Pancho Pasión Puebla
Llegué a Puebla con el sol besando las cúpulas de la Catedral y un calor que se pegaba a la piel como una promesa. Yo, Ana, una chilanga harta del ruido de la CDMX, buscaba un respiro en esas calles empedradas llenas de talavera y mole. Caminaba por el Callejón de los Sapos cuando lo vi: Pancho, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que hacía que el estómago se me revolciera. Vendía artesanías en un puesto, pero sus ojos, negros como el chocolate de la 5 de mayo, me atraparon de inmediato.
Órale, güerita, ¿vienes a conquistar Puebla o nomás a probar el cemita?
me dijo con voz grave, mientras me ofrecía un molcajete tallado. Su acento poblano era como miel caliente, arrastrando las palabras con esa calidez que te hace sentir en casa. Reí, coqueteando sin pensarlo.
Las dos cosas, pero si el cemita es tan rico como tú pareces, me quedo pa'l rato.
Así empezó todo. Pancho, pasión Puebla hecha hombre. Me contó que era de Cholula, que subía pirámides por diversión y que su pancho –así le decía a su pasión por la vida– lo llevaba a coquetear con las turistas. Pero en sus ojos vi algo más, un fuego que no era solo juego.
¿Y si este pendejo me hace olvidar todo? Pensé, mientras su mano rozaba la mía al pasarme una pieza de onix. El toque fue eléctrico, como si mi piel gritara por más.
Quedamos en vernos esa noche en el zócalo. El aire olía a elotes asados y jazmín de los puestos florales. Pancho llegó puntual, con camisa guayabera ajustada que marcaba sus hombros anchos. Caminamos bajo las luces de los faroles, platicando de todo: del volcán que se asomaba lejano, de cómo el mole poblano era como el amor, picante y dulce a la vez.
Ven, te enseño mi Puebla secreta,
murmuró, tomándome de la mano. Subimos a un mirador cerca de la Capilla del Arte, donde la ciudad se extendía como un tapiz iluminado. El viento fresco jugaba con mi falda, y él se acercó, su aliento cálido en mi cuello.
Eres fuego, Ana. Me prendes como chile en nogada.
Lo besé entonces, sin aguantar más. Sus labios eran firmes, con sabor a café de olla y algo salvaje. Sus manos grandes me rodearon la cintura, atrayéndome contra su pecho duro. Sentí su corazón latiendo fuerte, sincronizado con el mío. Bajamos del mirador casi corriendo, riendo como chavos, directos a su departamento en el centro histórico. Un lugar chido, con paredes de adobe pintadas de azul talavera y velas que olían a vainilla.
Adentro, la tensión creció como tormenta. Pancho me sirvió pulque fresco, espumoso y dulce, que nos aflojó las lenguas y los cuerpos. Nos sentamos en el sillón de cuero viejo, sus dedos trazando patrones en mi muslo desnudo. Qué rico se siente su tacto, áspero de trabajar con barro, pero tierno donde cuenta.
¡No mames, Ana, este güey te va a volver loca! Mi mente gritaba, mientras su boca bajaba por mi cuello, mordisqueando suave.
Te quiero toda, nena,
ronroneó, quitándome la blusa con urgencia consentida. Asentí, jadeando, mis manos explorando su pecho lampiño, bajando hasta el bulto que crecía en sus jeans. Lo desabroché despacio, saboreando el momento. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con pancho puro. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la dureza. Él gimió, un sonido gutural que me mojó al instante.
Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a la cama king size, cubierta de sábanas de algodón egipcio que olían a él: tierra mojada y hombre. Me recostó con cuidado, besando cada centímetro de mi piel expuesta. Sus labios en mis pechos, chupando los pezones hasta endurecerlos como piedras de obsidiana. Lamía con hambre, succionando, mientras sus dedos bajaban por mi vientre plano, colándose en mis panties de encaje.
Estás chorreando, mi amor,
dijo, metiendo dos dedos en mi concha húmeda. Gemí alto, arqueándome. Movía la mano experta, frotando mi clítoris hinchado con el pulgar, mientras sus dedos curvados tocaban ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: jugos chapoteando, mi respiración entrecortada, sus gruñidos de placer.
Lo empujé hacia atrás, queriendo devolverle. Me arrodillé entre sus piernas, admirando su miembro erecto, la gota de precum brillando en la punta. Lo lamí despacio, desde la base hasta la cabeza, saboreando su gusto salado y almizclado. ¡Qué verga más rica, Pancho! Grosota, perfecta pa' mi boca. La chupé hondo, tragándomela hasta la garganta, mientras él me agarraba el pelo suave, guiándome sin forzar.
Esto es pasión Puebla, pura y ardiente. Nadie en la CDMX me hace sentir así de viva.
No aguantamos más. Me monté encima, frotando mi entrada mojada contra su punta. Bajé lento, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué grande!
grité, mientras él me tomaba las caderas. Empecé a moverme, cabalgándolo como amazona en el Popo. Sus manos amasaban mis nalgas, azotando suave, el sonido rebotando en las paredes. Sudábamos, piel contra piel resbalosa, olores mezclados: sexo, pulque, su colonia barata pero excitante.
Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo. Cada estocada era un trueno: su pelvis chocando mi clítoris, sus bolas golpeando mi culo. Más duro, Pancho, dame toda tu pancho pasion puebla,
le supliqué. Aceleró, besándome feroz, lenguas enredadas. Sentí el orgasmo subir, como volcán erupcionando. Grité su nombre, convulsionando alrededor de su verga, ordeñándolo.
Él se vino segundos después, rugiendo, llenándome con chorros calientes que se desbordaban. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de placer. Su peso sobre mí era perfecto, protector.
Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la ventana, viendo las luces de Puebla titilar. Me acariciaba el pelo, besándome la frente.
Esto no fue solo un polvo, Ana. Es pancho pasion puebla, de la buena.
Sonreí, sabiendo que volvería. Puebla ya no era solo un viaje; era el inicio de algo ardiente, consensual, nuestro. El sol salió tiñendo el cielo de rosa, como mi piel marcada por sus besos. Y yo, satisfecha hasta los huesos, me quedé dormida en sus brazos, soñando con más noches así.