Pasión con mi Jefa
Trabajaba en una agencia de publicidad en el corazón de Polanco, un lugar donde el aire olía a café recién molido y a las colonias caras que usaban los ejecutivos. Mi jefa, Karla, era una mujer de unos treinta y cinco años, con curvas que desafiaban la gravedad y una mirada que te desnudaba sin piedad. Pelo negro azabache cayendo en ondas sobre sus hombros, labios carnosos siempre pintados de rojo fuego, y un cuerpo que gritaba ven y tómalo. Yo, un pendejo de veintiocho con más ganas que experiencia, la veía pasar por el pasillo y sentía un cosquilleo en el estómago, como si me hubiera comido un chile habanero entero.
Todo empezó un viernes por la tarde. La oficina estaba casi vacía, solo quedábamos unos cuantos locos terminando pendientes. Karla me llamó a su cubículo, que era más bien una oficina con vista al skyline de la Ciudad de México. Órale, carnal, necesito que me ayudes con esta presentación
, dijo con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina. Me senté a su lado, tan cerca que podía oler su perfume, una mezcla de vainilla y algo salvaje, como jazmín en calor. Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa y ella no se apartó. Al contrario, su pierna presionó un poquito más, como probando el terreno.
Yo tragaba saliva, sintiendo cómo mi verga empezaba a despertar, apretada contra el pantalón. ¿Qué chingados estoy pensando? Es mi jefa, no una cualquiera, me dije, pero el calor de su piel a través de la media de nilón me traía de cabeza. Hablamos de gráficos y estrategias, pero sus ojos se clavaban en los míos con una intensidad que no era solo profesional. ¿Sabes qué me gusta de ti, güey? Que eres directo, sin pendejadas
, murmuró, y su mano rozó mi muslo accidentalmente. O no tan accidental.
El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja y rosa, y el tráfico de Reforma rugía allá abajo como un río de cláxones. Karla se recargó en su silla, desabotonando el primer botón de su blusa blanca, dejando ver el encaje negro de su sostén. Mierda, esto es pasión con mi jefa en potencia, pensé, y mi pulso se aceleró como tamborazo zacatecano.
La tensión creció esa semana. Todos los días, pequeños roces: su dedo en mi mano al pasarme un folder, su risa gutural cuando yo hacía un chiste tonto, el modo en que se mordía el labio inferior mirándome trabajar. Una noche, quedamos solos de nuevo. Ven, ayúdame a cerrar esto
, dijo, y cerró la puerta con llave. El clic del seguro sonó como una promesa. Se acercó, su falda lápiz subiendo por sus muslos firmes, y me empujó contra el escritorio. Ya me harté de fingir, pendejo. Te quiero desde el primer día que entraste
.
Su boca se estrelló contra la mía, caliente y húmeda, saboreando a menta y deseo puro. Gemí en su lengua, mis manos subiendo por su espalda, sintiendo la seda de su blusa y el calor de su piel debajo. Olía a sudor ligero mezclado con su perfume, un aroma que me volvía loco. La besé con hambre, mordisqueando su cuello donde latía su pulso rápido, salado en mi lengua. Esto es real, carnal, no un sueño mojado.
Karla jadeaba, Quítame esto, cabrón
, y yo obedecí, arrancándole la blusa con un sonido de botones volando. Sus tetas perfectas saltaron libres del encaje, pezones duros como piedras de obsidiana, morenos y erectos. Las chupé con ganas, succionando fuerte mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo ¡Ay, qué rico!. Sus uñas se clavaban en mi nuca, enviando chispas por mi espina dorsal. Bajé la mano por su vientre plano, sintiendo los músculos contraerse, hasta meterla bajo la falda. Su calzón estaba empapado, caliente como lava.
Te sientes tan mojada, jefa
, le susurré al oído, y ella rio bajito, Por ti, idiota. Fóllame ya
. La volteé contra el escritorio, levantándole la falda hasta la cintura. Sus nalgas redondas, cubiertas solo por la tanga negra, me hipnotizaron. La bajé de un jalón, exponiendo su coño depilado, hinchado y brillante de jugos. El olor almizclado me golpeó, puro sexo mexicano, intenso y adictivo. Me arrodillé, lamiéndola desde atrás, lengua plana saboreando su clítoris hinchado. Karla gritó, ¡Sí, así, lame mi panocha!
, empujando contra mi cara, untándome los labios con su miel dulce y salada.
Mi verga dolía de dura, palpitando contra el bóxer. Me puse de pie, bajándome el pantalón de un tiro. Ella miró por encima del hombro, ojos encendidos. Qué vergota tienes, güey. Métemela
. Agarré sus caderas, piel suave y sudorosa, y empujé despacio. Su coño me tragó centímetro a centímetro, apretado y caliente como un guante de terciopelo húmedo. Gemimos juntos, el sonido rebotando en las paredes de vidrio. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena de mi pito rozar sus paredes internas, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos.
La volteé de frente, queriendo verla. Sus tetas rebotaban con cada embestida, sudor perlando su escote. La besé mientras la follaba duro, su lengua enredándose con la mía, gusto a sexo y lipstick. Esto es pasión con mi jefa, pura y jodidamente intensa, rugía en mi mente. Sus piernas se enredaron en mi cintura, talones clavándose en mi culo, urgiéndome más profundo. ¡Más rápido, cabrón! ¡Hazme venir!
, suplicaba, voz quebrada.
Aceleré, el escritorio crujiendo bajo nosotros, papeles volando al suelo. Su coño se contrajo, ordeñándome, y Karla explotó primero: ¡Me vengo! ¡Ay, Dios!, gritó, uñas rasgando mi espalda, jugos chorreando por mis bolas. Eso me llevó al límite. Empujé una última vez, profundo, y descargué dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras mi cuerpo temblaba. Olía a semen y sudor, a nosotros fusionados.
Nos quedamos pegados, respirando agitados, su cabeza en mi hombro. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Karla levantó la cara, sonriendo pícara. Esto no fue un error, ¿verdad?
, preguntó, besándome suave. Yo negué con la cabeza, acariciando su pelo revuelto. Ni madres, jefa. Esto es el principio
.
Nos vestimos entre risas, recogiendo el desmadre. Afuera, la noche caía sobre la ciudad, luces de neón parpadeando como estrellas artificiales. Caminamos juntos al elevador, su mano en la mía, un secreto compartido. En el afterglow, sentía una paz chida, como después de un buen pozole con chela. Pasión con mi jefa, repetí en mi mente, saboreando el recuerdo de su piel, su sabor, su entrega total.
Desde esa noche, todo cambió. Las juntas se volvieron pretexto para miradas calientes, toques disimulados. Karla me ascendió un día, guiñándome el ojo. Por buen desempeño
, dijo en voz alta, y en privado, Y porque me follas como nadie
. Nuestra historia siguió, un fuego que ardía sin quemar, puro placer consensual entre adultos que se deseaban a rabiar. En México, donde la pasión corre por las venas como tequila, esto era solo el comienzo de muchas noches inolvidables.