Herodes y su Pasion en la Pasion de Cristo
En las calles empedradas de Iztapalapa, durante la Semana Santa, el aire se llenaba de incienso y murmullos devotos. Yo, Herodes, el rey malvado de la obra, caminaba entre los actores ensayando mi papel en la gran Pasión de Cristo. El sol pegaba duro sobre las pirámides falsas y los sets improvisados, y el sudor me corría por la espalda, pegándome la túnica morada a la piel. Neta, ser el villano tenía su chiste, pero lo que me traía loco era ella: Salomé.
Salomé era la chava que bailaría la danza de los siete velos para mí, el rey Herodes. Alta, con curvas que se marcaban bajo su vestido ligero de ensayos, piel morena como el chocolate de Oaxaca y ojos negros que te chupaban el alma. La primera vez que la vi moviéndose al ritmo de los tambores, sentí un cosquilleo en el estómago, como si me hubieran dado un trago de mezcal puro. Órale, carnal, esta morra es fuego, pensé, mientras fingía mi risa malévola desde el trono.
—Más sensual, Salomé —le grité desde mi asiento de madera pintada de oro—. Haz que el rey pierda la cabeza, ¡literal!
Ella se rio, una carcajada ronca que me erizó la piel. —Simón, rey Herodes. Pero tú también ponle pasión, no seas pendejo tieso.
El director aplaudió, pero yo ya no escuchaba. Olía a su perfume mezclado con sudor fresco, a jazmín y tierra caliente. Ese día, después del ensayo, nos quedamos solos recogiendo los velos de seda roja que había tirado al suelo. Nuestras manos se rozaron al juntarlos, y un chispazo me subió por el brazo. Ella me miró fijo, mordiéndose el labio inferior, hinchado y jugoso.
¿Qué chingados estoy pensando? Esto es la Pasión de Cristo, no un antro de perreo. Pero neta, quiero probarla, sentir su calor contra mí.
La tensión crecía como la multitud en Viernes Santo. Cada ensayo era peor: su cadera ondulando cerca de mi cara, el roce de sus muslos contra mis rodillas al arrodillarse. Yo, con mi barba postiza y corona chafa, me ponía duro como piedra bajo la túnica. Ella lo notaba, lo juro, porque sus ojos bajaban disimulando y su sonrisa se volvía pícara.
Una noche, después de un ensayo largo bajo la luna llena que iluminaba los cerros de Iztapalapa, el director nos mandó a practicar solos la escena clave. —¡Hagan química, weyes! ¡Eso es lo que falta!
Nos metimos a una salita atrás del escenario principal, con velas parpadeando y el eco lejano de cohetes. Salomé se quitó la chamarra, quedando en un top ajustado que dejaba ver el sudor brillando en su escote. Puse la música en mi cel, un ritmo árabe sensual con marimbas mexicanas de fondo, pa' darle sabor local.
—Ven, Herodes —susurró, su voz como miel caliente—. Enséñame cómo te seduce la danza.
Me senté en el trono improvisado, piernas abiertas, corazón latiendo a todo lo que daba. Ella empezó lento, los velos cayendo uno a uno. Primero el del hombro, revelando la curva de su cuello, oliendo a vainilla y deseo. Sus pies descalzos pisaban suave el piso de tierra apisonada, y cada giro hacía que su pelo negro azotara el aire, trayendo su aroma a mí.
El segundo velo cayó sobre mis piernas, rozando mi piel como una caricia prohibida. Sentí su aliento cerca cuando se inclinó, tetas firmes subiendo y bajando con la respiración agitada. No mames, esto ya no es ensayo, me dije, pero mi verga palpitaba, pidiendo salida.
—Estás preciosa, Salomé —le dije ronco, mi mano subiendo por su muslo sin pensarlo—. Neta, me estás volviendo loco.
Ella se detuvo, velos a medio caer, y se sentó a horcajadas sobre mí. Sus labios rozaron mi oreja: —Tú también, rey. Siento lo duro que estás. ¿Quieres que siga bailando... o prefieres tocar?
Ahí se rompió el dique. La besé con hambre, lengua explorando su boca dulce como tamarindo. Sus manos me quitaron la corona y la barba, dedos enredándose en mi pelo real. Gemí cuando me mordió el cuello, dejando un rastro húmedo que ardía delicioso.
Esto es pecado, pero qué rico pecado. En la Pasión de Cristo, Herodes encuentra su propia pasión.
La levanté, pegándola a la pared de adobe fresco. Sus piernas se enredaron en mi cintura, y sentí su calor húmedo a través de la tela delgada. Le arranqué el top, exponiendo pezones oscuros y duros como chiles secos. Los chupé con ganas, saboreando su piel salada, mientras ella arqueaba la espalda y jadeaba: —¡Ay, wey, sí! ¡Más fuerte!
Nos caímos al suelo sobre una manta de ensayos, risas mezcladas con gemidos. Le bajé el pantalón, y su concha depilada brillaba, oliendo a excitación pura, ese musk femenino que enloquece. Metí dos dedos despacio, sintiendo cómo se contraía, jugosa y caliente. —Estás chingona mojada, Salomé —le dije, lamiendo mis dedos—. Prueba qué rica eres.
Ella me empujó boca arriba, quitándome la túnica de un jalón. Mi pito saltó libre, venoso y tieso, goteando pre-semen. Se lo mamó entero, lengua girando en la cabeza, succionando con maestría. El sonido chapoteante, su saliva tibia, me tuvo al borde. —¡No mames, carnala, me vas a hacer acabar ya!
Pero ella se subió encima, guiándome adentro de un solo movimiento. ¡Qué delicia! Su interior apretado, resbaloso, envolviéndome como guante de terciopelo caliente. Cabalgó lento al principio, caderas girando como en la danza, tetas rebotando al ritmo. Yo las amasaba, pellizcando pezones, mientras el sudor nos unía, piel contra piel resbalosa.
El aire se llenó de nuestros olores: sexo crudo, sudor macho y hembra, un toque de incienso de las velas. Sus uñas me arañaban la espalda, dejando surcos ardientes. Aceleró, montándome duro, su clítoris rozando mi pubis. —¡Córrete conmigo, Herodes! ¡Dame todo!
La volteé, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo perfecto. La embestí desde atrás, bolas golpeando suave, cada thrust profundo sacándole gritos roncos. Sentía su pulso alrededor de mi verga, apretando más y más. El clímax llegó como avalancha: ella se convulsionó primero, chillando ¡Sí, cabrón, sí!, chorros calientes empapándonos. Yo exploté segundos después, llenándola de leche espesa, pulsos interminables.
Nos derrumbamos jadeantes, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y tibia. El silencio roto solo por respiraciones pesadas y el lejano tañido de campanas. La besé suave en la frente, oliendo su pelo revuelto.
—Neta, Salomé, esto fue mejor que cualquier Pasión de Cristo —murmuré.
Ella sonrió, trazando círculos en mi pecho. —Y ni termina aquí, rey. Mañana en el escenario, bailaré solo para ti.
Nos vestimos despacio, risas cómplices, sabiendo que nuestra propia pasión había nacido en el corazón de la obra. Afuera, Iztapalapa dormía bajo las estrellas, ajena a cómo Herodes había encontrado su redención en los brazos de Salomé. Pero en mi alma, el fuego ardía eterno, listo para más noches de éxtasis devoto.