Relatos
Inicio Erotismo La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en Carne Viva La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en Carne Viva

La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en Carne Viva

6167 palabras

La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en Carne Viva

En las calles empedradas de Iztapalapa, durante esa Semana Santa que huele a incienso quemado y sudor colectivo, yo, María, me perdí entre la multitud. El sol pegaba como latigazo, y el aire estaba cargado de murmullos devotos y cantos roncos. La dolorosa pasión de nuestro señor Jesucristo se representaba en vivo, con actores que cargaban cruces pesadas y se azotaban hasta sangrar de verdad. Yo no iba por fe ciega, no. Venía por él. Por Jesús, el wey que interpretaba al Señor, con ese cuerpo moreno y marcado, ojos negros que traspasaban el alma.

Lo vi desde lejos primero, cuando lo ataron al poste y los flagelos chasqueaban contra su espalda. Cada golpe resonaba en mi pecho, un eco que me erizaba la piel.

¿Por qué carajos me moja esto tanto?
pensé, sintiendo el calor subir por mis muslos. Su piel brillaba con sudor y sangre falsa, músculos tensos como cuerdas de guitarra. Olía a tierra mojada, a cera de velas y a ese aroma masculino que te hace apretar las piernas. La gente gritaba "¡Perdónanos!", pero yo solo quería perderme en él.

Al final del vía crucis, cuando lo bajaron de la cruz, nuestros ojos se cruzaron. Él, exhausto, con la corona de espinas aún puesta, me sonrió de lado. Neta, carnal, ese gesto fue como una invitación. Me quedé rezagada mientras la procesión se iba, y ahí estaba, quitándose el disfraz en un callejón sombreado. "¿Vienes a consolar al Señor?", me dijo con voz grave, ronca por los gritos del día. Su aliento olía a menta y cerveza tibia. Le contesté con una mirada que lo dijo todo: "Sí, pendejo, pero no con oraciones".

Nos escabullimos a su cuartito atrás de la iglesia, un lugar chiquito con colchón viejo y posters de lucha libre en las paredes. El ruido de la fiesta santa se filtraba por la ventana: cohetes estallando, mariachis lejanos. Él se acercó despacio, su mano callosa rozando mi brazo. Sentí el calor de su piel, áspera por el sol, contra la mía suave. "Eres como Magdalena", murmuró, y yo reí bajito. "Mejor que ella, porque yo te voy a hacer resucitar de una vez".

Empecé por sus heridas falsas, lamiendo el rojo de la pintura que bajaba por su pecho. Sabía a sal y hierro, un gusto metálico que me encendió la lengua. Sus pezones duros bajo mis dientes, él gimiendo bajito, "Ay, güey, qué rico". Mis manos bajaron por su abdomen, sintiendo los surcos de sus músculos contraerse. Él me jaló el pelo suave, no con fuerza bruta, sino con ese tirón que dice te quiero ya. Me quitó la blusa con dedos temblorosos, exponiendo mis chichis al aire fresco. Sus labios se cerraron en uno, chupando con hambre devota, y yo arqueé la espalda, oliendo su cuello sudado, ese olor a hombre que me volvía loca.

Nos besamos como pecadores absolviéndose, lenguas enredadas, saliva mezclada con el sabor de su pasión fingida.

Esto es la dolorosa pasión de nuestro señor Jesucristo, pero en mi cuerpo, en este pinche cuarto donde el diablo baila
, pensé mientras él me cargaba al colchón. La tela áspera raspaba mis nalgas desnudas cuando me quitó el calzón. Sus dedos exploraron mi humedad, resbalosos, entrando lento. "Estás chingona de mojada, María", gruñó, y yo respondí apretándolo con las caderas. El sonido de mis jugos contra su piel era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros jadeos.

Pero no era solo carnalidad. Ahí había algo más profundo, un conflicto en mi cabeza. Yo, criada en misa dominical, sintiéndome culpable por este fuego. ¿Qué diría mi jefita si me viera así, abierta de piernas para el Jesús de la colonia?. Él lo notó, se detuvo, ojos fijos en los míos. "¿Quieres parar, mi reina?". Negué con la cabeza, jalándolo más cerca. "No, cabrón, esto es mi salvación". Esa pausa nos unió más, el consentimiento mutuo como un juramento. Siguió, besando mi ombligo, bajando hasta mi centro. Su lengua caliente lamió mi clítoris, círculos lentos que me hicieron gritar. Sentía cada roce como latigazos de placer, dolorosos de tan intensos, mis uñas clavándose en sus hombros.

La tensión crecía como la multitud afuera, gritando himnos. Él se incorporó, su verga dura rozando mi entrada, gruesa y palpitante. La piel suave contra la mía, venas marcadas que sentía pulsar. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con ese ardor dulce que duele rico. "¡Chingado, qué prieta!" exclamó, y yo lo abracé con las piernas, clavándolo hondo. El colchón crujía rítmicamente, sudor goteando de su frente a mi boca. Saboreé esa sal, moviéndome contra él, caderas chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo puro, a almizcle y velas apagadas.

Internamente, luchaba: el pecado versus el éxtasis.

Esto es mi cruz, mi dolorosa pasión, pero qué chido doler así
. Él aceleró, embistiendo fuerte, mis tetas rebotando, pezones rozando su pecho peludo. Gemí su nombre –no Jesús, sino Raúl, su nombre real– y eso lo volvió loco. "¡Ven pa'cá, María, dame todo!". El clímax se acercaba como la crucifixión final, mis paredes apretándolo, pulsos acelerados latiendo juntos. Gritamos al unísono cuando explotamos: yo convulsionando, chorros calientes mojando las sábanas, él derramándose dentro con rugidos guturales.

Después, en el afterglow, yacimos enredados, piel pegajosa contra piel, respiraciones calmándose. El incienso aún flotaba del exterior, mezclado con nuestro olor a placer consumado. Él acarició mi cabello, suave como pluma. "Fue como resucitar, ¿verdad?". Sonreí, besando su hombro marcado. "Mejor que cualquier misa, carnal. Tu pasión de nuestro señor Jesucristo me salvó el alma... y el cuerpo".

No hubo culpas después, solo una promesa tácita de repetir en la próxima Semana Santa. Salimos al callejón, la noche fresca besando nuestra piel ardida, cohetes iluminando el cielo como fuegos artificiales del paraíso. Yo caminé con las piernas flojas, sintiendo su semen escurrir, un recordatorio secreto de esa dolorosa pasión que ahora era mía, eterna y carnal.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.