Oración con la Palabra Pasión
La noche en Polanco vibra con esa energía que solo la Ciudad de México sabe darte un viernes. Las luces de neón parpadean sobre las banquetas llenas de gente bien vestida y el aire huele a tacos de la esquina mezclados con perfume caro. Tú estás sentada en la barra del bar, con un mezcal en la mano que quema suave en la garganta, cuando él se acerca. Alto moreno con ojos que te clavan como si ya supiera todos tus secretos. Órale, este güey está chido, piensas mientras él pide una chela y te sonríe.
—¿Qué onda? —te dice con voz grave, ese acento chilango que te eriza la piel–. ¿Vienes mucho por acá?
Tú le devuelves la mirada, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago. —Neta, primera vez. Pero me late el lugar. ¿Y tú?
Se llama Alex, trabaja en una agencia de diseño, y en diez minutos ya están riendo como si se conocieran de toda la vida. Hablan de todo: de la pinche tráfico, de lo padre que es escaparse a la playa, de cómo la vida en la CDMX te pone a prueba. El mezcal fluye y el calor de su pierna rozando la tuya bajo la barra te hace apretar los muslos. Qué rico se siente esto, te dices, imaginando sus manos en tu cintura.
De repente, él se inclina y susurra: —Juguemos a algo. Dame una oración con la palabra pasión. Hazla buena, eh.
Tú arqueas la ceja, el pulso se te acelera. —¿En serio, cabrón? —riendo–. Mi oración con la palabra pasión es: La pasión que siento por tu boca me hace querer devorarte aquí mismo.
Él se queda callado un segundo, los ojos oscuros brillando. —Chingón, carnala. Ahora me toca a mí: Tu pasión despierta el fuego en mi verga que no se apaga.
El juego enciende todo. Salen del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche choca con el calor que les sube por el cuerpo. Caminan hasta su depa en una torre con vista al Reforma, suben en el elevador y apenas cierran la puerta, sus bocas se encuentran. Sus labios saben a cerveza y deseo, la lengua de él invade tu boca con urgencia, y tú gimes bajito contra su pecho firme.
El departamento huele a madera pulida y velas de vainilla que enciende rápido. Te empuja suave contra la pared del pasillo, sus manos recorren tu espalda baja, bajando hasta apretar tu culo con fuerza. Qué chingaderas, este hombre sabe lo que hace, piensas mientras le muerdes el labio inferior. La piel de su cuello sabe salada, sudada ya por la anticipación, y inhalas su colonia mezclada con ese aroma macho que te moja entre las piernas.
—Ven —te dice, jalándote al sillón de piel negra. Se sientan frente a frente, piernas entrelazadas, y retoman el juego. —Otra oración con la palabra pasión, pero esta vez descríbeme lo que quieres que te haga.
Tu voz sale ronca, el corazón latiéndote en el pecho como tambor. La pasión de tus dedos dentro de mí me hace temblar como hoja.
Él gruñe, un sonido gutural que vibra en tu clítoris. Sus manos suben por tus muslos, rozando la piel sensible detrás de las rodillas, y desabrochan tu blusa despacio. Tus tetas saltan libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. Se inclina y los chupa uno a uno, la lengua caliente girando, dientes rozando justo lo suficiente para que arquees la espalda y gimas ay cabrón qué rico.
Te quita la falda, las bragas de encaje negro quedan tiradas en el piso. Él se arrodilla entre tus piernas abiertas, el aliento cálido en tu panocha ya empapada. La pasión de tu lengua en mi concha es lo que necesito ahora, le dices, y él obedece. Su boca te devora, lengua plana lamiendo desde el culo hasta el clítoris, chupando con succión que te hace ver estrellas. Saboreas tu propio sudor cuando te besa después, y le metes mano a su pantalón, sacando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La acaricias de arriba abajo, sintiendo el calor, la humedad de la punta, y él jadea simón mija así.
La tensión crece como tormenta. Lo empujas al sillón y te subes encima, frotando tu humedad contra su polla dura. Sus manos en tus caderas guían el ritmo, piel contra piel resbalosa, el sonido de carne húmeda chocando llena la habitación. Estoy a punto de explotar, piensas, el olor a sexo invadiendo todo, mezclado con el humo de la ciudad que entra por la ventana entreabierta.
—No pares —te ruega, voz quebrada–. Dime otra oración.
La pasión de tu verga enterrada en mí es mi oración nightly. Y con eso, lo montas, bajando despacio hasta que te llena por completo. Duele rico, estira tus paredes internas, y empiezas a cabalgar. Arriba abajo, tetas rebotando, sus manos pellizcando pezones, uñas clavándose en tu carne. Él empuja desde abajo, verga golpeando profundo, el slap slap slap ecoa con tus gemidos altos ¡chinga qué chido!.
El clímax llega como avalancha. Cambian de posición: te pone en cuatro sobre la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra tus rodillas. Entra de nuevo, más fuerte, una mano en tu clítoris frotando círculos rápidos, la otra jalándote el pelo suave. Sientes cada vena de su polla rozando tus paredes, el calor acumulándose en tu vientre bajo. Ven conmigo, jadeas, y él acelera, gruñendo te cojo con toda la pasión, pinche rica.
Explotas primero: olas de placer te recorren, concha contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por tus muslos. Él te sigue segundos después, verga hinchándose, chorros calientes llenándote hasta rebosar. Gritas su nombre, él el tuyo, cuerpos temblando pegados, sudor goteando de su pecho al tuyo.
Caen exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su brazo alrededor de tu cintura, dedo trazando círculos perezosos en tu ombligo. El cuarto huele a sexo y paz, la ciudad ronronea abajo como si aplaudiera. —La oración con la palabra pasión más cabrona que he oído —te dice riendo bajito, besándote la sien.
Tú sonríes, el cuerpo lánguido y satisfecho, corazón latiendo aún rápido. Neta, esto fue épico, piensas, saboreando el afterglow que te envuelve como manta cálida. Mañana quién sabe, pero esta noche, la pasión fue real, cruda, mexicana hasta los huesos. Y mientras cierras los ojos, su aliento en tu cuello te arrulla al sueño, prometiendo quizás otra ronda al amanecer.