autos parpadeando por la ventana. Tú te acurrucas en su pecho, oyendo su corazón volver a ritmo normal. Esas imágenes bonitas de pasión fueron el chispazo, pero lo que armaron juntos es arte puro, pasión mexicana de la buena: caliente, sincera, inolvidable.

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