La Pasión y Vida que me Dio tu Amor
El sol de Puerto Vallarta me lamía la piel como una lengua ardiente mientras caminaba por la arena caliente de la playa Los Muertos. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las parrilladas de mariscos que los vendedores ambulantes ofrecían a grito pelado. Órale, pensé, qué chido está este fin de semana. Hacía meses que no me sentía tan viva, pero algo en mi pecho ardía con un vacío que ni el tequila de la noche anterior había podido llenar. Yo, Karla, treinta y dos años, con curvas que volvían locos a los weyes del gym, pero sola como perro en iglesia.
Entonces te vi. Ahí estabas tú, Marco, con esa sonrisa pícara que me deshacía las rodillas desde la universidad. Vestido con una güayabera blanca que se pegaba a tu pecho moreno por el sudor, y unos shorts que dejaban ver tus piernas fuertes de tanto jugar fut en la playa. Nuestras miradas se cruzaron como chispas en la pólvora.
¿Será que todavía me desea como antes? ¿O ya se olvidó de cómo gemía mi nombre?Caminaste hacia mí con paso seguro, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un tambor que aceleraba mi pulso.
—¡Karla, mi reina! ¿Qué pedo, carnala? ¿Sola por acá? —dijiste con esa voz ronca que me erizaba la piel, abrazándome fuerte. Tu olor, una mezcla de protector solar, sudor fresco y hombre, me invadió las fosas nasales. Sentí tus manos grandes en mi espalda baja, rozando apenas el borde de mi bikini rojo que apenas contenía mis tetas.
—No mames, Marco, ¿tú por aquí? Pensé que andabas en Guadalajara con tu jefa pendeja —respondí riendo, pero mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Nos sentamos en la arena, compartiendo una cerveza fría que goteaba condensación en mis muslos. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la carretera, de lo cara que estaba la chela, de cómo la vida nos había separado después de esa noche loca en la fiesta de fin de año. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como la marea. Tus ojos bajaban a mi escote, y yo cruzaba las piernas para disimular el calor que subía entre ellas.
El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y el aire se llenaba del aroma de jazmines silvestres y el bullicio de la gente bailando cumbia en un puesto cercano. Te acerqué mi mano a la tuya, y nuestros dedos se entrelazaron. Qué rico se siente esto, pensé. Me contaste de tu nuevo trabajo en el hotel, de cómo extrañabas mis besos salvajes. Yo te confesé que ningún pendejo me había hecho sentir como tú. La deseo inicial era un fuego lento, pero ya lamía mis entrañas.
Nos levantamos y caminamos hacia tu cabaña en la playa, un lugar chulo con palapas y hamacas, iluminado por luces tenues que bailaban con la brisa. Adentro, el ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire cargado de nuestro deseo. Te volteé a ver, y sin palabras, me jalaste hacia ti. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando la sal de la playa y el dulzor de la cerveza en tu lengua. Tus manos subieron por mi espalda, desatando el bikini con maestría, y mis tetas saltaron libres, los pezones duros como piedras rozando tu pecho.
¡Dios mío, qué delicia! Su piel quema, su aliento me enloquece.
Te quité la güayabera de un tirón, lamiendo el sudor salado de tu cuello mientras bajabas tus manos a mi culo, amasándolo con fuerza. Gemí bajito, el sonido ahogado por el rumor del mar afuera. Me empujaste contra la cama king size, cubierta de sábanas blancas que olían a lavanda fresca. Tus labios bajaron por mi cuello, chupando mis tetas, mordisqueando los pezones hasta que arqueé la espalda como gata en celo. ¡Ay, cabrón, no pares! El roce de tu barba incipiente en mi piel sensible era tortura deliciosa, enviando chispas directo a mi panocha, que ya chorreaba jugos calientes.
Te arrodillaste entre mis piernas, abriéndolas con manos firmes pero tiernas. El aire fresco rozó mi concha expuesta, hinchada y lista. Lamiste mis muslos internos, subiendo lento, torturándome con tu aliento caliente. Cuando tu lengua tocó mi clítoris, grité tu nombre, el placer explotando como cohete en las fiestas patrias. Qué chingón eres con esa boca, pensé mientras mis caderas se movían solas, follándote la cara. Saboreabas mis jugos con gemidos guturales, tus dedos hundiéndose en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El olor a sexo nos envolvía, almizclado y adictivo, mezclado con el salitre del mar.
Pero quería más. Te volteé, montándote como vaquera en rodeo. Tu verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, masturbándote lento mientras te besaba el pecho, lamiendo tus pezones oscuros. ¡Mira qué pinga tan rica! Me acomodé encima, frotándola contra mi raja mojada, untándola de mis mieles. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud que me llenaba. Tú agarraste mis caderas, guiándome, pero dejándome el control. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, el slap slap de piel contra piel resonando como tambores.
La tensión subía, mis tetas rebotando con cada embestida, tu mirada clavada en mí como si fuera la única mujer en el mundo. Sudábamos juntos, el brillo de nuestros cuerpos iluminado por la luna que se colaba por la ventana. Aceleré, mis uñas clavándose en tu pecho, dejando marcas rojas.
Esto es lo que necesitaba, esta conexión que me hace explotar.Tú volteaste las posiciones, poniéndome de perrito, tu verga embistiéndome profundo, tus bolas golpeando mi clítoris. El placer era abrumador: el ardor en mis nalgas por tus nalgadas juguetones, el olor de tu sudor cayendo en mi espalda, el sabor de tus labios cuando giré para besarte.
—¡Ven conmigo, mi amor! ¡Córrete adentro! —supliqué, mi voz ronca. Tú gruñiste, tus embestidas volviéndose salvajes, el colchón crujiendo bajo nosotros. El orgasmo me golpeó como ola gigante, mi concha contrayéndose alrededor de tu verga, ordeñándote mientras gritaba, lágrimas de placer en los ojos. Tú explotaste segundos después, llenándome de tu leche caliente, pulsos y pulsos que sentía chorrear dentro de mí. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel, el corazón latiéndonos al unísono.
En el afterglow, acurrucados bajo las sábanas revueltas, el mar susurrando nanas afuera, acariciaste mi cabello húmedo. El aroma de nuestro sexo persistía, dulce y terrenal. Qué paz, carnal. Te miré a los ojos, y las palabras salieron solas:
La pasión y vida que me dio tu amor me hacía sentir completa, renacida en tus brazos.
Nos besamos lento, saboreando el futuro incierto pero cargado de promesas. Afuera, la noche mexicana cantaba con grillos y risas lejanas, pero en esa cabaña, solo existíamos nosotros, envueltos en el éxtasis que tu toque había despertado. Y supe que esto era solo el principio.