Quien Canta Pasion
La noche en el bar de la colonia Roma estaba viva, con ese calorcito que se siente en el aire de la Ciudad de México cuando el tequila empieza a correr y las risas se mezclan con el mariachi de fondo. Yo, Ana, acababa de llegar con mis cuates después de un pinche día eterno en la oficina. Llevaba un vestido negro ajustadito que me hacía sentir mamacita, con el escote justo para que los ojos se quedaran pegados. Pedí un paloma bien fría, el limón fresco explotando en mi lengua, y me senté en la barra, observando el movimiento.
De repente, el karaoke se armó. Un güey alto, moreno, con camisa blanca desabotonada hasta el pecho, tomó el micrófono. Su voz grave retumbó: "Quién canta pasión como yo, quién la siente en la piel..." Era una rola vieja, ranchera con twist sensual, y él la cantaba con los ojos cerrados, sudando un poco, el cuello brillando bajo las luces neón.
¿Quién canta pasión así? Me pregunté, sintiendo un cosquilleo en el estómago, como si su voz me estuviera acariciando las piernas.Todos aplaudieron, pero yo no podía quitarle la vista de encima. Se llamaba Marco, me enteré después, cuando bajó y pidió una cerveza.
Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, con esa sonrisa pícara de macho mexicano que sabe lo que provoca. —Órale, güerita, ¿te gustó el show? dijo acercándose, su colonia amaderada invadiendo mi espacio. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo contenido. Le seguí la corriente: —Sí, carnal, pero ¿quién canta pasión de verdad? Tú nomás calientas motores. Reímos, y platicamos de la vida, de cómo él era músico de fin de semana, tocaba en antros chidos de Polanco. El deseo inicial era como una chispa: sus manos grandes rozando mi brazo al gesticular, el calor de su cuerpo tan cerca.
La tensión creció con cada trago. Bailamos salsa en la pista improvisada, su mano en mi cintura firme pero suave, guiándome. Sentía su aliento en mi oreja, caliente, mientras susurraba: —Muévete así, nena, déjame verte. Mi piel erizaba, los pezones endureciéndose bajo el vestido. Quiero más, pensé, presionándome contra él para sentir su dureza creciendo. El ritmo de la música era como nuestros pulsos acelerados, el sudor mezclándose, el sabor salado de su cuello cuando lo besé disimuladamente.
Acto dos: la escalada
Salimos del bar pasadas las dos, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego dentro de mí. Su departamento estaba cerca, en una casa vieja pero chula de la Roma, con balcón y velas ya encendidas por si las moscas. Apenas cerramos la puerta, sus labios encontraron los míos. Beso profundo, hambriento, su lengua explorando mi boca con sabor a tequila y menta.
Esto es lo que necesitaba, un hombre que canta pasión con el cuerpo.
Me quitó el vestido despacio, sus dedos callosos rozando mi piel, enviando ondas de placer desde la nuca hasta los muslos. —Eres preciosa, Ana, déjame adorarte, murmuró mientras besaba mi clavícula, bajando al pecho. Gemí cuando su boca capturó un pezón, succionando suave, la humedad cálida haciendo que arqueara la espalda. Olía a mi propia excitación, ese aroma dulce y almizclado que llena el aire. Sus manos masajeaban mis nalgas, apretando, mientras yo desabotonaba su camisa, sintiendo los músculos duros debajo.
Caímos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio rozando mi espalda desnuda. Él se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, lento, torturándome. ¡No pares, pendejo! pensé, mordiéndome el labio. Su lengua llegó a mi centro, lamiendo con maestría, círculos perfectos alrededor del clítoris hinchado. Saboreaba mis jugos, gruñendo de placer: —Estás tan rica, tan mojada por mí. Mis caderas se movían solas, el sonido de mis jadeos mezclándose con su chupeteo húmedo. El orgasmo se acercaba, tensión en el vientre, pulsos latiendo en mis oídos.
Pero no lo dejé terminar ahí. Lo empujé sobre la cama, montándome encima. Su verga erecta, gruesa y venosa, palpitaba contra mi mano. La acaricie despacio, sintiendo la piel suave sobre el acero duro, el precum salado en mi lengua cuando la probé. —Ahora yo canto pasión, le dije, guiándolo dentro de mí. Lentamente, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, lleno. Gemimos juntos al unísono, mi interior apretándolo como guante.
Cabalgaba con ritmo, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiando. Sudor perlando su pecho, yo lamiéndolo, salado y adictivo. Esto es puro fuego, pensé mientras aceleraba, el slap-slap de piel contra piel resonando. Él se incorporó, succionando mi cuello, mordisqueando suave. —Más fuerte, Ana, rómpeme. La intensidad subía, mis uñas en su espalda, su aliento entrecortado en mi oído. Internamente luchaba:
¿Solo una noche o más? No pienses, siente.
Cambié de posición, él encima ahora, embistiendo profundo, el ángulo perfecto rozando mi punto G. Cada thrust era un estallido: el olor a sexo impregnando la habitación, el crujir de la cama, mis piernas envolviéndolo. —Ven conmigo, Marco, canta pasión adentro. Sus ojos clavados en los míos, pasión pura, aceleró hasta que explotamos. Mi orgasmo me sacudió, paredes contrayéndose alrededor de él, chorros de placer. Él gruñó, llenándome caliente, pulsos interminables.
Acto tres: el afterglow
Quedamos jadeantes, enredados, su peso cómodo sobre mí. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire olía a nosotros, a clímax compartido. Qué chingón, pensé, acariciando su cabello revuelto. Marco rodó a un lado, atrayéndome a su pecho, corazón latiendo fuerte aún.
—¿Quién canta pasión mejor que tú? —le pregunté riendo bajito. Él sonrió, besando mi frente: —Nosotros juntos, güerita. Esto no acaba aquí. Platicamos en susurros, de sueños, de rancheras que nos gustan, de volver a vernos. El amanecer filtraba luz rosada por la ventana, tiñendo su piel de oro. Me sentía empoderada, deseada, completa.
Nos duchamos juntos después, agua caliente cascando sobre cuerpos sensibles, jabón espumoso en manos curiosas. Sus dedos entre mis piernas, lavando tierno, provocándome risas. Salimos envueltos en toallas, café negro humeante en la cocina, el aroma tostado mezclándose con el de nuestros cuerpos limpios.
Al despedirnos en la puerta, con el sol ya alto, su beso fue promesa.
Quién canta pasión ha encontrado su voz en mí, y yo en él.Caminé a casa con las piernas flojas, sonrisa tonta, sabiendo que esa noche había sido el inicio de algo ardiente. En México, la pasión se canta así: con el alma, el cuerpo y el corazón abierto.