Por Su Dolorosa Pasion Ten Misericordia De Nosotros
La noche en Oaxaca era espesa como el chocolate caliente que mi abuela preparaba en las fiestas. El aire olía a copal y a jazmín silvestre, mezclado con el humo de las velas que parpadeaban en el altar de la Virgen de Juquila. Yo, Lupita, de treinta años y con el cuerpo marcado por el sol de los campos, me arrodillaba en la capilla familiar, pero mi mente no estaba en las oraciones. No, wey, mi cabeza volaba hacia Alejandro, mi carnal en secreto, el que me hacía temblar con solo una mirada.
Él entró sin hacer ruido, como siempre, con esa camisa guayabera abierta que dejaba ver su pecho moreno y sudoroso. Órale, qué rico se ve, pensé, sintiendo un calor que subía desde mi entrepierna hasta mis pezones, que se endurecían bajo el huipil ligero. Sus ojos negros me devoraban, y yo bajé la vista, fingiendo rezar. Pero el deseo era un demonio que me arañaba por dentro.
—Lupita, mi reina —susurró, arrodillándose a mi lado. Su aliento cálido rozó mi oreja, oliendo a mezcal y a hombre puro—. No aguanto más verte así, tan santa y tan pinche caliente.
Mi corazón latía como tambor en la Guelaguetza. Quería resistir, neta, porque el cura siempre decía que el carnalismo fuera del matrimonio era pecado mortal. Pero Alejandro me tomó la mano, y sus dedos callosos, de tanto trabajar la tierra, me apretaron con esa fuerza que me derretía. Nos levantamos en silencio y salimos a la noche, hacia la recámara que compartíamos en la hacienda de mis tíos, lejos de ojos chismosos.
Adentro, la luz de la luna se colaba por las cortinas de manta, pintando sombras en su piel. Me quitó el huipil despacio, besando cada centímetro de mi cuello. Su lengua era fuego, saboreando el salado de mi sudor.
¡Ay, Diosito, por su dolorosa pasión ten misericordia de nosotros!se me escapó en un gemido cuando mordió mi hombro, no fuerte, pero lo suficiente para que doliera rico, como un recordatorio de que el placer duele antes de explotar.
Acto primero de nuestra noche: el roce inicial, el juego de miradas y toques que encienden el fuego. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con hambre. Yo le arranqué la camisa, oliendo su aroma macho, a tierra mojada y deseo crudo. Nuestros cuerpos chocaron, piel contra piel, y el sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la habitación como un rezo pagano.
Me recargó en la pared de adobe fresco, y yo sentí el contraste: el frío contra mi espalda ardiente. Sus labios bajaron a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Puta madre, qué chingón es esto, pensé, arqueando la espalda. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave para guiarlo. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi piel, y metió una mano entre mis muslos. Estaba empapada, wey, mi concha palpitaba como si tuviera vida propia.
—Estás chorreando por mí, mi amor —dijo con esa voz ronca, metiendo un dedo adentro, despacio, curvándolo para rozar ese punto que me hace ver estrellas.
Yo mordí su labio inferior, probando el sabor metálico de su sangre leve. El dolor nos unía, como en esas procesiones donde se flagelan por fe. Pero esto era nuestra fe, carnal y consentida.
El medio tiempo llegó con la escalada. Nos tumbamos en la cama de algodón crudo, sábanas oliendo a lavanda silvestre. Alejandro se quitó los pantalones, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un arma de placer. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gemía mi nombre como un santo blasfemo.
Me quiere toda, y yo lo quiero devorarlo, rugía mi mente. Me monté en él a horcajadas, frotando mi clítoris contra su tronco, lubricándonos mutuamente. El roce era eléctrico, chispas de placer que subían por mi espina. Bajé despacio, empalándome en su grosor. ¡Ay, wey! El estiramiento dolía delicioso, como si me partiera en dos para renacer.
Empezamos a movernos, lento al principio. Sus caderas subían para encontrar las mías, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos en una fiesta. Sudábamos a chorros, el olor a sexo invadiendo todo, almizcle y almíbar. Yo clavaba mis uñas en su pecho, dejando marcas rojas que él adoraba. Dolor y placer, unidos en uno, pensé, acelerando el ritmo.
Él volteó las tornas, poniéndome de perrito. Sus manos en mis caderas, embistiéndome profundo. Cada golpe tocaba mi alma, el sonido de sus bolas contra mi culo era obsceno y adictivo. Me jaló el pelo suave, arqueándome, y sus dedos encontraron mi clítoris, frotando en círculos.
Por su dolorosa pasión ten misericordia de nosotros, susurré entre jadeos, imaginando que era una plegaria por este éxtasis tortuoso.
La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras él gruñía promesas sucias: —Te voy a llenar, Lupita, te voy a hacer mía para siempre, carajo.
Yo respondía con chillidos, ¡Chíngame más duro, pendejo!, perdida en el vaivén. El clímax se acercaba, un tsunami en mi vientre. Sus embestidas se volvieron feroces, consentidas y hambrientas, el dolor del roce intenso mezclándose con el placer puro.
El final explotó como cohetes en la noche de Grito. Mi orgasmo me sacudió entera, olas de fuego desde mi concha hasta las yemas de los dedos. Grité su nombre, contrayéndome alrededor de él, ordeñando cada gota cuando se vino adentro, caliente y abundante, marcándome como suya. Colapsamos juntos, piel pegajosa, corazones tronando al unísono.
En el afterglow, yacíamos enredados, el aire fresco secando nuestro sudor. Su mano acariciaba mi vientre, trazando círculos perezosos. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y paz. Esto no es pecado, es bendición, reflexioné, besando su sien salada.
—Te amo, mi santa pecadora —murmuró él, y yo sonreí, sabiendo que nuestra pasión dolorosa era nuestra salvación. La Virgen entendería, neta. Por su dolorosa pasión, tendríamos misericordia eterna.