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Kondo Pasión Seguro Social

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Kondo Pasión Seguro Social

Yo era Ana, enfermera en el IMSS del Seguro Social en la Ciudad de México. Cada día entraba al hospital con mi uniforme blanco ajustado, sintiendo el aire fresco del acondicionador golpeando mi piel morena. El olor a desinfectante y café recién hecho llenaba los pasillos, mezclado con el murmullo constante de pacientes y doctores gritando órdenes. Pero todo cambió cuando llegó él: el doctor Kondo.

Era japonés-mexicano, con ojos rasgados que brillaban como obsidiana bajo las luces fluorescentes, cabello negro peinado hacia atrás y una sonrisa que hacía que mis rodillas flaquearan. Su bata blanca no podía ocultar los músculos definidos de sus hombros, forjados en quién sabe qué gimnasio fancy de Polanco. ¿Qué hace un galán así en el Seguro Social? me preguntaba yo mientras lo veía revisar expedientes en la sala de juntas. Su voz grave, con ese acento suave que mezclaba el japonés con el chilango, resonaba como un ronroneo: "¡Órale, Ana, pásame el fonendo!"

Al principio, era solo tensión inocente. Nuestras manos se rozaban al entregar jeringas, y yo sentía un cosquilleo eléctrico subir por mi brazo hasta el pecho. Olía a su colonia, algo cítrico y masculino que cortaba el hedor hospitalario. En mi mente, fantaseaba:

Imagina si me acorrala contra la pared del almacén, sus labios en mi cuello, sus manos bajando mi blusa...
Pero yo me mordía el labio y seguía con las curaciones, ignorando cómo mi panocha se humedecía solo con su mirada.

Una noche de guardia pesada, el hospital estaba casi vacío. Lluvia torrencial azotaba las ventanas, el trueno retumbaba como un tamborazo zacatecano. Yo terminaba mi turno en emergencias cuando Kondo apareció en la puerta del descanso de enfermeras. Llevaba la bata entreabierta, revelando una camisa azul que se pegaba a su torso por el sudor del día largo.

"¿Ya te vas, nena? Qué lástima, el turno sin ti es un pedo", dijo con esa sonrisa pícara, apoyándose en el marco. Su aliento olía a menta fresca, y el calor de su cuerpo invadía el cuarto frío.

Me reí, nerviosa, sintiendo mi corazón latir como tambor en quinceañera. "Doctor Kondo, no se me haga el galán. Aquí en el Seguro Social todos somos profesionales, ¿eh?" Pero mis ojos bajaban a su entrepierna, notando el bulto sutil bajo los pantalones. Él se acercó, su mano rozando mi cintura accidentalmente –o no tanto– y el toque fue fuego puro. Piel contra piel, suave y firme.

"Ana, desde que llegué, no dejo de pensar en ti. Esa forma en que te mueves, como si bailaras cumbia en cada paso. ¿Quieres un cafecito antes de irte?" Su voz era un susurro ronco, cargado de promesas.

El deseo me traicionaba. "Va, pero solo un ratito, güey". Nos sentamos en la salita, piernas rozándose bajo la mesa. Hablamos de todo: de cómo él vino de Tokio a estudiar medicina aquí, de mis sueños de abrir un consultorio propio. Pero la tensión crecía. Sus dedos jugaban con el borde de mi taza, y yo imaginaba esos mismos dedos explorando mi cuerpo. El aroma de su piel se mezclaba con el mío, un perfume de mujer sudada por el calor húmedo de la noche.

De repente, su mano cubrió la mía. "Ana, no aguanto más. Quiero besarte". Lo miré a los ojos, el pulso acelerado en mi garganta. "¿Y si nos ven, doctor?" Pero mi cuerpo gritaba sí. Me incliné, nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, exploratorio. Sabía a café y deseo prohibido. Sus labios carnosos presionaron más, lengua danzando con la mía, un gemido escapó de mi boca.

Acto seguido, me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al cuarto de suministros contiguo. La puerta se cerró con clic, y el mundo se redujo a nosotros. Sus manos desabotonaron mi blusa con urgencia, exponiendo mis senos llenos, pezones endurecidos por el aire y la excitación. "¡Qué chingones están, Ana! Perfectos", murmuró, lamiendo uno con devoción. El roce húmedo de su lengua envió ondas de placer hasta mi centro, mi clítoris palpitando como loco.

Yo no me quedé atrás. Bajé su cremallera, liberando su verga gruesa, venosa, dura como acero. Olía a hombre puro, almizcle varonil que me mareaba. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre rigidez, y él gruñó: "¡Sí, mámacita, así!" La chupé despacio, saboreando la sal de su pre-semen, mi lengua girando en la cabeza sensible. Sus caderas se movían al ritmo, manos enredadas en mi pelo.

Pero él me detuvo, jadeante. "Espera, Ana. Usemos condón, aquí en el Seguro Social sabemos de eso. Pasión segura, ¿no?" Sacó uno del bolsillo –el pendejo siempre preparado–, y yo reí entre besos. "Eres un responsable, doctor Kondo". Se lo puso con maestría, la látex brillando bajo la luz tenue.

Me recargó contra la mesa de suministros, falda subida, panties a un lado. Su dedo exploró mi humedad primero, resbaladizo, abriendo camino. "Estás chorreando, preciosa". Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. El estiramiento era exquisito, dolor-placer que me arqueó la espalda. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes llenas de cajas de gasas.

Empezó a bombear, rítmico, profundo. Cada embestida hacía que mis senos rebotaran, su boca capturando uno mientras sus caderas chocaban contra mis nalgas. Sudor nos unía, piel resbalosa, el slap-slap de carne contra carne ahogando la lluvia afuera. Olía a sexo crudo: mi jugo, su sudor, el condón lubricado. "¡Más fuerte, Kondo! ¡Chíngame como hombre!" le supliqué, uñas clavadas en su espalda.

Él aceleró, gruñendo en mi oído: "Eres mi vicio, Ana. Esta panocha es mía". Sentía su verga pulsar dentro, rozando mi punto G con cada golpe. La tensión subía como volcán, mis muslos temblando, vientre contrayéndose. "¡Me vengo, cabrón!" exploté, olas de éxtasis recorriéndome, paredes internas apretándolo como puño.

Él se corrió segundos después, un rugido gutural, cuerpo rígido contra el mío. Nos quedamos unidos, respiraciones entrecortadas, besos suaves en la afterglow. El condón capturó todo, pasión segura en el Seguro Social.

Nos vestimos riendo bajito, arreglando el desmadre. "Esto no termina aquí, ¿verdad?", pregunté, peinándome con dedos temblorosos.

"Ni madres, mi reina. Mañana repetimos, pero en mi depa. Kondo pasión total", prometió, guiñando.

Salimos por separado, pero mi cuerpo aún vibraba con su esencia. Caminé bajo la lluvia, sonrisa tonta, sabiendo que el Seguro Social acababa de volverse mi paraíso personal. El deseo no era solo físico; era conexión, risas compartidas en medio del caos. Y eso, güeyes, valía más que cualquier guardia eterna.

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