Haz Tu Trabajo Con Pasión
Entré a las oficinas de la agencia en Reforma con el corazón latiéndome a mil. Era mi primer día como asistente ejecutiva de Carlos Mendoza, el jefe que todas las chavas del piso murmuraban que era un pinche sueño andante. Alto, moreno, con esa barba recortada que te hace imaginar cómo se sentiría rozando tu piel. Llevaba mi falda lápiz negra ajustada, blusa blanca que marcaba justo lo necesario y tacones que resonaban como un desafío en el mármol del lobby.
La oficina olía a café recién molido y a ese perfume caro que usan los ejecutivos exitosos. Carlos me recibió con una sonrisa que me derritió las rodillas. "Bienvenida, Ana. Haz tu trabajo con pasión y vas a volar aquí", me dijo mientras me daba la mano. Su palma era cálida, áspera en las yemas, como si hubiera estado apretando pesas o algo más interesante. Sentí un cosquilleo subirme por el brazo directo al estómago.
Neta, wey, este cuate me va a complicar la vida, pensé mientras me sentaba en mi escritorio frente al suyo, separados solo por un vidrio esmerilado que dejaba ver siluetas tentadoras.
Los primeros días fueron un torbellino de correos, juntas y cafés dobles. Carlos era exigente pero justo, siempre con esa voz grave que vibraba en mi pecho. "Ana, los reportes necesitan alma, haz tu trabajo con pasión", repetía en las revisiones. Cada vez que lo decía, mis ojos se clavaban en su camisa blanca, en cómo se le marcaban los músculos del pecho cuando gesticulaba. Yo asentía, mordiéndome el labio, imaginando cómo sería si esa pasión se desbordara más allá de las gráficas y los deadlines.
Una noche de viernes, la agencia se vació temprano por el puente. Quedamos solos terminando una propuesta para un cliente gringo. La ciudad afuera brillaba con las luces de los autos en Periférico, y adentro, el aire acondicionado zumbaba suave, enfriando el calor que subía entre nosotros. Carlos se quitó la corbata, desabotonó el primer botón de su camisa. Olía a sudor limpio mezclado con su colonia, ese aroma terroso que me hacía tragar saliva.
"Ana, quédate un rato más. Necesito que le demos el toque final", dijo, acercándose a mi escritorio. Su mano rozó mi hombro al inclinarse sobre la pantalla, y juro que sentí electricidad. Mi piel se erizó bajo la blusa, los pezones endureciéndose contra el encaje del bra. Levanté la vista y sus ojos cafés me atraparon, oscuros, intensos.
Órale, si no me controlo, esto va a explotar
Trabajamos en silencio un rato, pero la tensión crecía como el calor de un comal. Él se sentó en el borde de mi escritorio, su muslo rozando mi rodilla. "Sabes, Ana, la pasión no es solo para los números. Es para todo lo que haces". Su voz era un ronroneo. Me giré en la silla, mi mano accidentalmente cayó sobre su pierna. Musculosa, firme. No la quité. Él tampoco se movió.
"¿Y tú, Carlos? ¿Haces todo con pasión?", pregunté, mi voz saliendo más ronca de lo planeado. Se rio bajito, un sonido que me vibró en el vientre. "Pruébame".
Acto seguido, su mano tomó mi nuca, suave pero firme, y me jaló para un beso que fue puro fuego. Sus labios eran calientes, suaves, con sabor a menta y deseo reprimido. Gemí contra su boca mientras su lengua invadía la mía, explorando con la misma intensidad que ponía en sus juntas. Olía a hombre, a piel sudada por el día largo, y yo me perdí en eso, en el roce áspero de su barba contra mi mejilla.
Me levantó de la silla como si no pesara nada, sentándome en el escritorio. Papeles volaron al suelo, pero qué importaba. Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría. "Eres preciosa, Ana. Haz tu trabajo con pasión", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sentí su aliento caliente, su lengua trazando un camino húmedo hasta mi clavícula.
Le arranqué la camisa, mis uñas rasguñando su pecho velludo, pectorales duros como piedra. Él gruñó, un sonido animal que me mojó entre las piernas. Bajó mi falda de un tirón, exponiendo mis panties de encaje negro ya empapados. "Mira nada más qué chingona estás", dijo con esa voz mexicana cruda que me volvía loca. Sus dedos se colaron por debajo, rozando mi clítoris hinchado. Jadeé, arqueándome contra él.
El escritorio era frío contra mi culo desnudo, contrastando con el calor de su cuerpo presionado contra mí. Lo bajé los pantalones, liberando su verga erecta, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. "Qué rica, carnal", susurré, tomándola en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Él jadeó cuando la apreté, bombeándola lento mientras lo besaba, saboreando el sudor salado de su cuello.
Pero no quería apresurar. La tensión había crecido días, semanas quizás desde esa primera mirada. Lo empujé contra la silla, arrodillándome entre sus piernas. El piso alfombrado raspaba mis rodillas, pero el premio valía. Lamí la punta de su verga, salada, musgosa, deliciosa. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. "Sí, Ana, así... con pasión". Chupé más profundo, mi lengua girando alrededor del glande, tragando hasta que sentí su grosor en mi garganta. Sus gemidos llenaban la oficina, roncos, desesperados, mezclados con el zumbido del aire.
No aguantó mucho. Me levantó, volteándome contra el escritorio. "Ahora te toca a ti sentirlo", gruñó. Bajó mis panties del todo, su aliento caliente en mi panocha expuesta. Sentí su lengua primero, plana y húmeda lamiendo desde el ano hasta el clítoris. Grité bajito, mis manos aferrándose al borde. Saboreaba mis jugos, chupando con hambre, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El olor de mi excitación llenaba el aire, almizclado, dulce.
No mames, este wey sabe lo que hace. Me va a hacer venir ya
La intensidad subía, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Él succionaba mi clítoris, vibrando con un gemido que me mandaba ondas de placer por la espina. "¡Carlos, por favor!", supliqué. Se incorporó, su verga presionando mi entrada resbaladiza. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. Dolor placer mezclado, estirándome perfecta. "Estás tan apretada, tan mojada para mí", jadeó, empezando a bombear.
Cada estocada era profunda, rítmica, su pelvis chocando contra mi culo con palmadas húmedas. El escritorio crujía, papeles volando. Sudábamos, piel resbalosa, olor a sexo crudo impregnando todo. Agarró mis tetas desde atrás, pellizcando pezones duros, tirando de mi pelo para arquearme más. Yo empujaba hacia atrás, clavándome más en él, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga.
Cambié de posición, queriendo verlo. Lo tumbé en la silla giratoria, montándolo a horcajadas. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo mandaba el ritmo. Rebotaba, sintiendo cómo me perforaba, su pubis frotando mi clítoris. Nuestros ojos se clavaron, sudor goteando de su frente a su pecho. "Hazlo con pasión, Ana", dijo entre dientes. Aceleré, mis gemidos convirtiéndose en gritos ahogados. Él se incorporó, mamando mis tetas, mordiendo suave mientras yo lo cabalgaba como loca.
El clímax llegó como avalancha. Primero yo, explotando alrededor de su verga, jugos chorreando por sus bolas, cuerpo temblando en espasmos. Él gruñó profundo, hinchándose dentro, llenándome de semen caliente, chorro tras chorro. Colapsamos juntos, yo sobre su pecho jadeante, su corazón retumbando contra mi oreja como tambores.
Quedamos así un rato, el aire pesado con olor a sexo y satisfacción. Me besó la sien, suave. "Eso fue... increíble. Haz siempre tu trabajo con pasión, Ana". Reí bajito, trazando círculos en su piel húmeda. "Tú tampoco te quedas atrás, jefe".
Nos vestimos lento, robándonos besos perezosos. La ciudad seguía brillando afuera, indiferente a nuestro mundo cambiado. Salimos juntos, su mano en mi cintura, prometiendo más noches así. Esa pasión del trabajo se había vuelto nuestra, ardiente, adictiva. Y yo no podía esperar por la siguiente junta.