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Noche Prohibida en La Pasion Bar

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Noche Prohibida en La Pasion Bar

Entré a La Pasion Bar esa noche con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. El aire estaba cargado de humo de cigarro y ese olor dulzón a tequila reposado que te envuelve como un abrazo caliente. Las luces rojas parpadeaban sobre la barra, iluminando cuerpos que se movían al ritmo de la cumbia rebajada, y el sudor brillaba en las pieles morenas. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que marcaba cada curva, sentía las miradas clavadas en mí como flechas. ¿Qué chingados hago aquí sola? pensé, pero la verdad es que buscaba eso: un fuego que me quemara por dentro.

Me senté en la barra, pedí un paloma con sal en el borde del vaso. El bartender, un tipo grandote con tatuajes de águilas, me guiñó el ojo. "Órale, mamacita, ¿vienes a encender la noche?" Su voz ronca se mezcló con el eco de las risas y el clink de los hielos. Tomé un sorbo, el limón ácido despertando mi lengua, y entonces lo vi. Alto, con camisa blanca abierta hasta el pecho, mostrando un crucifijo plateado que colgaba sobre su piel olivácea. Sus ojos negros me atraparon como imán. Se llamaba Marco, lo supe después, pero en ese momento era solo él, el que hacía que mi piel se erizara sin tocarme.

Se acercó con paso felino, el aroma de su colonia cítrica invadiendo mi espacio. "¿Me permites?", dijo, su voz grave como trueno lejano. Asentí, y su mano rozó la mía al tomar el vaso.

"Eres como un tequila añejo, dura de fuera pero suave adentro"
, murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido oliendo a menta y deseo. Reí, nerviosa, sintiendo el pulso acelerarse en mi cuello. Hablamos de tonterías: el pinche tráfico de la CDMX, las fiestas en Polanco, pero sus ojos decían otra cosa. Me contaba de su trabajo como DJ en antros de la Roma, y yo le dije que era diseñadora gráfica, harta de la rutina. Cada palabra era un roce invisible, construyendo tensión como cuerda de guitarra a punto de romperse.

La música cambió a un sonidero pesado, y me jaló a la pista. Sus manos en mi cintura, fuertes pero gentiles, me guiaron. Bailamos pegados, mi espalda contra su pecho, sintiendo el latido de su corazón sincronizarse con el mío. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, y su aliento en mi nuca me hacía temblar. Neta, este wey me va a volver loca, pensé mientras sus dedos trazaban círculos en mi cadera. Olía a hombre: tierra mojada después de lluvia, mezclado con el perfume de mi arousal que empezaba a traicionarme entre las piernas.

Volvimos a la barra, pedimos shots de mezcal. El líquido ahumado bajó ardiente por mi garganta, avivando el fuego. "Ven, te enseño un rincón especial de La Pasion Bar", dijo, tomándome de la mano. Subimos unas escaleras angostas hasta un balcón privado, con vista a la pista abajo. El viento nocturno traía ecos de risas y beats, y nos sentamos en un sofá de terciopelo rojo desgastado. Ahí, solos, la tensión explotó. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando como si yo fuera un dulce prohibido. Abrí la boca, invitándolo, y su lengua danzó con la mía, saboreando el mezcal compartido.

Me recargó contra la pared, sus manos explorando mi cuerpo con urgencia contenida. Deslizó el vestido por mi hombro, exponiendo mi piel al aire fresco. Besó mi clavícula, chupando suave, dejando un rastro húmedo que se enfrió al instante. ¡Ay, cabrón, no pares! gemí en mi mente. Mis uñas se clavaron en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. "Te quiero, Ana, desde que entraste", susurró, su voz ronca vibrando contra mi piel. Le arranqué la camisa, besando su pecho, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Su erección presionaba contra mi muslo, dura como piedra, prometiendo placer.

Pero no era solo carnal. En sus ojos vi hambre, pero también ternura. "Dime si quieres parar", dijo, deteniéndose un segundo, su frente contra la mía, respiraciones entrecortadas. "No pares, pendejo, te necesito", respondí, riendo bajito, empoderada en mi deseo. Bajamos las defensas mutuamente: él desabrochó mi brasier, liberando mis pechos que se irguieron al aire, pezones duros como balas. Los tomó en sus manos, masajeando, pellizcando suave hasta que arqueé la espalda. Gemí, el sonido perdido en la música de abajo. Bajó la cabeza, succionando uno, su lengua girando experta, enviando descargas eléctricas directo a mi centro.

Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo el calor y la suavidad de la piel sobre el acero. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más. "Eres una diosa, chula", dijo, deslizando su mano bajo mi falda. Sus dedos encontraron mi tanga empapada, rozando el clítoris hinchado. Jadeé, abriendo las piernas, invitándolo. Me penetró con dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El jugo chorreaba, lubricando todo, el olor almizclado de mi excitación mezclándose con el suyo.

La intensidad crecía como tormenta. Me volteó, mi culo contra su pelvis, y bajó mi tanga hasta los tobillos. Sentí la punta de su verga en mi entrada, resbalosa, caliente. "Sí, métemela ya", supliqué, empujando hacia atrás. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, completo. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de carne contra carne, slap slap slap ahogado por la música. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, su boca en mi cuello mordiendo suave. Sudábamos como en sauna, pieles resbalosas uniéndose.

Aceleró, follándome duro, mis gemidos convirtiéndose en gritos ahogados. ¡Me vengo, me vengo! El orgasmo me golpeó como ola, contracciones apretando su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él no paró, prolongando mi placer hasta que temblé incontrolable. "Ahora tú, córrete adentro", le ordené, empoderada, girándome para besarlo. Me levantó contra la pared, piernas alrededor de su cintura, y me penetró de nuevo, profundo. Sus embestidas se volvieron erráticas, gruñidos guturales. Se corrió con un rugido, chorros calientes llenándome, desbordando, goteando tibio por mi piel.

Caímos al sofá, exhaustos, cuerpos enredados. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El viento traía olores de tacos callejeros de abajo, mezclados con nuestro sexo. "Eres increíble, Ana", murmuró, besando mi vientre. Reí suave, acariciando su cabello revuelto. Esto no fue solo un polvo, fue conexión, pensé, sintiendo paz profunda.

Nos vestimos despacio, robándonos besos perezosos. Bajamos de La Pasion Bar, el antro aún vibrante, pero para nosotros el mundo había cambiado. En la calle, bajo luces de neón, intercambiamos números. "Llámame, no seas ojete", dije juguetona. Él sonrió, esa sonrisa que prometía más noches. Caminé a mi auto, piernas flojas, coño palpitante aún, con su esencia dentro de mí. Esa noche en La Pasion Bar no fue el fin, fue el inicio de algo ardiente.

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