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Chivas Pasion Noticias Ardientes

El estadio Akron retumbaba como un corazón desbocado, miles de voces gritando ¡Chivas Chivas! bajo el sol abrasador de Guadalajara. Ana María López, la reportera estrella de Chivas Pasion Noticias, se abría paso entre la multitud enfebrecida, su piel morena brillando con una fina capa de sudor que hacía que su blusa blanca se pegara sutilmente a sus curvas generosas. Llevaba años cubriendo al Rebaño Sagrado, pero ese día algo se sentía diferente. El aire cargado de cerveza, el olor a elotes asados y el rugido constante de la afición le aceleraban el pulso de una manera que no era solo por el fútbol.

En la zona de prensa, Ana ajustaba su micrófono, sus ojos cafés fijos en el campo donde Javier "El Toro" Ramírez acababa de meter un golazo de chilena que había puesto de pie a todo el estadio. Javier era el nuevo fichaje, un delantero tapatío de veintiocho años con músculos esculpidos por horas de entrenamiento, tatuajes que asomaban por el cuello de su camiseta rojiblanca y una sonrisa pícara que derretía cámaras.

¿Por qué carajos me tiemblan las rodillas cada vez que lo veo?
pensó Ana, mordiéndose el labio inferior mientras lo veía celebrar, sudado y triunfante, rodeado de compañeros que lo abrazaban con fuerza.

Después del pitazo final, con Chivas goleando 3-1 al odiado Atlas, Ana se coló en la sala de conferencias. El olor a desodorante masculino mezclado con adrenalina fresca la envolvió. Javier entró último, aún con la playera empapada que delineaba cada abdominal, su cabello negro revuelto cayendo sobre la frente. Sus ojos se cruzaron con los de ella, y Ana sintió un cosquilleo eléctrico subirle por la espina dorsal.

Javier, para Chivas Pasion Noticias, ¿qué se siente meter ese golazo en el clásico? —preguntó ella, su voz ronca por el grito de la multitud, acercando el micrófono con manos que temblaban levemente.

Él se inclinó hacia adelante, tan cerca que Ana pudo oler su colonia amaderada mezclada con el salado de su sudor. —Neta, Ana, es pura pasión. Como si todo el cuerpo se encendiera, ¿sabes? Ese momento en que saltas y sabes que la vas a meter... uf, es indescriptible —dijo él, su mirada bajando un segundo a sus labios carnosos antes de volver a sus ojos.

Ana tragó saliva, imaginando esa "pasión" en otros contextos.

Maldita sea, wey, no seas pendeja, es tu chamba
, se regañó internamente, pero su cuerpo traicionaba sus pensamientos: los pezones endureciéndose bajo la blusa, un calor húmedo creciendo entre sus muslos. La entrevista siguió, pero cada respuesta de Javier parecía cargada de doble sentido, y cuando terminó, él le guiñó un ojo. —Oye, Ana, ¿vamos por unas cheves después? Para platicar más de esa pasión tapatía.

Ella dudó un instante, el corazón latiéndole como tambor de banda sinaloense, pero asintió. —Chido, carnal. Te espero en la salida de jugadores.

La noche caía sobre Guadalajara como un manto caliente, las luces de la ciudad parpadeando mientras ellos se escabullían en la camioneta de Javier. El tráfico era un caos de cláxones y reggaetón a todo volumen, pero dentro del vehículo, el silencio era espeso, cargado de anticipación. Ana sentía el roce accidental de su muslo contra el de él cada vez que frenaba, la tela de sus jeans áspera contra su falda corta. Olía a cuero nuevo y a su excitación mutua, un aroma almizclado que le hacía apretar las piernas.

—Sabes, en Chivas Pasion Noticias siempre busco la exclusiva —dijo ella, rompiendo el hielo, su mano posándose juguetona en su rodilla—. ¿Me das una?

Javier rio bajito, una risa grave que vibró en el pecho de Ana. —Depende de qué tan exclusiva quieras, mamacita. —Estacionó en un valet parking de un hotel discreto en Providencia, el tipo de lugar donde los famosos se esconden de los flashes. Bajaron, sus manos rozándose al entrar al elevador. Dentro, solos, el espejo reflejaba sus siluetas: ella con el cabello suelto cayendo en ondas negras, él imponente como un toro listo para embestir.

El ding del elevador los sacó del trance. La suite era lujosa, con vistas al skyline tapatío, una botella de tequila reposado esperándolos en la mesa. Javier sirvió dos shots, el líquido ámbar brillando bajo la luz tenue. —Por Chivas, por la pasión —brindó él, sus ojos devorándola.

Ana bebió, el tequila quemándole la garganta como fuego lento, extendiendo calor por todo su cuerpo. Se sentó en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves bajo sus dedos.

Esto es una locura, pero neta lo quiero
, pensó, mientras Javier se acercaba, arrodillándose frente a ella. Sus manos grandes, callosas por los balones, subieron por sus pantorrillas, masajeando con firmeza. Ana jadeó, el toque enviando chispas directas a su centro.

—Dime si quieres que pare —murmuró él, su aliento caliente contra su piel.

—Ni madres, sigue, Toro —susurró ella, arqueando la espalda.

La escalada fue gradual, como un partido que se pone intenso en el segundo tiempo. Javier besó el interior de sus rodillas, subiendo despacio, lamiendo la sal de su piel. Ana metió los dedos en su cabello, tirando suavemente, guiándolo. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad. Él levantó su falda, besando la tela húmeda de sus calzones negros, inhalando su aroma dulce y almizclado. —Hueles a pura tentación, Ana —gruñó, quitándoselos con dientes, exponiendo su panocha depilada, reluciente de deseo.

Ella se recostó, las sábanas frías contra su espalda caliente, mientras él lamía su clítoris con lengua experta, círculos lentos que la hacían gemir alto, ¡Ay, cabrón! Sus caderas se movían solas, persiguiendo el placer. Javier introdujo dos dedos gruesos, curvándolos justo donde dolía rico, bombeando rítmicamente. Ana sentía cada vena de su lengua, el roce áspero de su barba incipiente en sus muslos sensibles, el pulso latiéndole en las sienes.

Esto es mejor que cualquier gol, neta
.

Pero quería más. Lo jaló arriba, desabrochando su camisa con urgencia, besando su pecho ancho, saboreando el salado de su sudor viejo del partido. Sus pechos liberados rozaban su torso, pezones duros como piedras preciosas. Javier se quitó los pantalones, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor palpitante, la suavidad de la piel sobre el acero debajo. La masturbó despacio, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía.

—Métemela ya, pendejo —exigió ella, abriendo las piernas en invitación.

Él se colocó encima, la punta presionando su entrada húmeda, deslizándose centímetro a centímetro. Ana gritó de placer al llenarla, estirándola deliciosamente. Empezaron lento, mirándose a los ojos, sus alientos mezclándose. El slap slap de piel contra piel creció, el colchón crujiendo bajo sus embestidas. Javier chupaba sus tetas, mordisqueando aureolas oscuras, mientras ella clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor, tequila y esencia pura de ellos.

La tensión subió como un foul en el área, intensa. Ana volteó encima, cabalgándolo como jinete experta, sus nalgas rebotando contra sus muslos. ¡Sí, así, Toro, dame duro! Javier la sujetaba por las caderas, empujando arriba, golpeando su punto G sin piedad. Sus gemidos se volvieron gritos ahogados, el orgasmo construyéndose como ola gigante. Primero ella explotó, su panocha contrayéndose alrededor de él, chorros calientes mojando las sábanas, visiones borrosas y placer cegador. Javier la siguió segundos después, rugiendo como bestia, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo.

Colapsaron juntos, cuerpos enredados, pieles pegajosas resbalando. El afterglow era dulce, sus respiraciones calmándose al unísono. Javier la besó en la frente, suave. —Eso fue la pasión verdadera, Ana. Ni el estadio se compara.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo.

Mańana en Chivas Pasion Noticias no puedo contar esto, pero lo llevo en la piel
. Se quedaron así, envueltos en el calor mutuo, la ciudad durmiendo afuera mientras ellos saboreaban el eco de su unión. Guadalajara nunca había sentido tan viva.

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