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Pasión Prohibida Netflix

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Pasión Prohibida Netflix

La noche caía sobre el barrio de Polanco como un manto suave de luces neón y aromas a tacos al pastor que flotaban desde la esquina. Yo, Ana, de treinta y dos años, estaba sola en mi departamento, con mi marido de viaje otra vez por negocios en Monterrey. Neta, ya me tenía harta esa rutina de cama vacía y series para matar el tiempo. Saqué el control remoto y abrí Netflix, buscando algo que me sacara del aburrimiento. Ahí estaba: Pasión Prohibida, esa telenovela que todos comentaban en el trabajo, llena de amores imposibles y cuerpos que se rozaban con miradas cargadas de fuego.

Me recosté en el sofá de piel suave, con una camiseta holgada y shorts cortos que dejaban mis piernas morenas al aire. El aire acondicionado zumbaba bajito, enfriando el calor que ya empezaba a subir por mi piel. Di play y desde el primer capítulo, la protagonista, con sus ojos negros y labios carnosos, besaba a su amante en secreto, mientras el marido ajeno roncaba en la habitación de al lado. Órale, qué rico se ve eso, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. El sonido de sus respiraciones jadeantes llenaba la sala, y yo, sin darme cuenta, apreté los muslos uno contra el otro.

¿Por qué no puedo tener algo así? Una pasión prohibida que me haga olvidar todo.

El timbre sonó de repente, sacándome del trance. Miré el reloj: las diez de la noche. ¿Quién chingados? Me asomé por la ventana y vi a Marco, mi vecino del departamento de al lado. Alto, con esa barba de tres días que le daba un aire de galán de telenovela, y músculos que se marcaban bajo su playera negra ajustada. Wey, justo lo que necesitaba. Abrí la puerta y él sonrió con esa dentadura perfecta.

"¿Qué onda, Ana? Oí la tele a todo volumen. ¿Estás viendo Pasión Prohibida en Netflix? Mi carnal me la recomendó y neta, no he podido parar", dijo con esa voz grave que me erizaba la piel.

"Pues pasa, wey. Mi viejo no está y me aburro cañón. Trae chelas si quieres", le contesté, sintiendo ya el pulso acelerado. Era prohibido, claro: él tenía novia, yo casada, y vivíamos puerta con puerta. Pero esa noche, la serie nos unía como un imán.

Entró con dos coronitas frías en la mano, el olor de su colonia fresca invadiendo el aire. Nos sentamos juntos en el sofá, tan cerca que sus jeans rozaban mi muslo desnudo. Di play de nuevo y la pantalla se llenó de gemidos ahogados, besos húmedos que sonaban como promesas rotas. Marco se recargó, su brazo musculoso a centímetros del mío.

"Mira nomás cómo se comen a besos. Neta, esa pasión prohibida de Netflix me tiene pensativo", murmuró, girando la cara hacia mí. Sus ojos cafés me clavaron en el sitio, y sentí el calor de su aliento en mi cuello.

El roce fue accidental al principio: su mano cayó sobre mi rodilla mientras reía de una escena. Pero no la quité. En cambio, la cubrí con la mía, sintiendo la aspereza de su palma contra mi piel suave. Qué chido se siente esto. La serie avanzaba, la pareja en pantalla se desnudaba en una cama de sábanas revueltas, y el aire entre nosotros se cargaba de electricidad. Mi corazón latía fuerte, como tambores en una fiesta de pueblo.

"Ana, ¿sabes qué? Esa pasión prohibida me recuerda a ti. Siempre te veo por el pasillo y pienso... cosas", confesó, su voz ronca como grava. Su mano subió despacio por mi muslo, enviando ondas de placer que me humedecían los shorts.

¡No mames! Esto es real, no la pinche serie.

Lo miré, mordiéndome el labio. "Yo también, Marco. Mi marido ni me toca hace meses. Quiero sentirme viva, como en Pasión Prohibida". Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje, sus dientes rozando los míos con sabor a cerveza y menta. Su lengua exploró mi boca, profunda y hambrienta, mientras sus manos me levantaban la camiseta, exponiendo mis pechos llenos al aire fresco.

El sofá crujió bajo nuestro peso cuando me sentó en su regazo. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela, gruesa y pulsante. "Estás mojada, Ana. Neta, me traes loco", gruñó, deslizando una mano dentro de mis shorts. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor masculino.

Me quité los shorts con prisa, quedando desnuda de la cintura para abajo. Él se desabrochó el pantalón, liberando su miembro erecto, venoso y brillante de anticipación. Lo tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi palma. "Chíngame, Marco. Hazme tuya esta noche prohibida", le supliqué, guiándolo hacia mi entrada húmeda.

Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome por completo. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes como en la serie. Sus caderas chocaban contra las mías en un ritmo frenético, piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. Cada embestida rozaba mi punto G, enviando chispas de placer por mi espina dorsal. Lo monté con fuerza, mis uñas clavándose en sus hombros anchos, oliendo el aroma salado de su cuello mientras lamía su piel.

La televisión seguía encendida de fondo, los amantes en pantalla gimiendo en sincronía con nosotros. "Eres tan chida, Ana. Tu concha me aprieta delicioso", jadeó, mordiendo mi pezón endurecido. El dolor placentero me llevó al borde. Aceleramos, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas, el sofá temblando. Mi orgasmo llegó como una ola, contrayendo mis músculos alrededor de él, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco.

Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que se derramaban por mis muslos. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Apagó la tele con el control remoto, y el silencio nos envolvió, roto solo por el zumbido del refri en la cocina.

Me acurruqué contra su pecho, escuchando los latidos de su corazón volver a la normalidad. "Esto fue como Pasión Prohibida en Netflix, pero mejor. Prohibido y adictivo", susurré, trazando círculos en su piel con la yema del dedo.

¿Y ahora qué? Mañana él con su novia, yo con mi marido. Pero esta noche, soy libre.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente cayendo sobre nosotros como lluvia de verano. Sus manos jabonosas recorrieron mi espalda, mi culo, avivando brasas que no se habían apagado del todo. Pero no fuimos más allá; el cansancio nos venció. Me prestó una de sus camisetas, oliendo a él, y se fue de madrugada con un beso en la frente.

Al día siguiente, mientras preparaba café, el sol entraba por la ventana iluminando el sofá desordenado. Sonreí recordando cada roce, cada gemido. La pasión prohibida de Netflix había despertado la mía propia, y aunque doliera el secreto, valía la pena. Marco me mandó un mensaje: "¿Otra noche de serie?". Respondí con un emoji de fuego. Pinche vicio, pero qué rico.

Desde entonces, cada vez que abro Netflix, siento ese cosquilleo. Pasión Prohibida no es solo una serie; es el detonante de mi deseo más crudo, prohibido y eterno.

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