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Herodes la Pasion de Cristo Desnuda

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Herodes la Pasion de Cristo Desnuda

El aire cargado de incienso y sudor flotaba en el salón parroquial de la iglesia de San Juan de Dios, en el bullicio de Guadalajara. Yo, Rodrigo, con mi túnica morada de Herodes, caminaba con paso regio por el improvisado escenario. La Semana Santa estaba a la vuelta, y nuestro grupo de teatro amateur ensayaba Herodes la Pasion de Cristo, una versión local que ponía al rey en el centro de la trama, con toques dramáticos que siempre me ponían la piel chinita. Frente a mí, atado a una cruz de madera ligera, estaba Cristian, el Cristo perfecto: alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo las luces tenues. Su barba recortada y el sudor perlando su pecho me distraían más de lo debido.

¡Rey Herodes! ¿Qué has decidido con este profeta loco? dijo el sacerdote director, pero yo solo veía los labios carnosos de Cristian moviéndose apenas, su respiración agitada haciendo que su pecho subiera y bajara. Olía a jabón fresco mezclado con el aroma terroso de su piel, y no pude evitar imaginar cómo sabría si lo lamiera ahí mismo. Órale, Rodrigo, contrólate, pendejo, me dije, ajustándome la túnica que ya me apretaba en la entrepierna.

Terminado el ensayo, el grupo se dispersó entre risas y chismes sobre las procesiones. Cristian se quedó recogiendo accesorios, su espalda ancha flexionándose bajo la camisa blanca pegada por el sudor. Me acerqué, fingiendo ayudar.

¿Qué tal, carnal? ¿Listo para ser el rey del mundo mañana? le dije, con voz juguetona, rozando su brazo "accidentalmente". Su piel ardía, suave como terciopelo caliente.

Pues sí, güey, pero tú como Herodes me das más miedo que Pilato. Esa mirada tuya... como si me fueras a devorar, respondió él, girándose con una sonrisa pícara que me aceleró el pulso. Sus ojos bajaron un segundo a mi pecho, y supe que no era unilateral. La tensión se siente en el aire, como antes de la lluvia en abril.

Salimos juntos hacia mi casa, a unas cuadras, platicando de la obra. Herodes la Pasion de Cristo era nuestra creación, inspirada en la película gringa pero con sabor tapatío: bailes de jarabe en el palacio, diálogos con albures. La noche caía suave, con olor a tacos de barbacoa de la taquería esquina y el lejano tañido de campanas. En mi depa pequeño pero chido, con vista al cerro del Tala, le ofrecí una chela fría. Nos sentamos en el sillón, las rodillas rozándose.

No mames, este wey me prende como fogata de feria. Su olor, su voz ronca... quiero ser el Herodes que no está en el guión, el que conquista en vez de burlarse.

¿Y si ensayamos la escena solos? propuse, el corazón latiéndome como tamborazo. Sin público, sin cruces. Solo tú y yo, como en la intimidad del palacio.

Cristian me miró, sus pupilas dilatándose. Va, rey. Pero esta vez, la pasión no es de sufrimiento. Es la otra pasión, ¿eh? Su mano se posó en mi muslo, firme, enviando chispas por mi espina.

Empezamos el roleplay en mi cuarto, luces bajas, velas de vainilla encendidas que llenaban el aire con dulzor empalagoso. Me puse la corona falsa de cartón dorado, él la túnica blanca arremangada. ¡Cristo de Nazaret! Ante mí, el gran Herodes, ¿qué milagro harás? exclamé, acercándome con fingida arrogancia, pero mi voz salió ronca de deseo.

Él se arrodilló, juguetón, su aliento cálido rozando mi entrepierna a través de la tela. Mi rey, no milagros... solo placer, murmuró, sus dedos subiendo por mis pantorrillas, masajeando los músculos tensos. Sentí su calor, el roce áspero de sus yemas callosas de tanto cargar madera en su curro de carpintero. Mi verga se endureció al instante, palpitando contra la tela. Qué chingón se siente esto, como si el mundo se redujera a su toque.

Lo levanté, jalándolo por la nuca para besarlo. Sus labios eran suaves, con sabor a chela y sal de sudor, la lengua invadiendo mi boca con urgencia hambrienta. Gemí contra él, mis manos explorando su espalda, bajando al culo firme redondo que apreté, sintiendo cómo se contraía bajo mis palmas. Olía a hombre puro, almizcle mezclado con el incienso pegado de la iglesia. Nos quitamos las túnicas a tirones, piel contra piel, el sonido de telas cayendo como lluvia suave.

Lo empujé a la cama, mi colchón king size crujiendo bajo nuestro peso. Me subí encima, lamiendo su cuello, mordisqueando la clavícula donde latía su pulso desbocado. Eres mío esta noche, Cristo mío, le susurré al oído, y él arqueó la espalda, gimiendo Sí, Herodes, tómame como rey. Mis dedos bajaron por su abdomen marcado, rasguñando la línea feliz hasta su verga dura, gruesa, venosa, goteando precum que lamí de la punta. Sabía salado, adictivo, como mar en la boca.

Él no se quedó atrás. Sus manos me voltearon, boca bajando por mi espina, lengua trazando círculos en mis nalgas. Qué rico culo tienes, carnal, gruñó antes de enterrar la cara ahí, lamiendo mi entrada con avidez. El placer me hizo jadear, piernas temblando, el sonido húmedo de su lengua chupando llenando la habitación junto a nuestros jadeos. No mames, nunca me habían comido así de bien. Se siente como fuego líquido en las venas.

La tensión crecía, como tormenta zafirotea. Nos engrasamos con lubricante de fresa que olía a postre prohibido. Él se puso encima primero, montándome despacio, su culo apretado tragándome centímetro a centímetro. Sentí cada músculo cediendo, caliente, aterciopelado, envolviéndome como guante perfecto. ¡Ay, qué chido! Métemela toda, rey, rogó, rebotando con ritmo, sus bolas golpeando mis muslos con palmadas húmedas. Yo lo agarraba de las caderas, embistiendo arriba, el sudor chorreando entre nosotros, piel resbalosa.

Cambié posiciones, poniéndolo a cuatro, admirando su espalda arqueada, el culo abierto invitándome. Entré de un jalón suave, profundo, y él gritó de placer, ¡Más duro, pendejo, dame toda la pasión! Empujé con furia controlada, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con gemidos roncos, el olor a sexo denso impregnando todo. Sus paredes me ordeñaban, mi verga hinchada rozando su próstata cada vez. Esto es mejor que cualquier obra, la verdadera Herodes la Pasion de Cristo, pura lujuria santa.

El clímax nos alcanzó como avalancha. Él se corrió primero, chorros calientes salpicando las sábanas, su culo apretándome hasta el delirio. ¡Me vengo, carajo! rugió. Yo lo seguí segundos después, vaciándome dentro de él con espasmos que me dejaron temblando, visión borrosa, gusto metálico en la boca.

Colapsamos hechos ovillo, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante ralentizarse. El aire olía a semen, sudor y vainilla, una fragancia embriagadora. Eso fue épico, Rodrigo. Como si hubiéramos reescrito la historia, murmuró, besándome el hombro.

Sí, carnal. En nuestra versión, la pasión no duele... libera, pensé, acariciando su cabello húmedo. Afuera, las campanas tañían medianoche, pero adentro, el mundo era nuestro palacio eterno. Mañana ensayaríamos de nuevo, pero ya nada sería igual. La pasión verdadera había renacido, desnuda y gloriosa.

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