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La Diferencia Entre Crimen Pasional y Femicidio Encarna en Nuestra Piel

6640 palabras

La Diferencia Entre Crimen Pasional y Femicidio Encarna en Nuestra Piel

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de encaje en nuestro departamento en la Roma, ese rincón chido de la Ciudad de México donde el aroma a café de olla recién hecho se mezclaba con el jazmín del balcón. Yo, Alejandra, abogada de oficio con un pinche máster en derecho penal, estaba recargada en el sofá de terciopelo verde, con las piernas cruzadas sobre las de él, mi carnal, Diego. Sus manos morenas y fuertes masajeaban mis pies descalzos, enviando chispas de calor subiendo por mis pantorrillas. Llevábamos tres años juntos, y cada roce suyo aún me ponía la piel chinita como la primera vez.

La tele murmuraba de fondo, un noticiero hablando de un caso fresco: otra morra muerta a manos de su pareja. "Femicidio puro", dijo la reportera con voz grave. Diego frunció el ceño, su barba de tres días rozando mi muslo mientras se inclinaba para besar mi rodilla. "¿Qué pedo con eso, Ale? ¿Cuál es la diferencia entre crimen pasional y femicidio?" preguntó, sus ojos cafés clavados en los míos, curiosos pero con ese brillo juguetón que me derretía.

Me incorporé un poco, sintiendo el calor de su aliento en mi piel. El olor a su colonia, esa mezcla de sándalo y limón mexicano, me envolvió como un abrazo.

"Mira, wey, el crimen pasional es como un estallido de celos o pasión desbordada, algo impulsivo entre amantes que se salen de control. Pero el femicidio... ay, Diego, eso es odio puro contra las mujeres, sistemático, por ser quiénes somos. No es pasión, es violencia de género, planeada o no."
Le expliqué mientras mis dedos se enredaban en su cabello negro y revuelto. Su risa ronca vibró contra mí, y sentí su pulso acelerarse bajo mi palma.

Él se acercó más, su pecho ancho presionando mi costado. "Entonces nuestro amor ¿es crimen pasional? Porque me traes loco, Ale, con esa boca que discute leyes y luego me besa como si el mundo se acabara." Sus labios rozaron mi cuello, y un escalofrío me recorrió la espina. El sabor salado de su piel cuando lo besé en respuesta me hizo gemir bajito. No era violencia, era fuego consensual, el tipo de pasión que nos unía en lugar de destruir.

La tensión creció como una tormenta de verano en el DF. Sus manos subieron por mis muslos, bajo la falda ligera de algodón, rozando la seda de mis panties. Yo arqueé la espalda, oliendo mi propio aroma de deseo mezclándose con el suyo, ese musk terroso que me volvía loca. Qué chingón es esto, pensé, mientras lo jalaba hacia mí para un beso profundo. Nuestras lenguas danzaron, saboreando el tequila de la cena, dulce y ardiente.

Nos levantamos del sofá en un enredo de brazos y risas. Diego me cargó como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo mi trasero mientras me llevaba al cuarto. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo afuera desapareció. La cama king size nos esperaba, sábanas de hilo egipcio frescas contra el calor de nuestras pieles. Me dejó caer con gentileza, sus ojos devorándome mientras se quitaba la playera, revelando ese torso tatuado con águilas y calaveras mexicanas que tanto me gustaba trazar con la lengua.

"Muéstrame esa diferencia, mi reina", murmuró, gateando sobre mí. Sus dedos desabrocharon mi blusa despacio, botón por botón, dejando que el aire fresco besara mis pezones ya duros. Yo respondí quitándole el cinturón, sintiendo su verga dura presionando contra mis panties. Es tan grueso, tan mío, internalicé mientras lo liberaba, acariciándola con la palma, sintiendo las venas pulsar como un corazón acelerado.

La habitación se llenó de nuestros jadeos. El sonido de la ciudad lejana —cláxones y risas de transeúntes— era solo un eco. Yo lo volteé, montándome a horcajadas, frotándome contra él en un ritmo lento, torturante. Su olor a sudor fresco y deseo me inundaba las fosas nasales, y lamí su pecho, probando la sal de su piel. "Esto es pasión, pendejo, no crimen. Siente cómo te amo." Él gruñó, manos en mis caderas guiándome, acelerando el roce hasta que mis jugos mojaron su polla.

La escalada fue gradual, como el hervor de un mole poblano. Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome con placer que rayaba en dolor dulce. ¡Órale, qué rico! Grité en mi mente mientras cabalgaba, mis tetas rebotando, sus pulgares pellizcando mis pezones con justo la presión perfecta. El slap slap de piel contra piel resonaba, mezclado con mis gemidos y sus "Sí, Ale, así, mi amor." Sudor perló nuestras frentes, goteando en besos salados.

Internamente luchaba con el eco del noticiero.

En el mundo hay cabrones que confunden pasión con control, que matan por posesión. Pero nosotros... nosotros elegimos esto, lo construimos con besos y miradas.
Esa reflexión me encendió más, empujándome al borde. Diego lo sintió, volteándonos para tomar el control, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso, embriagador.

La intensidad creció: yo clavé uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían chido; él mordió mi hombro suave, no para herir, sino para marcar territorio con amor. Nuestros cuerpos se sincronizaron, pulsos latiendo al unísono. "Ven conmigo, wey", le susurré al oído, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo mientras su semen caliente me llenaba, chorro tras chorro. El orgasmo me sacudió como un terremoto, visión borrosa, gusto metálico en la boca, cuerpo temblando en olas de éxtasis.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su peso sobre mí era reconfortante, no opresivo. Besos perezosos en mi frente, su aliento cálido en mi cabello. El silencio post-sexo era roto solo por nuestras respiraciones calmándose. Esta es la diferencia, pensé, trazando círculos en su pecho. Crímenes pasionales pueden ser impulsivos, pero el femicidio es muerte. Nosotros elegimos vida, placer mutuo, empoderamiento en cada caricia.

Diego levantó la cabeza, sonriendo con labios hinchados. "¿Ves? Nuestra diferencia entre crimen pasional y femicidio es que aquí solo hay amor ardiente, nada de oscuridad." Reí bajito, jalándolo para otro beso lento. Afuera, la noche mexicana nos envolvía con luces de neón y promesas. En sus brazos, me sentía invencible, deseada, viva. Y eso, carnal, valía más que cualquier ley.

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