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Guion de Pasión de Cristo Carnal

5573 palabras

Guion de Pasión de Cristo Carnal

En el corazón de la Roma-Condesa, donde las luces neón parpadean como promesas calientes, ensayábamos en un teatrito chiquito pero padre. Yo, María, actriz de veintiocho tacos, con curvas que volvían locos a los directores, había caído en este proyecto loco: el guion Pasión de Cristo, una versión bien cabrona que mezclaba lo sagrado con lo profano. Nada de sangre y espinas, no mames; aquí la pasión era pura carne, tentación y éxtasis. Alejandro, mi coestrella, el wey que hacía de Cristo, era un morro de treinta, alto, con ojos cafés que te desnudaban y un cuerpo esculpido como si Diosito lo hubiera tallado pa' pecar.

El primer día, el aire del salón olía a madera vieja y café de olla recién hecho. Nos sentamos en sillas plegables, el guion entre las manos, hojas impresas que crujían como piel seca.

"Y la mujer lo miró, y vio su carne expuesta, lista para la redención en éxtasis"
, leí en voz alta, mi voz temblando un poco. Alejandro me clavó la mirada, su aliento cálido rozándome el cuello cuando se acercó. Neta, este carnal me pone la piel chinita, pensé, mientras sentía el calor subiendo por mis muslos. Él sonrió, juguetón: "Órale, María, ¿ya te estás metiendo en el papel o nomás es que mi presencia te enciende?". Reí, pero el deseo ya picaba como chile en la boca.

Los ensayos empezaron suaves. Leíamos las escenas de tentación en el desierto, donde María Magdalena –o sea yo– intentaba seducir al Cristo sufrido. Sus manos rozaban las mías al pasar páginas, dedos ásperos de tanto gym, y yo juraba que olía a su sudor fresco, ese aroma macho que te hace mojar sin querer. ¿Por qué carajos este guion me está volviendo loca? Cada línea era un fuego lento: "Tócame, Señor, que tu cruz sea mi placer". La tensión crecía, el director –un viejo pendejo pero genio– nos mandaba a improvisar. Alejandro se paró, quitándose la camisa pa' la escena del azote simbólico, su pecho moreno brillando bajo las luces. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano.

Al tercer día, el aire se sentía espeso, cargado de algo eléctrico. Estábamos solos en el teatrito; el director había chingado por unos props. "Vamos a probar la escena del huerto", dijo Alejandro, su voz ronca como tequila añejo. Yo era la tentadora, él el resistido. Me acerqué, mi blusa suelta dejando ver el encaje negro de mi bra.

"Déjame lavarte los pies con mi lengua, Cristo mío"
, susurré, arrodillándome. Sus piernas temblaron, y cuando mis labios rozaron su piel, salada y cálida, gimió bajito. Puta madre, esto ya no es ensayo, pensé, pero no paré. Él me levantó, sus manos en mi cintura, fuertes, posesivas. "María, neta que eres fuego puro", murmuró, y me besó. Labios carnosos, lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo crudo.

Nos fuimos al piso, el guion olvidado a un lado, páginas revueltas como nuestras ropas. Sus besos bajaban por mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas a mi entrepierna. Olía a su colonia cítrica mezclada con el almizcle de su excitación, ese olor que te hace arquear la espalda. Quiero que me rompa, wey, rugía mi mente mientras le quitaba los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando contra mi palma. La apreté, sintiendo el pulso acelerado, y él gruñó: "Chíngame con la mano, carnala". La chupé despacio, saboreando la piel suave, el gusto salado de su pre-semen, mi lengua girando en la cabeza hinchada. Él jadeaba, dedos enredados en mi pelo: "¡Órale, qué rica boca!".

La intensidad subía como volcán en erupción. Me volteó bocarriba, rasgando mi falda con urgencia consentida. Sí, así, no pares. Sus dedos exploraron mi concha empapada, resbalosos de mis jugos, frotando el clítoris hinchado hasta que grité. "Estás chorreando, María, pa' mí", dijo, voz entrecortada. Entró en mí de un empujón, llenándome hasta el fondo, su verga caliente estirándome delicioso. El slap-slap de piel contra piel resonaba en el teatrito vacío, mezclado con mis gemidos y sus roncos "¡Ay, wey, qué chida!". Sudor nos cubría, perlas resbalando por su espalda que lamí, salado y adictivo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él me pellizcaba los pezones, duros como piedras, mandándome al borde.

El clímax nos golpeó como tormenta en el desierto. Sentí las contracciones en mi vientre, olas de placer puro, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome. Esto es la redención, carajo, pensé en el pico, mi cuerpo convulsionando. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. El aire olía a sexo crudo, semen y sudor, embriagador. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Ese guion nos salvó, ¿no?", rio él, acariciándome el pelo. Yo asentí, piel aún erizada.

La pasión de Cristo no era de espinas, sino de carne viva
, reflexioné, mientras el afterglow nos envolvía como manta calentita.

Días después, el estreno fue un exitazo. Pero entre bastidores, el verdadero guion se repetía: miradas cargadas, toques robados. Alejandro y yo, ahora carnales de verdad, sabíamos que la pasión no acababa en el telón. Cada noche, en su depa con vista al Ángel, revivíamos escenas, cuerpos enredados, gemidos ahogados por cortinas de gasa. Neta, este Cristo mío me ha convertido en santa del pecado. Y así, entre risas y suspiros, el guion seguía escribiéndose en nuestra piel.

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