Abismo de Pasión Capítulo 150
El sol se hundía en el horizonte de Puerto Vallarta como una bola de fuego ardiente, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en las olas del Pacífico. La villa era un paraíso privado, con su terraza infinita que besaba el mar, el aire cargado del salitre fresco y el aroma sutil de jazmines que trepaban por las paredes blancas. Habías llegado esa tarde después de semanas de ausencia, tu trabajo en la ciudad te había mantenido lejos de ella, de Daniela, tu amor de años, esa morena de curvas que te volvía loco con solo una mirada.
Desde el momento en que cruzaste la puerta de madera tallada, sentiste la electricidad en el aire. Daniela estaba ahí, recostada en el sofá de mimbre con un vestido ligero de algodón que se adhería a su piel como una segunda piel, dejando ver el contorno de sus pechos firmes y el valle entre sus muslos. Sus ojos negros te devoraron, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios carnosos. Órale, wey, murmuró con esa voz ronca que te erizaba la piel, al fin llegas, pendejo. Pensé que me ibas a dejar plantada otra vez.
Te acercaste, el corazón latiéndote como tambor de cumbia en fiesta. El olor de su perfume, mezclado con su esencia natural, te golpeó como un trago de tequila reposado. La abrazaste, sintiendo su cuerpo cálido presionarse contra el tuyo, sus tetas suaves aplastándose en tu pecho.
Esto es el abismo de pasión capítulo 150 de nuestra historia, pensaste, recordando todas las noches locas que habían compartido desde que se conocieron en esa playa hace cinco años. Cada encuentro era un capítulo nuevo, más profundo, más intenso.
—Neta que te extrañé un chorro —dijiste, tu aliento caliente en su cuello, inhalando ese aroma dulce de su sudor mezclado con coco de su loción—. No sabes lo que me costó no mandarte mensajitos calientes todo el día.
Ella rio bajito, un sonido que vibró en tu espina dorsal, y te mordió el lóbulo de la oreja con dientes suaves. —Pues ahora estás aquí, cabrón. Muéstrame cuánto me extrañaste.
La cena fue un pretexto. Ceviche fresco de camarón con limón y chile, tacos de pescado crujiente y una botella de tequila añejo que picaba en la lengua como fuego lento. Sentados en la terraza, con el rumor constante de las olas rompiendo en la arena, sus pies descalzos jugaban con los tuyos bajo la mesa de vidrio. Cada roce era una chispa: el arco de su pie contra tu pantorrilla, subiendo despacio, provocándote. Veías cómo sus pezones se endurecían bajo la tela fina, oscuros y puntiagudos, rogando atención. El aire se volvía espeso, cargado de promesas.
Después de la comida, pusieron música. Una cumbia sensual de Grupo Niche retumbaba desde los bocinas ocultas, el ritmo envolviéndolos como olas calientes. Daniela se levantó, su cadera balanceándose con maestría, invitándote a bailar. La tomaste por la cintura, sintiendo la curva perfecta de sus caderas bajo tus palmas, la tela del vestido resbalando como seda húmeda. Sus nalgas se apretaban contra tu entrepierna, donde ya sentías la dureza creciendo, palpitante. Qué rico se siente su calor, pensaste, mientras ella giraba y te lamía el cuello, su lengua dejando un rastro salado.
—Estás bien duro, mi amor —susurró en tu oído, su aliento oliendo a tequila y menta—. Me encanta sentirte así, todo para mí.
La tensión crecía como tormenta en el mar. Sus manos exploraban tu pecho por debajo de la camisa, uñas arañando suavemente la piel, enviando escalofríos que bajaban directo a tu verga. Tú deslizaste las tuyas por su espalda, bajando hasta apretar esas nalgas redondas, separándolas un poco para sentir el calor entre sus piernas. Ella gimió bajito, un sonido gutural que te mojó los calzones.
No aguanto más, pero quiero que dure, que nos consuma este abismo de pasión.
La llevaste adentro, a la habitación principal donde la cama king size esperaba con sábanas de satén blanco. La luz de la luna entraba por las puertas francesas, bañando todo en plata. La besaste con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salvaje, saboreando el tequila en su boca, el dulzor de sus labios. Le quitaste el vestido de un tirón lento, revelando su cuerpo desnudo: tetas grandes y pesadas con areolas oscuras, vientre plano con un piercing en el ombligo, y ese monte de Venus recortado con un triángulo negro que invitaba a pecar.
—Tócame, wey —rogó ella, voz temblorosa de deseo—. Quiero sentir tus dedos en mi concha.
La tumbaste en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Tus labios bajaron por su cuello, chupando la piel salada, mordiendo un pezón hasta que jadeó y arqueó la espalda. El olor de su arousal subía, almizclado y dulce, como miel caliente. Metiste la mano entre sus muslos, encontrándola empapada, labios hinchados y resbalosos. Tus dedos se deslizaron adentro, dos de golpe, sintiendo las paredes calientes apretándote, succionándote. Ella gritó ¡Ay, sí, cabrón!, caderas moviéndose al ritmo de tus embestidas digitales, el sonido chapoteante llenando la habitación junto al lejano rugir del mar.
Te quitaste la ropa rápido, tu verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum. Daniela se lamió los labios, ojos brillantes de lujuria. Se arrodilló, tomándotela con manos suaves, lengua lamiendo la cabeza como si fuera un elote dulce. Qué chido se siente su boca caliente, pensaste, mientras ella la engullía entera, garganta profunda, saliva chorreando por tu saco. Gemías, manos enredadas en su cabello negro ondulado, follando su boca con cuidado, sintiendo el vacío de sus mejillas succionando.
Pero querías más. La volteaste boca abajo, nalgas en alto como ofrenda. El olor de su sexo te embriagaba, y lamiste desde atrás, lengua hundida en su clítoris hinchado, saboreando sus jugos salados y cremosos. Ella temblaba, ¡No pares, pendejo, me vengo!, y su orgasmo la sacudió, chorros calientes mojando tu barbilla, cuerpo convulsionando en olas de placer.
Ahora era tu turno. La pusiste de misionero, piernas abiertas como alas, y entraste de un empujón lento, centímetro a centímetro, sintiendo su coño apretado envolviéndote como guante de terciopelo húmedo. ¡Qué rico! gritó ella, uñas clavándose en tu espalda, dejando marcas rojas. Embestiste con fuerza creciente, piel contra piel en palmadas rítmicas, sudor perlando vuestros cuerpos, mezclándose en el valle de sus tetas. El ritmo se aceleraba, sus paredes contrayéndose alrededor de tu polla, ordeñándote.
Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como jinete salvaje, tetas rebotando hipnóticas, caderas girando en círculos que te volvían loco. Tú desde abajo, pellizcando sus pezones, viendo su cara de éxtasis puro.
Este es nuestro abismo de pasión, capítulo 150, y no quiero que termine nunca. Luego de lado, cucharita, tu mano en su clítoris frotando rápido mientras la penetrabas profundo, el ángulo perfecto rozando su punto G.
El clímax llegó como tsunami. Ella primero, gritando ¡Me vengo otra vez, amor!, coño convulsionando en espasmos que te apretaron hasta el límite. Tú explotaste dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal, el placer cegador, pulsos interminables.
Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El mar cantaba su nana eterna afuera, el aire fresco entrando por la ventana. La abrazaste, besando su frente húmeda, sintiendo su corazón galopando contra el tuyo. —Te amo, Daniela —murmuraste.
—Y yo a ti, wey. Hasta el próximo capítulo —respondió ella, sonriendo perezosa, dedos trazando patrones en tu pecho.
En ese afterglow, con el sabor de ella aún en tu boca y su calor envolviéndote, supiste que este abismo de pasión solo se hacía más profundo, más adictivo. La noche prometía más rondas, pero por ahora, el descanso era dulce como el reposo después de la tormenta.