Angelique Boyer en Abismo de Pasion Carnal
Estás en la fiesta de una hacienda en las afueras de La Rinconada, el aire cálido de la noche veracruzana te envuelve como un abrazo pegajoso, cargado del olor a tierra mojada después de la lluvia y el humo dulzón de las barbacoas. La música de banda retumba, con trompetas que chillan y tambores que hacen vibrar el suelo bajo tus botas. Tomas un trago de tequila reposado, el líquido ardiente baja por tu garganta dejando un regusto ahumado que te calienta el pecho. Ahí la ves, parada junto a la pista de baile improvisada, con un vestido rojo ceñido que marca cada curva de su cuerpo como si fuera esculpido por manos divinas.
Es idéntica a Angelique Boyer en esa novela Abismo de Pasion que veías religiosamente hace años. Los mismos ojos verdes felinos, el cabello oscuro cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros bronceados, labios carnosos pintados de un rojo que invita al pecado. Tu corazón da un brinco, el pulso se acelera como si hubieras corrido una carrera.
¿Será ella? No mames, imposible, pero neta se parece un chorro, piensas mientras te acercas, el sudor en tu nuca mezclándose con el aroma de su perfume floral y especiado que te golpea como una ola.
—Órale, güey, ¿tú eres fan de las novelas? —te dice con una sonrisa pícara, su voz ronca y juguetona, como la de una veracruzana de pura cepa. —Te quedaste viendo mis chichis como si fueras Damián en Angelique Boyer novela Abismo de Pasion.
Ríes, nervioso pero encabronado de deseo. —La neta sí, me recuerdas un buen a ella. Eres como salida de la tele, pero en carne y hueso, más rica. —Tus palabras salen solas, el tequila soltándote la lengua. Ella se ríe, un sonido gutural que te eriza la piel, y te jala a la pista. Sus caderas se pegan a las tuyas al ritmo del son jarocho, el roce de su culo firme contra tu entrepierna te pone duro al instante. Sientes el calor de su piel a través de la tela delgada, el sudor perlando su escote, oliendo a vainilla y algo más primitivo, como almizcle de hembra en celo.
La noche avanza, bailan pegados, sus manos recorren tu espalda, uñas rozando justo lo suficiente para que sientas chispas.
Esto no puede ser real, pero qué chingón se siente. Le susurras al oído: —Ven, vámonos a un lado, no aguanto verte así sin tocarte más. Ella asiente, mordiéndose el labio, y te guía por el jardín iluminado por faroles, el crujir de la grava bajo sus tacones altos marcando el paso hacia lo inevitable.
En una recámara de la hacienda, con cortinas de lino blanco ondeando por la brisa, cierran la puerta. El cuarto huele a sándalo y jazmín del jardín, la luz de la luna filtra rayos plateados sobre la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Ella se gira, te empuja contra la pared con una fuerza juguetona. —No seas pendejo, Arturo, —te dice, usando el nombre que le diste en la charla, —qúeme de una vez. Quiero sentirte como en esas escenas calientes de la novela.
Tus manos tiemblan de anticipación mientras bajas el zipper de su vestido, la tela roja cae como una cascada al piso, revelando un body de encaje negro que apenas cubre sus pechos llenos, pezones endurecidos apuntando hacia ti. Su piel es suave como seda caliente al tacto, bronceada y salpicada de pecas leves en los hombros. La besas con hambre, su boca sabe a tequila y miel, lenguas enredándose en un duelo húmedo y salvaje. Gime bajito contra tus labios, un sonido que vibra en tu pecho y te hace apretar sus nalgas redondas, amasándolas mientras ella frota su monte contra tu verga tiesa dentro del pantalón.
Puta madre, esto es mejor que cualquier porno, su cuerpo responde a cada caricia como si leyera mi mente. La cargas en brazos, sus piernas envolviéndote la cintura, y la arrojas a la cama. Ella se quita el body con un movimiento felino, quedando desnuda, su coño depilado brillando con humedad bajo la luz tenue. —Ven, papi, lame esto que ya está chorreando por ti —, ordena con voz imperiosa, abriendo las piernas en invitación.
Te arrodillas, el olor de su excitación te invade, almizclado y dulce como mango maduro. Tu lengua recorre sus labios mayores, saboreando el néctar salado, chupando el clítoris hinchado que palpita bajo tus labios. Ella arquea la espalda, gimiendo fuerte: —¡Sí, cabrón, así! —Sus manos enredan en tu pelo, jalándote más profundo mientras sus caderas ondulan contra tu cara, el sabor de ella inundando tu boca, jugos resbalando por tu barbilla. Lamés más rápido, metiendo dos dedos en su calor apretado, curvándolos para golpear ese punto que la hace gritar, su cuerpo temblando al borde.
No la dejas correrse aún. Te desvestís a la carrera, tu verga saltando libre, venosa y palpitante, goteando precum. Ella se lame los labios al verla. —Qué chulada de pito, métemelo ya, no seas mamón —. Te subes encima, frotando la cabeza contra su entrada resbaladiza, sintiendo el calor abrasador. Entras despacio, centímetro a centímetro, su coño apretándote como un puño de terciopelo húmedo. Ambos gimen al unísono, el sonido crudo rebotando en las paredes. Empiezas a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con sus jadeos y tus gruñidos.
La tensión sube como la marea, sus uñas clavan en tu espalda dejando surcos rojos que arden delicioso. Cambian posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona salvaje, pechos rebotando hipnóticos, sudor goteando de su frente a tu pecho.
Siento cada contracción de su interior ordeñándome, joder, voy a explotar. Agarras sus caderas, guiándola más duro, profundo, el olor a sexo saturando el aire, sus gemidos convirtiéndose en alaridos: —¡Más, Arturo, rómpeme, neta eres un animal!
La volteas a cuatro patas, admirando su culo perfecto alzado, azotándolo suave —el smack resonando, su piel enrojeciéndose. La penetras de nuevo, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos, la otra tirando de su cabello. Ella empuja hacia atrás, follándote tanto como tú a ella, el ritmo frenético, camas chirriando. —¡Me vengo, chingado! —grita ella primero, su coño convulsionando alrededor de tu verga, ordeñándote con espasmos que te llevan al límite. Explotas dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador como un rayo, cuerpos temblando pegados en éxtasis compartido.
Caen exhaustos, enredados en sábanas empapadas de sudor y fluidos. Su cabeza en tu pecho, escuchas su corazón galopante calmándose al unísono con el tuyo. El aroma de sus cuerpos unidos impregna la habitación, un perfume íntimo de satisfacción. —Fue como caer en un abismo de pasión, como en esa novela con Angelique Boyer, pero mil veces mejor —, murmura ella, trazando círculos perezosos en tu piel con la uña.
Tú sonríes, besando su frente salada.
Neta, esto no fue un sueño, fue real, carnal, nuestro. Afuera, la banda sigue sonando lejana, pero aquí dentro reina la paz del después, cuerpos saciados, almas tocadas por un fuego que promete arder de nuevo. Se duermen así, envueltos en el calor mutuo, el recuerdo de la noche grabado en cada fibra.