Idioma de la Pasion de Cristo
La pantalla del tele parpadeaba con las imágenes crudas de La Pasion de Cristo en idioma original, el español que resonaba como un latido en la penumbra de mi depa en la Roma Norte. Era Semana Santa y Marco, mi carnal desde la uni, había insistido en verla juntos. "Neta, Ana, esto te va a volar la cabeza", me dijo mientras se recargaba en el sofá, su pierna rozando la mía con esa calidez que ya me traía loco el pulso. El sudor de Cristo en la cruz, los gemidos de dolor, el olor a incienso que imaginaba flotando en el aire... todo eso me ponía la piel chinita, pero no solo por fe. Había algo carnal, un fuego escondido que me hacía apretar las piernas.
Yo, con mi 28 años, siempre había sido la santa de la familia, misa los domingos, rosario en la bolsa. Pero Marco era otro rollo: alto, moreno, con esa barba de tres días que raspaba delicioso y ojos que prometían pecados sin remordimientos. Mientras Mel Gibson dirigía esa escena del látigo, sentí su mano en mi muslo, subiendo despacito por debajo de mi falda.
"¿Sientes eso, amor? Ese dolor que se vuelve éxtasis... como nuestra pasión."Su voz grave, con ese acento chilango que me derretía, me erizó el vello de la nuca.
Apagué el tele de un jalón. El silencio cayó pesado, solo roto por nuestra respiración agitada. Me volteé y lo besé, hambrienta, saboreando el tequila en su lengua, salado y dulce como el sudor de un amante. Sus manos expertas me quitaron la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche que entraba por la ventana. Olía a jazmín del patio vecino, mezclado con su aroma masculino, ese que me hacía mojarme sin remedio.
Acto primero: el despertar
Nos quedamos ahí, en el sofá viejo que crujía bajo nuestro peso. Marco me miró con hambre, sus dedos trazando círculos en mis pezones ya duros como piedras. ¿Por qué carajos me resisto tanto?, pensé mientras gemía bajito. Recordé las pláticas con mis amigas en el café de la Condesa: "Ana, ya déjate llevar, la vida es pa' gozarla". Él se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando lento hasta mi tanga empapada. El roce de su barba en mis muslos internos fue eléctrico, un cosquilleo que subía directo al clítoris. "Estás chingona mojada, mi reina", murmuró, y su aliento caliente me hizo arquear la espalda.
Le jalé el pelo, guiándolo. Su lengua encontró mi centro, lamiendo con devoción, saboreando mis jugos como si fuera el néctar de los dioses. Escuchaba los chupetazos húmedos, mis propios jadeos roncos llenando la sala. Olía a sexo puro, a deseo fermentado.
"Más, pendejo, no pares", le ordené, y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en mi punto G, haciendo que mis paredes se contrajeran en espasmos.
Pero no era solo físico. En mi mente, las imágenes de la película se mezclaban: el sufrimiento de Cristo como metáfora de este anhelo que me consumía. ¿Era pecado? Neta, en ese momento me valía madres. Marco era mi salvación, mi cruz personal que cargaba con gusto.
El fuego sube
Lo empujé al piso, montándome encima como una amazona. Le arranqué la playera, lamiendo su pecho velludo, saboreando el salitre de su piel. Sus abdominales se contraían bajo mi lengua, duros como roca. Bajé a su pantalón, liberando su verga tiesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor irradiar, el pulso acelerado como un tambor azteca. Qué chingón se ve, pensé, mientras la chupaba despacio, metiéndomela hasta la garganta, ahogándome en su sabor almizclado, con ese toque de precum salado.
Él gruñía, "Cabróna deliciosa", agarrándome las nalgas, amasándolas fuerte. Me levantó como si nada y me llevó a la cama, tirándome sobre las sábanas revueltas que olían a nosotros de noches pasadas. Se colocó entre mis piernas, frotando su punta en mi entrada resbalosa. "Dime que la quieres, Ana. En el idioma de la pasión de Cristo, grita tu deseo". Sus palabras me prendieron más. "Sí, métemela toda, wey, rómpeme".
Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía placero, mis paredes lo abrazaban como un guante. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de pelvis que hacía eco en la habitación. Sentía cada vena rozándome, su pubis machacando mi clítoris. Sudábamos a chorros, el olor a sexo invadiendo todo, mezclado con el perfume de mi loción de vainilla.
Nos volteamos, yo arriba ahora, cabalgándolo como loca. Mis tetas rebotaban, él las atrapaba, pellizcando pezones hasta doler rico.
"Eres mi diosa pagana, Ana", jadeaba. Aceleré, girando caderas, sintiendo el orgasmo construir como una ola en la costa de Acapulco. Mis pensamientos eran un torbellino: Esto es el verdadero idioma, el de la carne gritando éxtasis, no el de sermones fríos.
Él se tensó debajo, "Me vengo, amor". "Adentro, lléname", supliqué. Su corrida caliente me inundó, detonando la mía. Grité, un alarido gutural que debió oírse en el edificio entero. Ondas de placer me sacudían, visión borrosa, pulsos en oídos, cuerpo convulsionando sobre el suyo.
El paraíso postrero
Caímos exhaustos, enredados en un charco de sudor y fluidos. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, corazón latiendo como trueno. Besé su cuello, saboreando la sal, mientras el aire se enfriaba lentamente. Afuera, la ciudad ronroneaba: cláxones lejanos, risas de borrachos en la calle.
"¿Ves? La pasión de Cristo no es solo dolor, es entrega total", murmuró Marco, acariciando mi espalda. Sonreí, tiene razón, este idioma lo acabamos de hablar fluido. Me acurruqué, sintiendo su verga ablandarse dentro de mí aún, un recordatorio tierno. No había culpa, solo paz carnal, esa que te deja el alma en calma después de la tormenta.
Al día siguiente, en la cocina tomando café, él me guiñó: "Otra vez el idioma de la pasión de Cristo esta noche?". Reí, jalándolo para un beso mañanero. La Semana Santa acababa de volverse eterna en mi piel.