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Abismo de Pasion Capitulo 74

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Abismo de Pasion Capitulo 74

La brisa del mar de Cancún entraba por las ventanas abiertas del chalet, trayendo ese olor salado mezclado con el perfume de las buganvillas que trepaban por las paredes blancas. Ana se recargaba en el balcón, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel por la humedad del trópico. Hacía semanas que no veía a Javier, su carnal de toda la vida, el que le hacía vibrar el cuerpo con solo una mirada.

¿Y si esta vez es diferente? ¿Y si el tiempo nos ha cambiado?
pensó, mientras el sol poniente teñía el cielo de rojos intensos.

El sonido de la arena crujiendo bajo unas botas la sacó de su ensimismamiento. Ahí estaba él, alto, moreno, con esa camisa guayabera desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Javier sonrió con esa picardía mexicana que la desarmaba. Órale, nena, dijo acercándose, su voz ronca como el rugido lejano de las olas. La abrazó por la cintura, y Ana sintió el calor de su cuerpo contra el suyo, ese aroma a loción de sándalo y sudor fresco que siempre la ponía loca.

—Te extrañé tanto, pendejo —murmuró ella, mordiéndose el labio, mientras sus manos subían por la espalda de él, sintiendo los músculos tensos bajo la tela.

—Yo más, mi reina. No sabes lo que sufrí sin ti —respondió Javier, besándola el cuello, su aliento caliente haciendo que se le erizaran los vellos.

Entraron a la habitación principal, donde la cama king size con sábanas de hilo egipcio los esperaba. La tensión del reencuentro era palpable, como un elástico a punto de romperse. Ana lo empujó suavemente contra la pared, sus dedos desabotonando la guayabera con prisa. El pecho de Javier era firme, salado al gusto cuando ella lamió una gota de sudor que perlaba su piel. Él gimió bajito, un sonido gutural que reverberó en el cuarto.

Esto es lo que necesitaba, su sabor, su fuerza
, se dijo Ana, mientras Javier le bajaba el vestido por los hombros, exponiendo sus senos redondos, los pezones ya duros como piedras preciosas. Él los tomó en sus manos grandes, masajeándolos con esa delicadeza experta que conocía tan bien. El roce de sus pulgares enviaba chispas directas a su entrepierna, donde ya sentía la humedad creciendo, cálida y pegajosa.

Se besaron con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salvaje. Javier la cargó como si no pesara nada y la depositó en la cama. El colchón se hundió bajo su peso, y el aire se llenó del olor a sexo inminente, ese almizcle que emanaba de sus cuerpos excitados. Ana abrió las piernas, invitándolo, mientras él se quitaba los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como un arma lista.

Estás cañón, Javier —susurró ella, extendiendo la mano para acariciar esa longitud caliente, sintiendo cómo palpitaba bajo su palma. Él gruñó, cerrando los ojos un momento.

Pero no era solo físico; había un abismo de pasión entre ellos, uno que se había profundizado con el tiempo separados. Javier se tendió a su lado, besándola lento ahora, explorando cada centímetro de su boca. Sus manos bajaron por su vientre plano, deteniéndose en el monte de Venus, donde los dedos se colaron entre los pliegues húmedos de su panocha. Ana jadeó, arqueando la cadera contra él. El sonido de sus dedos moviéndose, chapoteando en su jugo, era obsceno y delicioso.

Más, suplicó ella en voz baja, y Javier obedeció, introduciendo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El placer era intenso, un cosquilleo que subía por su espina, haciendo que sus muslos temblaran. Olía a ella misma, a deseo puro, y eso lo volvía loco. La miró a los ojos, esos ojos cafés profundos que lo atrapaban.

—Te amo, Ana. Eres mi todo —dijo él, mientras sus dedos aceleraban, el pulgar frotando su clítoris hinchado. Ella se retorcía, las uñas clavándose en sus hombros, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico.

El primer orgasmo la sacudió como una ola gigante, su cuerpo convulsionando, un grito ahogado escapando de su garganta. Javier no paró, lamiendo su cuello, mordisqueando el lóbulo de su oreja. Cuando ella bajó de las nubes, jadeante, sudorosa, él se posicionó entre sus piernas. La punta de su verga rozó la entrada, untándose en sus fluidos, y Ana sintió esa presión deliciosa.

—Entra ya, cabrón, no me hagas rogar —exigió ella, envolviendo las piernas alrededor de su cintura. Javier empujó lento, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola por completo. El ardor placentero la hizo gemir, sintiendo cada vena, cada pulso de él dentro. Se quedaron quietos un momento, conectados, respirando el mismo aire cargado de feromonas.

Empezaron a moverse, un ritmo pausado al principio, como si quisieran saborear cada embestida. El sonido de piel contra piel, slap slap slap, se mezclaba con sus jadeos y el lejano romper de las olas. Javier la penetraba profundo, tocando su cervix con cada golpe, mientras sus manos amasaban sus nalgas, separándolas para ir más adentro. Ana clavaba las uñas en su espalda, arañándolo, marcándolo como suyo.

Esto es el abismo de pasión, capítulo 74 de nuestra historia, donde nos perdemos el uno en el otro
, pensó ella en medio del éxtasis, mientras él aceleraba, sus caderas chocando con fuerza animal. El sudor les chorreaba, pegando sus cuerpos, y el olor era embriagador: sal, sexo, amor.

Javier la volteó de repente, poniéndola a cuatro patas. Ana se arqueó, ofreciéndose, sintiendo el aire fresco en su coño expuesto. Él entró de nuevo, esta vez más salvaje, agarrando sus caderas con fuerza. Cada embestida era un trueno, haciendo que sus senos rebotaran, que su clítoris palpitara sin tocarlo. Extendió la mano para frotarlo él mismo, y Ana gritó, el placer duplicándose.

¡Sí, así, chingón! —gritó ella, empujando hacia atrás, encontrando su ritmo. Javier gruñía como bestia, su verga hinchándose más, al borde. El cuarto se llenó de sus voces, de gemidos en español mexicano crudo: verga rica, panocha chida, fóllame duro.

El clímax los alcanzó juntos. Ana se vino primero, su coño contrayéndose alrededor de él como un puño caliente, ordeñándolo. Javier rugió, enterrándose hasta el fondo y soltando chorros calientes dentro de ella, llenándola de su leche espesa. Colapsaron en la cama, un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas.

Después, en el afterglow, Javier la abrazó por detrás, su verga aún semidura contra sus nalgas. Besaba su hombro, suave ahora, mientras el sol se ocultaba del todo y las estrellas salpicaban el cielo visible por la ventana. Ana sonrió, satisfecha, el cuerpo pesado de placer.

—Esto fue increíble, mi amor —murmuró él, su mano acariciando su vientre.

Neta, cada vez mejor. Como si fuéramos imparables —respondió ella, girándose para besarlo lento, saboreando el salado de su piel.

Se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas, escuchando el mar susurrar promesas de más noches así. El abismo de pasión no tenía fondo, y ellos estaban dispuestos a caer eternamente, capítulo tras capítulo de su vida compartida.

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