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Actores del Abismo de Pasión en Fuego Íntimo

6304 palabras

Actores del Abismo de Pasión en Fuego Íntimo

Elisa Morales salió del set de filmación con el corazón latiéndole a mil por hora. La escena del día había sido brutal: un beso robado bajo la lluvia artificial que simulaba el abismo de pasión de la telenovela. Marco Ruiz, su coprotagonista, la había sostenido con tanta fuerza que por un segundo juró que no era actuación. ¿Y si no lo era? pensó mientras se quitaba el maquillaje en el camerino. Los actores de Abismo de Pasión como ellos vivían en ese limbo entre ficción y realidad, pero esa química ardiente se sentía demasiado real.

—Órale, Elisa, ¿ya te vas? —preguntó Marco asomándose a la puerta, su camisa blanca aún pegada al torso por el agua falsa. Olía a colonia fresca mezclada con sudor varonil, un aroma que le erizaba la piel.

—Sí, carnal, estoy muerta —mintió ella, aunque su cuerpo vibraba de anticipación. Marco era el galán perfecto: alto, moreno, con ojos que prometían tormentas. En la novela eran amantes trágicos, pero fuera del set...

¿Cuánto tiempo más íbamos a fingir que no nos deseábamos?

Él sonrió con esa picardía mexicana que la desarmaba. —Ven, no seas fresa. Vamos a mi suite en el hotel de la playa. Hay tequila reposado y vista al mar. Para celebrar el capítulo.

Elisa dudó un instante, pero el pulso en su entrepierna la traicionó. —Va, pero no me emborraches, pendejo.

La suite era un paraíso: balcón con brisa salada del Pacífico, velas titilando y una botella de tequila Don Julio esperándolos. Se sentaron en la terraza, el sol poniéndose en tonos naranjas que pintaban sus pieles cobrizas. Marco sirvió shots, el líquido ámbar resbalando por sus labios carnosos.

—Salud por nosotros, los actores del abismo —brindó él, su voz ronca como grava.

El primer trago quemó dulce en la garganta de Elisa, calentándole el vientre. Hablaron de la novela, de cómo sus besos en pantalla habían encendido foros enteros. —Neta, Elisa, contigo no tengo que actuar. Se siente... chingón.

Ella rio, pero su mano rozó la de él al tomar el limón. Un chispazo eléctrico subió por su brazo. Esto es el principio del abismo de verdad, pensó, mientras el aroma a mar y a su loción la envolvía.

La noche avanzó con risas y confidencias. Marco contó anécdotas de su infancia en Guadalajara, ella de sus sueños en la CDMX. La tensión crecía como marea alta: miradas que se demoraban en bocas, piernas que se rozaban bajo la mesa baja. Cuando sonó una cumbia suave en la bocina del hotel, él se levantó y extendió la mano.

—Baila conmigo, mi reina.

Elisa se dejó llevar. Sus cuerpos se pegaron en el ritmo pegajoso, caderas ondulando al unísono. Sentía la dureza de su pecho contra sus senos, el calor de su aliento en el cuello. —Estás deliciosa —murmuró él, mordisqueando su oreja. El roce de su barba incipiente le provocó un gemido ahogado.

—Marco... —susurró ella, arqueándose. Sus manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes. El beso llegó inevitable: labios hambrientos, lenguas danzando con sabor a tequila y sal. Se devoraban como si el mundo acabara esa noche.

Entraron tambaleándose a la habitación, quitándose ropa entre besos. La blusa de Elisa voló, revelando sus pechos plenos bajo encaje negro. Marco gruñó de aprobación, sus dedos ásperos trazando círculos en sus pezones endurecidos. —Qué tetas tan ricas, Elisa. He soñado con mamarlas mil veces.

Ella jadeó, el tacto de su boca caliente succionando la piel sensible enviando ondas de placer a su clítoris palpitante. Olía a su excitación, ese almizcle femenino mezclado con el sudor fresco. Lo empujó a la cama king size, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, coronada de una gota perlada.

—Mírala, toda para ti —dijo él con voz entrecortada. Elisa la lamió desde la base, saboreando la sal de su piel, el pulso acelerado bajo su lengua. Marco se arqueó, enredando dedos en su cabello negro. —¡Carajo, qué chupada tan buena! Sigue, mi amor.

La habitación se llenó de sonidos húmedos, gemidos y el lejano romper de olas. Elisa montó su rostro, su coño depilado rozando labios ansiosos. Él la devoró con hambre: lengua hurgando pliegues jugosos, succionando el clítoris hinchado. Ella cabalgaba su boca, tetas rebotando, el placer acumulándose como tormenta.

Esto es mejor que cualquier escena de Abismo de Pasión. Es nuestro abismo privado.

El clímax la sacudió primero: un grito ronco mientras chorros de placer mojaban su barbilla. Marco la volteó con facilidad, posicionándola a cuatro patas. La vista del balcón enmarcaba su figura: nalgas redondas abiertas, coño reluciente invitándolo.

—Te voy a coger hasta que grites mi nombre —prometió, frotando la cabeza de su pija contra su entrada húmeda.

—¡Sí, hazlo, cabrón! —exigió ella, empujando hacia atrás.

Entró de un embiste profundo, llenándola por completo. El estiramiento delicioso la hizo arañar las sábanas de algodón egipcio. Ritmo salvaje: piel contra piel palmoteando, sus bolas golpeando su clítoris. Sudor perlaba sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Marco la jalaba del cabello, ella respondía arqueando la espalda, pidiendo más fuerte.

—Estás tan apretadita, Elisa. Mi panocha favorita —jadeaba él, acelerando. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como amazona, senos balanceándose hipnóticos. Sus uñas marcaban su pecho, mientras él pellizcaba sus pezones. El segundo orgasmo la partió en dos, contracciones ordeñando su verga.

—¡Me vengo! —rugió Marco, saliendo para eyacular chorros calientes sobre su vientre tembloroso. Colapsaron entrelazados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El mar susurraba afuera, testigo de su unión.

En el afterglow, Elisa trazó círculos en su pecho velludo. —Neta, Marco, como actores de Abismo de Pasión, esto supera el guion. ¿Qué sigue?

Él la besó la frente, oliendo su cabello a coco. —Sigue lo nuestro, mi vida. Sin cámaras, puro fuego.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas y promesas mudas. El abismo de pasión ya no era ficción; era su realidad ardiente, lista para más noches de éxtasis.

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