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Novela de Pasión y Poder

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Novela de Pasión y Poder

Ana María caminaba por el lobby del hotel en Polanco con el corazón latiéndole como tambor en fiesta. El vestido rojo ceñido a su cuerpo curvilíneo susurraba contra su piel morena cada vez que daba un paso. El aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el humo ligero de los cigarros cubanos que flotaba en el aire de la gala. Esta noche voy a comerme el mundo, pensó mientras ajustaba el escote que dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquier macho alfa por aquí.

Entonces lo vio. Rodrigo Salazar, el rey de los negocios en la Ciudad de México, con su traje negro impecable que marcaba hombros anchos y cintura estrecha. Sus ojos oscuros la escanearon de arriba abajo como si ya la estuviera desnudando. Qué chingón se ve el cabrón, se dijo Ana, sintiendo un cosquilleo en el bajo vientre. Él se acercó con esa sonrisa de tiburón que prometía tanto placer como problemas.

Mamacita, ¿vienes a conquistar o a ser conquistada? —le dijo con voz grave que vibró en el pecho de ella como un bajo en antro.

Ana soltó una risa ronca, juguetona. —Depende del poder que traigas, guapo. Yo no me dejo de cualquiera.

Hablaron de deals millonarios y sueños grandes mientras champán burbujeaba en sus copas. Cada roce accidental de sus manos enviaba chispas por la espina de Ana. Él olía a colonia cara y a hombre en control, un olor que la hacía mojar las bragas de encaje negro. Esto es como una novela de pasión y poder, pensó ella, recordando esas telenovelas que su abuelita veía, pero con esteroides eróticos.

La tensión crecía con cada mirada. Rodrigo la tomó de la mano y la sacó a la terraza. La brisa nocturna de la ciudad les acariciaba la piel, luces de Reforma parpadeaban abajo como estrellas caídas. —Ven conmigo —murmuró él al oído, su aliento caliente rozándole el lóbulo—. Quiero mostrarte mi mundo.

Ana no dudó. Subieron al penthouse en su Range Rover negro, el motor rugiendo como su deseo. Dentro del elevador privado, él la acorraló contra la pared de espejos. Sus labios rozaron su cuello, saboreando el salado de su sudor fresco. —Dime que sí —gruñó.

¡Órale, sí! —jadeó ella, arqueando la espalda.

El departamento era puro lujo: ventanales del piso al techo con vista al skyline, pieles suaves en el piso, velas ya encendidas que llenaban el aire de vainilla y ámbar. Rodrigo la besó con hambre, lenguas danzando en un duelo húmedo y feroz. Sus manos grandes exploraban sus curvas, apretando nalgas firmes bajo la falda. Ana gemía bajito, sintiendo su verga dura presionando contra su muslo. Qué pedazo de hombre, neta.

La llevó al sofá de cuero negro, que crujió bajo su peso. —Quítate el vestido slow —ordenó con voz de jefe, ojos brillando de lujuria. Ana obedeció, deslizando la tela roja por sus hombros, revelando tetas grandes y perfectas con pezones oscuros ya tiesos. El aire fresco los erizó más. Él se lamió los labios, admirándola como a una diosa azteca.

—Eres fuego puro —dijo, arrodillándose para besar su ombligo, bajando despacio. Sus dedos juguetearon con el encaje húmedo de sus calzones. Ana temblaba, el pulso latiéndole en la concha como un corazón desbocado.

Me tiene en sus manos, pero yo controlo este juego. Pasión y poder, así se baila.
Ella lo empujó al sofá y se subió a horcajadas, desabrochando su camisa para lamer su pecho velludo, saboreando sal y testosterona.

La cosa escaló rápido. Rodrigo le arrancó las bragas con un tirón juguetón, exponiendo su panocha depilada y reluciente. —Qué rica estás, mojada para mí —gruñó, metiendo dos dedos gruesos que la llenaron de golpe. Ana gritó de placer, cabalgando su mano mientras sus jugos chorreaban por su muñeca. El sonido chapoteante era obsceno, mezclado con sus jadeos y el tráfico lejano de la ciudad.

Pero ella quería más poder. Lo volteó, quitándole pantalón y bóxers. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que ella lamió con deleite, sabor salado y almizclado invadiéndole la boca. —A huevo, chúpamela bien —la animó él, enredando dedos en su cabello negro largo. Ana lo tragó profundo, garganta relajada por práctica, sintiendo venas palpitar contra su lengua. Él gemía como loco, caderas empujando suave.

La tensión psicológica ardía. Él manda en los negocios, pero aquí yo decido cuándo explota, pensó Ana, deteniéndose justo antes de que se viniera. Rodrigo la miró con ojos de animal salvaje. —Cabróna, ven aquí —la jaló a su regazo, posicionándola sobre su polla dura como acero.

Se hundió en ella de un solo embestida, estirándola deliciosamente. Ana aulló, uñas clavándose en su espalda mientras lo montaba con furia. Piel contra piel chapoteaba, sudor perlando sus cuerpos. Él chupaba sus tetas, mordisqueando pezones que dolían de placer. El olor a sexo crudo llenaba la habitación: almizcle, sudor, esencia de ella.

Cambiaron posiciones como en coreografía erótica. De lado en el sofá, él detrás embistiéndola profundo, mano en su clítoris frotando círculos perfectos. —Dime que soy tu rey —jadeaba.

—Eres mi rey, pero yo tu reina —respondió ella, volteando para besarlo con lengua posesiva. La intensidad subía, orgasmos acechando. Ana sentía el calor acumulándose en su vientre, músculos contrayéndose alrededor de su verga.

Él la puso a cuatro patas en la alfombra de piel, penetrándola con golpes potentes que hacían rebotar sus nalgas. El slap-slap-slap resonaba, su saco golpeando su clítoris. —¡Chíngame más duro! —suplicó ella, perdida en éxtasis. Rodrigo obedeció, una mano en su cadera, otra tirando cabello suave. El poder fluía entre ellos, consensual y electrizante.

El clímax llegó como tsunami. Ana explotó primero, concha apretando su verga en espasmos, chorros de squirt mojando muslos de ambos. Gritó su nombre, visión nublada por estrellas. Rodrigo la siguió segundos después, gruñendo como bestia mientras llenaba su interior de leche caliente, pulsos interminables.

Colapsaron juntos en la alfombra, cuerpos entrelazados y pegajosos de sudor y fluidos. El pecho de él subía y bajaba contra sus tetas, corazones latiendo al unísono. El aroma post-sexo era embriagador, mezclado con velas apagándose. Ana trazó círculos en su pecho con uña roja. Esto fue más que un polvo, fue pasión y poder en carne viva.

Neta, eres adictiva —murmuró él, besándole la frente.

—Y tú un peligro delicioso —rió ella bajito, sintiendo su verga semi-dura aún dentro, promesa de rondas futuras.

Se quedaron así hasta el amanecer, ciudad despertando abajo. Ana sonrió al techo, sabiendo que esta novela de pasión y poder apenas empezaba. En sus brazos, se sentía invencible, empoderada en la entrega mutua. El sol tiñó sus pieles de oro, sellando la noche eterna.

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