Relatos
Inicio Erotismo El Hijo del Diablo en la Pasion de Cristo El Hijo del Diablo en la Pasion de Cristo

El Hijo del Diablo en la Pasion de Cristo

6753 palabras

El Hijo del Diablo en la Pasion de Cristo

Las calles de Taxco bullían de vida esa noche de Jueves Santo. El aire cargado de incienso y el eco de tambores lejanos te envolvían como un manto pesado. Tú, Lucía, caminabas entre la multitud devota, con tu rebozo negro ajustado al cuerpo y el rosario apretado entre los dedos. Cada año volvías a este ritual, buscando paz en la Pasión de Cristo, pero esta vez algo ardía diferente en tu pecho. El sudor perlaba tu piel morena bajo la luna llena, y el olor a cera de velas derretidas se mezclaba con el aroma terroso de la tierra mojada por la lluvia reciente.

De repente, lo viste. Alto, moreno, con ojos negros como el abismo y un tatuaje de cuernos serpenteando por su cuello. Lo llamaban el hijo del diablo, un apodo que corría como chisme entre las comadres del pueblo. No era actor en la procesión, pero su presencia era magnética, pecaminosa. Se recargaba contra una pared de adobe, fumando un cigarro con esa sonrisa lobuna que te erizó la piel.

¿Por qué carajos me mira así? Neta, Lucía, ni lo peles, estás aquí por Dios, no por un pendejo como ese.
Pero tus ojos no obedecían. Sus músculos se marcaban bajo la camisa negra abierta, y el calor de su mirada te lamía desde los pechos hasta las caderas.

La procesión avanzaba con el Cristo cargado a hombros, y tú te quedaste atrás, hipnotizada. Él se acercó, oliendo a tabaco y a algo salvaje, como mezcal puro. “Órale, mamacita, ¿ya te quemas con tanta vela o qué?”, murmuró con voz ronca, su aliento cálido rozando tu oreja. Te mordiste el labio, el pulso latiéndote en las sienes. “No seas mamón”, respondiste, pero tu voz salió temblorosa, traicionera. Sus dedos rozaron tu brazo, un toque eléctrico que te hizo jadear bajito. El sonido de las matracas y los rezos se desvanecía; solo existía esa fricción, piel contra piel áspera.

Acto primero cerrado, el deseo ya rugía en tus entrañas. Caminaron juntos por un callejón estrecho, lejos del bullicio. “Soy Mateo, pero todos me dicen el hijo del diablo por andar jodiendo las misas”, confesó riendo, su mano grande ahora en tu cintura, apretando con promesa. Tú sentías el calor de su palma traspasando la tela, despertando un hormigueo entre tus muslos. Esto es pecado, pero qué chingón pecado. El olor de su sudor masculino te mareaba, mezclado con el jazmín de tu perfume. Sus labios rozaron tu cuello, un beso fugaz que sabía a sal y tentación. “Dime que pare, corazón”, susurró, pero tus caderas se arquearon hacia él, respondiendo por ti.

En la media noche, el segundo acto se encendía. Llegaron a una posada escondida, con patio empedrado y hamacas colgando bajo las estrellas. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo devoto quedó fuera. Mateo te empujó contra la pared fresca, sus manos explorando tus curvas con urgencia contenida. “Eres fuego puro, Lucía, la Virgen se sonrojaría”, gruñó mientras desataba tu rebozo. Tus pechos se liberaron, pesados y ansiosos, y él los devoró con la boca, lamiendo pezones duros como piedras de obsidiana. Gemiste, el sonido ronco rebotando en las vigas de madera. Su lengua era un demonio danzante, trazando círculos que enviaban descargas directas a tu centro húmedo.

¡Qué rico! Neta, este wey me va a volver loca. ¿Y si alguien nos oye? Que se jodan, esta es mi pasión.
Tus uñas se clavaron en su espalda tatuada, sintiendo los músculos tensos bajo la piel caliente. Bajaste la mano, palpando la dureza impresionante bajo sus jeans. “Qué verga tan chida, cabrón”, balbuceaste, y él rio, un sonido gutural que vibró en tu pecho. Te arrodilló con gentileza, pero sus ojos ardían de hambre. Deslizó tus faldas arriba, exponiendo tus piernas torneadas y la humedad traicionera entre ellas. Su aliento caliente sobre tu panocha te hizo temblar. “Hueles a paraíso prohibido”, dijo antes de hundir la lengua, saboreándote con lamidas lentas, profundas. El placer te golpeó como un rayo, jugos dulces fluyendo mientras tus caderas se mecían contra su cara barbuda. Gemías sin control, el slap de su boca chupando tu clítoris hinchado mezclándose con el croar de ranas lejanas.

La intensidad escalaba. Lo empujaste a la hamaca, montándolo como amazona. Sus manos amasaban tus nalgas redondas, guiándote mientras te empalabas en su verga gruesa, venosa. Entró centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. “¡Ay, Diosito! Estás cañón”, jadeaste, el roce interno enviando chispas por tu espina. Cabalgaste con ritmo frenético, pechos rebotando, sudor chorreando entre vuestros cuerpos pegajosos. Él te chupaba los senos, mordisqueando, mientras sus caderas embestían arriba, golpeando tu spot perfecto. El aire olía a sexo crudo, a leche próxima y a jazmín marchito. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo, y sus huevos peludos chocaban contra tu culo con palmadas húmedas.

El clímax se cernía como tormenta. Cambiaron posiciones: él te puso a cuatro patas sobre la hamaca, penetrándote desde atrás con thrusts salvajes. Cada embestida era un trueno, su pubis azotando tu clítoris, sus manos tirando de tu pelo negro. “Córrete para mí, mi diabla”, ordenó, y obedeciste. El orgasmo te desgarró, un grito ahogado escapando mientras tu cuca convulsionaba, chorros calientes empapando sus bolas. Él rugió, hinchándose dentro, eyaculando chorros espesos que te llenaron hasta rebosar, goteando por tus muslos temblorosos. Colapsaron juntos, pieles pegadas, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

En el afterglow, el tercer acto susurraba cierre. Yacían enredados bajo la luz plateada, el incienso lejano recordándote la procesión abandonada. Mateo te besó la frente, suave ahora, sus dedos trazando patrones en tu vientre plano. “El hijo del diablo encontró su redención en ti, mija”, murmuró con ternura. Tú sonreíste, el cuerpo saciado latiendo con ecos de placer.

No hay culpa aquí, solo vida pura, carnal y bendita. La Pasión de Cristo fue solo el pretexto; esta fue mi pasión verdadera.

Al amanecer, el sol pintaba las montañas de oro. Te vestiste con piernas flojas, pero el alma ligera. Él te acompañó a la calle principal, donde los fieles aún rezaban. Un guiño cómplice, un beso robado que sabía a promesas. Caminaste sola ahora, el rosario suelto en tu mano, pero el fuego en tu interior no se apagaba. El hijo del diablo en la Pasión de Cristo había transformado tu Semana Santa en un festín de los sentidos, y sabías que volverías por más.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.