Pasion Prohibida Capitulo 75 Parte 2 El Susurro Ardiente
El aire de la noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y jazmín salvaje, ese perfume que se pegaba a la piel como una promesa pecaminosa. Yo, Sofia, estaba recostada en la cama king size de esa suite en el hotel de lujo, con las sábanas de algodón egipcio rozándome las piernas desnudas. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de quinceañera, neta que no podía creer que estuviera aquí otra vez. Javier y yo sabíamos que esto era puro fuego prohibido, pero ¿quién chingados podía resistirse? Mi carnala, su hermana, no tenía idea, y eso nos hacía sentir como ladrones en la noche, robando momentos que valían más que oro.
Me acomodé el baby doll negro de encaje que me ceñía como segunda piel, sintiendo cómo el roce del tejido me erizaba los vellos. Afuera, las olas del Pacífico chocaban contra la playa con un rugido constante, como si el mar mismo aplaudiera nuestra travesura. Miré el reloj: las once en punto. Él había dicho que llegaría puntual, como siempre.
Esto es Pasion Prohibida Capitulo 75 Parte 2, pensé, como si estuviera escribiendo mi propio diario erótico, el que nadie más leería nunca.Recordé el capítulo anterior, cuando nos escapamos a las dunas y él me hizo gritar su nombre hasta quedarme ronca. Hoy prometía ser peor... o mejor.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba Javier, alto, moreno, con esa camisa guayabera blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver el tatuaje de águila que le cubría el pectoral. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se le dibujó en la cara. Órale, wey, qué guapo se veía con el bronceado de la playa pegado a su piel. Cerró la puerta y se acercó, el olor de su colonia mezclada con sudor fresco invadiéndome como una droga.
—Ya no aguantaba más, Sofi —dijo con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina—. Tu carnala está en casa viendo su novela, y yo aquí, pensando en cómo te voy a comer entera.
Me incorporé de rodillas en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso. Nuestras miradas se engancharon, y sentí ese cosquilleo en el estómago, como mariposas locas volando a mil. Él se quitó la camisa de un jalón, revelando su torso marcado por horas en el gym de la colonia. Me estiré hacia él, mis dedos rozando su abdomen duro, sintiendo los músculos contraerse bajo mi tacto. Era como tocar mármol caliente, suave pero firme.
—Ven, pendejo —le susurré, jalándolo por la cintura del pantalón—. Hazme tuya antes de que me arda de ganas.
Acto primero de nuestra noche: los besos. Javier se lanzó sobre mí, su boca capturando la mía con hambre de lobo. Sus labios eran gruesos, jugosos, saboreando a tequila reposado y menta. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, bailando con la mía en un tango húmedo y salvaje. Sus manos grandes me recorrían la espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza que dolía rico. Olía a mar y a hombre, ese aroma almizclado que me hacía mojarme al instante.
Nos revolcamos en la cama, riendo entre besos porque tropezamos con las almohadas. Su barba incipiente raspaba mi cuello, enviando chispas de placer por mi espina. Mordisqueó mi oreja, susurrando guarradas en mexicano puro: —Neta que tu panocha me vuelve loco, Sofi. Quiero lamerte hasta que grites. Mi cuerpo respondía solo, pezones endureciéndose contra el encaje, un calor líquido acumulándose entre mis muslos.
Pero no era solo físico; en mi cabeza bullían los pensamientos. ¿Y si nos cachan? ¿Y si mi hermana se entera? Ese riesgo nos prendía más, como gasolina en fogata. Javier era todo lo que mi vida de ama de casa necesitaba: pasión cruda, sin ataduras de rutina. Lo empujé contra el colchón, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través del pantalón, gruesa y palpitante. La froté despacio, oyendo su gruñido gutural que vibraba en mi pecho.
Le desabroché el cinturón con dientes, el sonido metálico del metal uniéndose al vaivén de las olas. Su pantalón cayó, y ahí estaba, su miembro erecto, venoso, con la cabeza brillando de presemen. Lo tomé en mi mano, piel sedosa sobre acero, y lo apreté suave. Javier jadeó, sus caderas elevándose. Qué chingón se siente tenerlo así, a mi merced, pensé, mientras lo masturbaba lento, viendo cómo sus ojos se nublaban de placer.
La tensión subía como olla exprés. Le bajé el baby doll, exponiendo mis tetas llenas. Él se incorporó y las devoró, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer era eléctrico, rayos bajando directo a mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, arqueándome, el olor de mi propia excitación llenando la habitación, dulce y salado como el mar.
En el medio de nuestra sinfonía, paramos un segundo para mirarnos. Sudor perlando su frente, labios hinchados. —Te quiero tanto, aunque sea prohibido —confesó él, voz temblorosa. Asentí, lágrimas de emoción pinchándome los ojos. No era solo sexo; era conexión, almas chocando en secreto. Lo besé profundo, probando el sal de su piel, mientras mis manos bajaban a su culo prieto, clavándole las uñas.
Escalada total: lo empujé de espaldas y me quité el tanga empapado, tirándolo al piso. Me posicioné sobre su cara, bajando despacio. Su lengua encontró mi centro al instante, lamiendo con avidez, sorbiendo mis jugos como si fueran el mejor mezcal. ¡Ay, cabrón! Grité, mis muslos temblando alrededor de su cabeza. El sonido húmedo de su boca chupándome, mis gemidos roncos, las olas rompiendo... todo se mezclaba en éxtasis sensorial. Él metía la lengua profundo, rozando mi punto G, mientras sus dedos abrían mis labios, exponiéndome al aire fresco.
Me vine primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, chorros calientes mojando su barbilla. Javier lamía todo, gruñendo de gusto. Qué rico sabe tu coñito, dulce como tamarindo, murmuró. Yo, jadeante, bajé por su cuerpo, besando cada centímetro: pecho, abdomen, hasta su verga. La tragué entera, sintiendo cómo llenaba mi garganta, el sabor salado-musgoso explotando en mi lengua. Lo chupé con hambre, succionando la cabeza mientras mi mano lo ordeñaba. Sus caderas se clavaban en mi boca, follándome la cara con cuidado, pero intenso.
La intensidad psicológica rompía barreras. Pensaba en cómo mi hermana lo veía como el yerno perfecto, ajena a que yo era su adicción secreta. Eso nos unía más, un lazo de complicidad ardiente. Lo monté entonces, guiando su verga a mi entrada resbalosa. Entró de un solo empujón, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. ¡Qué grueso, wey! Me parte en dos. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, uñas en su pecho. Él me sujetaba las caderas, embistiéndome desde abajo con fuerza brutal pero consentida, cada choque de piel contra piel sonando como palmadas en carne viva.
Sus manos subieron a mi clítoris, frotándolo en círculos mientras yo rebotaba. El placer se acumulaba, una ola gigante formándose. Olía a sexo puro: sudor, fluidos, colonia derramada. Gemidos se volvían gritos: —¡Más duro, Javier! ¡Cógeme como puta! Él obedecía, volteándome a cuatro patas, clavándomela por detrás. Su vientre chocaba mi culo, bolas golpeando mi clítoris. Me jalaba el pelo suave, azotándome las nalgas con palmadas que ardían placenteras.
El clímax nos golpeó juntos. Sentí su verga hincharse, pulsando, mientras yo contraía alrededor, ordeñándolo. Calor líquido inundándome, mi segundo orgasmo explotando en estrellas. Grité su nombre, cuerpo convulsionando, mientras él rugía el mío, derramándose profundo.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, corazón galopando al unísono con el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El mar susurraba afuera, testigo mudo. —Esto no termina aquí, Sofi —dijo, acariciándome el cabello—. Nuestra pasión prohibida sigue.
Me acurruqué, saboreando el afterglow: músculos laxos, piel pegajosa, sabor a nosotros en mi boca. En mi mente, cerraba el capítulo con una sonrisa. Capitulo 75 Parte 2 completado. ¿Qué vendrá en el 76? El riesgo valía cada segundo de éxtasis. Javier era mi secreto, mi fuego eterno.