La Pasion de Cristo Diablo Bebe
El sol de la Riviera Maya caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena, mientras yo, recostada en la terraza de nuestra villa privada, sentía el salitre del mar besándome las piernas desnudas. Llevaba puesto ese bikini rojo que tanto le gustaba a él, el hombre que me volvía loca, mi Cristo Diablo. Sí, así le decía, porque en la cama era un demonio disfrazado de santo, con esa mirada que prometía pecados deliciosos. Yo era su Bebé, su consentida, la que se derretía con solo un roce de sus dedos callosos.
Desde la playa, lo vi llegar caminando con ese paso seguro, su torso bronceado brillando bajo el sol, los músculos de sus brazos flexionándose como si cargara el mundo entero. Vestía solo unos shorts de baño ajustados que marcaban todo lo que yo anhelaba. Mi corazón latió más fuerte, un tambor en el pecho que anunciaba tormenta. Órale, Bebé, ya viene tu hombre, me dije a mí misma, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.
—Mi Bebé —gruñó al llegar, su voz ronca como el rugido del mar en la noche—. ¿Me extrañaste?
Me levanté despacio, dejando que mis chichis rebotaran un poquito para provocarlo, y me pegué a su cuerpo sudoroso. Olía a sal, a arena caliente y a ese hombre que me hacía mojarme con solo olerlo. Sus manos grandes me agarraron la cintura, apretándome contra su verga ya semi-dura. Sentí su calor a través de la tela, palpitante, y un gemido se me escapó sin querer.
Neta, este wey me tiene loca. Cada vez que me toca, siento que voy a explotar como piñata en fiesta.
Acto primero de nuestra pasión: los besos. Me devoró la boca con hambre de lobo, su lengua invadiendo la mía, saboreando mi gloss de fresa mezclado con el tequila que me había echado antes. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas como masa de tamales, y yo arqueé la espalda, presionando mis pezones duros contra su pecho peludo. El sonido de las olas rompiendo en la orilla se mezclaba con nuestros jadeos, y el viento traía el aroma de cocos maduros y jazmines del jardín.
—Vamos adentro, mi Cristo Diablo —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo—. No quiero que los vecinos vean cómo me vas a romper.
Me cargó en brazos como si fuera una pluma, riendo con esa carcajada grave que me erizaba la piel. La villa era un paraíso: paredes blancas, muebles de mimbre, una cama king size con sábanas de algodón egipcio esperando por nosotros. Me tiró sobre el colchón con gentileza bruta, y se quitó los shorts de un jalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un arma cargada. Me lamió los labios al verla, y yo abrí las piernas instintivamente, mostrando mi concha ya empapada bajo el bikini.
En el medio de nuestra danza, la tensión subió como el calor de un comal. Empezó quitándome el top, chupando mis tetas con devoción de sacerdote pagano. Sus labios calientes succionaban mis pezones, tirando de ellos con los dientes, y yo gemía ¡ay, cabrón! mientras mis uñas se clavaban en su espalda. Bajó más, besando mi ombligo, lamiendo el sudor salado de mi vientre. El olor de mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce, como miel de abeja silvestre.
Piensa, Bebé, no te vengas todavía, me ordené, pero era imposible. Cuando me arrancó el bottom y hundió la cara entre mis muslos, grité su nombre. Su lengua era un diablo danzante, lamiendo mi clítoris hinchado, metiéndose en mi entrada resbalosa. Saboreaba mis jugos con gruñidos de placer, y yo cabalgaba su boca, mis caderas moviéndose solas, el colchón crujiendo bajo nosotros. El sonido húmedo de su chupeteo, mis chillidos ahogados, el ventilador zumbando arriba... todo se volvía un torbellino sensorial.
—La pasión de Cristo Diablo Bebé —murmuró contra mi piel, y esas palabras me prendieron fuego. Era nuestro código, nuestro mantra sucio para cuando nos poníamos intensos. Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas, y sentí su verga rozando mi culo. No entró de golpe; no, mi hombre sabe jugar. Primero frotó la cabeza mojada por mis labios vaginales, lubricándose con mis mieles, hasta que rogué:
—Métemela ya, pendejo, ¡no me hagas sufrir!
Rió y empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera su grosor. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y el slap-slap de su pelvis contra mis nalgas resonaba como tambores aztecas. Sudábamos a chorros, el olor de sexo crudo impregnando el aire, mezclado con su colonia masculina y mi perfume floral.
¡Qué rico! Este diablo me folla como nadie, me hace sentir reina y puta al mismo tiempo.
La intensidad creció. Me jaló el pelo con una mano, la otra pellizcándome el clítoris, y aceleró el ritmo. Yo empujaba hacia atrás, encontrando cada embestida, mis tetas balanceándose locas. Gritos en mexicano puro: ¡órale, más duro, mi rey! Él gruñía como bestia, llamándome su Bebé caliente, su adicción. El clímax se acercaba, un volcán rugiendo en mi vientre. Mis piernas temblaban, el placer subiendo por la espina como rayos.
En el final glorioso, explotamos juntos. Sentí su verga hincharse, disparando chorros calientes dentro de mí, mientras mi concha se contraía en espasmos interminables. Grité ¡Cristo Diablo!, olas de éxtasis rompiéndome, jugos chorreando por mis muslos. Él se derrumbó sobre mi espalda, besándome el cuello, nuestros cuerpos pegajosos unidos aún.
Nos quedamos así un rato, respirando pesado, el sol filtrándose por las cortinas en rayos dorados. Me volteó con ternura, limpiándome el sudor con besos suaves. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y amor crudo.
—Eres mi todo, Bebé —dijo, acariciándome la mejilla—. Mi pasión eterna.
Yo sonreí, sintiendo el afterglow envolviéndome como manta tibia. En sus brazos, no había diablos ni cristos, solo nosotros, dos almas mexicanas fundidas en placer puro. Afuera, el mar seguía cantando, testigo de la pasión de Cristo Diablo Bebé, nuestra historia sin fin.